¿Don Amorth, un tipo serio? No, un gran bromista. Estas eran sus preferidas

Predicador, secretario del cardenal… ¡el exorcista que no te esperas!

Un duro exorcista que lucha contra Satanás. Con mirada severa, forza, vehemencia. Pero también un simpático sacerdote amante de las bromas. ¡Sí, en serio!

Parecería increíble… pero estamos hablando de Don Gabriele Amorth. Lo cuenta él mismo en una de las conversaciones con Elisabetta Fezzi, reunidas en el libro Padre Amorth. La mia battaglia con DIO contro SATANA” (edizioni San Paolo), que cuenta numerosas anécdotas del más famoso de los exorcistas, desaparecido en 2016.

El predicador falso

“Recuerdo una broma – comenta Amorth – Éramos universitarios y había en Asís un curso de ejercicios espirituales. Un amigo, que era más bien gordo, llegó con antelación, se vistió de cura y entró en la casa de religiosas donde debían celebrarse. Se presentó como predicador y tuvo una acogida magnífica: tomó café y luego se despidió diciendo que iba a dar un paseo por el pueblo”.

Al poco llegó el verdadero predicador, “que era uno llamado  Franco Costa de Savona y que, naturalmente, venía vestido de sacerdote, pero que tenía una cara muy juvenil. Las religiosas le riñeron en seguida: “Venga, sabemos que es un estudiante, nos han avisado. Vaya allí y quítese la sotana…”. El primero había sido muy convincente y les había dicho que, entre los estudiantes, había uno que tenía la manía de vestirse de cura. ¡Todo acabó con grandes carcajadas!”.

El “secretario” del cardenal

Este amigo de Amorth era ingeniero y fue también secretario del cardenal Lercaro precisamente en el año de la consagración de Italia, “por lo que yo tenía mi ‘quinta columna’ junto al cardenal. Me fue utilísimo, porque cada vez que necesitaba le llamaba por teléfono, y él me pasaba en seguida a Lercaro”.

Así, a través de él, el exorcista dice que aprendió “¡lo que significa ser secretario de un pez gordo! Recuerdo que una vez quería publicar un artículo en L’Osservatore Romano, pero me dijeron que no. Entonces pregunté por el director, y me preguntaron quién era. Me presenté como el secretario del cardenal Lercaro y en seguida me lo pasaron, ¡y me confirmaron que lo publicarían lo antes posible! Yo nunca decía el nombre, sino que decía que era el secretario de… alguien importante: ¡todas las puertas se abrían!”.

Monseñor Cialtrone

Una vez Amorth hizo un experimento. “Estaba en Bolonia, había terminado de hablar con Lercaro y debía volver a Modena. Estaba cerca de la iglesia de San Pedro; me di cuenta de que a pie no llegaría a tiempo a la estación para el tren. Entonces llamé por teléfono al diario Avvenire d’Italia diciendo: “Necesito que me envíen un auto para ir a la estación, estoy aquí con el cardenal Lercaro”. Me preguntaron: ‘¿Pero quién habla?’. ‘¡Soy monseñor Cialtrone!’, respondí [cialtrone, en italiano coloquial, significa bribón, granuja]. ‘Oh monseñor, oh monseñor, en seguida, monseñor!’”.

Es decir, constataba el exorcista, “¡se fijan en el título y no en el nombre! Yo lo hice como una broma, para tomar el pelo, pero en seguida me llegó el auto. ¡La gente se fija en la apariencia pero no en la sustancia! El chofer me hizo acomodar: “Póngase cómodo, monseñor, de nada, monseñor…”; el nombre había desaparecido, quedaba sólo el título”.

Let’s block ads! (Why?)

Anuncios

¿Cómo silenciar a tu crítico interior?

Cuatro prácticas para empezar a ser más amable contigo mismo

El crítico interno es esa voz que te incordia cuando podrías haber hecho algo mejor, la que te recuerda tus defectos y te ofrece un catálogo de tus fracasos. Aunque puede ser un proceso mental claro y evidente, lo más frecuente es que sea un sentimiento silencioso en el borde de tu consciencia, desde donde merma lentamente tu autoestima.

Puede que te reprenda en situaciones sociales, “Siempre hablas demasiado”, o que te compare con los demás, “No eres tan paciente con tus hijos como tu hermana es con los suyos”. Puede que te diga que eres demasiado vago como para lograr lo que deseas o que te recuerde tus defectos físicos y las cosas que te gustaría poder cambiar de tu aspecto.

Pero aquí viene lo sorprendente: si eres como la mayoría de la gente, probablemente creas que necesitas a tu crítico interno. O al menos, hasta cierto nivel crees que esa voz te ayuda.

Tendemos a creer que nuestro crítico interno nos empuja a avanzar, nos mantiene humildes y nos ayuda a progresar hacia nuestros objetivos. El crítico interno nos recuerda todo lo que podríamos hacer mal, respaldando sus declaraciones con recuerdos de fracasos pasados. Hay un motivo para este proceso mental: si podemos mantener estos fallos en el frente de nuestra mente, quizás seamos capaces de superarlos, o al menos no nos pillarán por sorpresa.

Quizás nos preocupa que si no nos criticamos a nosotros mismos, tal vez terminemos aceptándonos demasiado. Quizás nos preocupa ser irresponsables y desmotivados, consentirnos demasiado y no lograr cumplir con nuestros objetivos. Si dejo de pensar en las cosas negativas de mi cuerpo, ¿por qué iba a hacer ejercicio entonces? Si dejo de criticarme durante las interacciones sociales, quizás diga algo de lo que luego me arrepienta. Así que mantenemos cerca a nuestro crítico interno para que nos mantenga a raya.

Por desgracia, aunque puede ayudarnos de algunas formas, también nos desmoraliza. Nunca querrías tener a un colega de trabajo o de piso que te siguiera a todos lados diciéndote todo lo que haces mal. Y aun así, nosotros mismos asumimos esa función. El crítico interno está siempre presente, dispuesto a señalar todos tus errores pasados y tus potenciales pifias futuras.

Sin embargo, en realidad aquellos que renuncian a su crítico interno se siguen manteniendo a la misma altura. De hecho, quizás incluso hagan más progreso hacia sus metas. Kristen Neff, autora de Self Compassion [Autocompasión], escribe que hay estudios que muestran que las personas que abandonan esa voz crítica no son menos honradas o ambiciosas. Sin embargo, en vez de ser críticas, escogen mantener una posición más de apoyo y ánimo hacia sí mismas, algo que les sirve de recurso emocional para enfrentarse a desafíos.

En cierto estudio, los investigadores descubrieron que reducir la charla autocrítica parecía ayudar a las personas a tomar decisiones alimentarias más sanas, incluso después de haber roto las reglas de su dieta. Se daba a los participantes un dónut y poco después se les ofrecía una oportunidad para comer tanto dulce como quisieran.

Después de comer el dónut, un grupo recibió orientación para reducir la autocrítica y reemplazarla con autocompasión; el otro grupo no recibió esta orientación. El grupo que no se castigó por haberse comido el dónut (a pesar de que el 30% de los participantes estaba a dieta) de hecho comió manifiestamente menos dulce que el grupo sin orientar. Es decir, aquellos que se aceptaron a sí mismos en su momento de fracaso fueron capaces de trabajar mejor para lograr su objetivo. Es probable que el motivo sea que el apoyo es un mejor motivante que la crítica.

Una vez que hemos decidido que merece la pena deshacernos del crítico interno, hay varias prácticas que pueden ayudarnos a ser más benévolos con nosotros mismos a lo largo del día…

No te digas nada a ti mismo que no dirías a un niño de 3 años

No permito que mi hija de 3 años haga lo que le dé la gana, pero eso no quiere decir que tenga que ser duro o crítico con ella. Cuando le hablo, me centro en resolver un problema en vez de en sus características personales. “¿Cuál sería la mejor forma de limpiar este desorden?”, en vez de “¡Siempre estás desordenándolo todo! ¡Tienes que limpiar esto ahora mismo!”. Hablo usando frases que refuercen su confianza en vez de derrumbarla: “Esto tiene pinta de ser difícil, ¡pero seguro que puedes hacerlo si te esfuerzas!”.

Cuando desarrollamos el hábito de hablar con nosotros mismos de una forma similar, reconocemos y cuidamos de esa parte de nosotros que necesita apoyo y afirmación. Nos recordamos que tenemos una valía que va más allá de lo que podamos hacer o los errores que podamos cometer. Reemplazamos la voz crítica por la de un cuidador vigorizante que nos ayude a sostenernos durante experiencias desafiantes.

¿Qué dirías a un amigo?

Tendemos a tener dobles raseros a la hora de tener unas expectativas de nosotros que no tendríamos para los demás. Piensa en lo que dirías a un amigo en una situación similar. Si es un amigo íntimo, tal vez le des un feedback sincero pero sin avergonzarle ni criticarle, del estilo a: “Sí, debido a tu falta de organización aquel viaje no fue tan bien como podía haber ido, pero también hubo momentos divertidos”. O quizás ofrezcas apoyo sin edulcorar la situación: “Parece que no dedicaste suficiente tiempo a estudiar para el examen, debes de sentirte bastante frustrado. ¿Cómo puedo ayudarte para prepararte para la próxima vez?”.

Mostrarte apoyo no significa ignorar los hechos, sino hablarte desde una posición amable, igual que harías con un amigo.

No pasa nada si te equivocas

Equivocarse es una experiencia humana universal. También es incómoda, pero todos pasamos por eso. No pasa nada si cometes un error. Eso no quiere decir que no seas responsable de los errores que cometas o que no haya otros que se vean afectados negativamente. Sin embargo, equivocarse no implica que seas un fracaso o un incompetente. De hecho, cuando nos recordamos que no pasa nada si nos equivocamos, es más probable que nos pongamos de pie más rápido y enmendemos el error.

A menudo juzgamos nuestras decisiones pasadas con un conocimiento que poseemos en la actualidad. Quizás decida no comprar un seguro de viajes para mis billetes de avión porque voy un poco apurado este mes; pero más tarde me regañe porque tengo que cancelar el viaje y no me devuelven el dinero. “¡Qué irresponsable fuiste!”, me criticaría, cuando en realidad quizás tomé la mejor decisión financiera que podía en ese momento. En su libro In the Shelter [En el refugio], el poeta Pádraig Ó Tuama escribe: “La mayoría de las personas hace lo que le parece razonable en un determinado momento, la mayoría de las veces”.

Cuando las cosas salen mal, el crítico interno se pone a trabajar y encuentra alguna forma de culparte. Puedes rechazar esta voz crítica volviendo al marco mental que tenías cuando tomaste la decisión y recordando que probablemente hiciste lo que te pareció más razonable en aquel momento.

Filtrar lo positivo

Nuestro crítico interno está sintonizado con esas partes de la vida que no son ideales, filtra los aspectos positivos y se centra únicamente en lo negativo. Se centrará en el único detalle que salió mal mientras ignora todo lo que fue un éxito. Podemos cambiar este hábito si escogemos centrarnos en los aspectos positivos de nuestras experiencias y en nuestras fortalezas. Siempre habrá partes de nosotros que desearíamos que fueran diferentes, pero es importante conceder una atención apropiada a ambos aspectos, positivos y negativos. Puede ser fácil quedarse atrapado en las cosas pequeñas.

A principios del siglo XX, una estudiante de psicología llamada Bluma Zeigarnik quedó fascinada por los camareros de una cafetería local que recordaban todas las comandas sin tener que escribirlas. Realizó un estudio y determinó que las tareas o problemas “sin terminar” permanecían en la memoria, mientras que las cuestiones resueltas no. El “efecto Zeigarnik” implica que es más fácil recordar lo que no fue bien, o quizás no quedó perfecto o terminado, que recordar nuestros logros. Hace falta intención para no filtrar lo positivo y dejarlo fuera, sino dar crédito al espectro completo.

Silenciar nuestro crítico interno afecta a los demás

A medida que nos permitamos ser suficientemente humanos como para cometer errores y hablarnos a nosotros mismos ofreciéndonos apoyo, incrementaremos esta perspectiva hacia los demás. Reconoceremos nuestros errores más rápido. Estaremos preparados para ver nuestras fortalezas y también las de los demás. Tendremos un ancho de banda emocional más amplio para responder a los demás de formas generosas, al igual que seremos generosos con nosotros mismos. Podemos configurar un equilibrio entre asumir responsabilidades y negarnos a ser duros con nosotros mismos o con los demás, en especial con los niños en nuestras vidas.

Quizás toda esta idea suene estupenda, pero la hora de la verdad viene cuando intentamos convertirlo en un hábito. Acepta el reto de cambiar tus hábitos de charla interna colocando recordatorios por tu casa y por tu lugar de trabajo. Establece un recordatorio en tu teléfono para dedicar un par de minutos a centrarte en las partes de la vida que están yendo bien o las cosas por las que has trabajado duro. Quizás te ponga nervioso dejar partir a tu crítico interno, pero ya verás como así logras una libertad magnífica.

Let’s block ads! (Why?)

¿Cómo saber quién soy en realidad?

Tengo que aprender a acallar los gritos del mundo para escuchar los gritos de mi alma

Creo que tengo que detenerme lo suficiente como para poder ahondar en mi corazón y saber quién soy en realidad. Para saber cuál es mi verdad única y amarla. Creo que sólo desde la verdad puede Jesús entrar en mi vida. Sólo desde la verdad reconocida puedo darme a los demás y amarlos. Sólo desde lo que soy podré ser feliz.

Pero a veces ni siquiera yo mismo sé quién soy de verdad. Vivo en moldes que me protegen. Intento parecerme a otros. Responder a un patrón, a un estilo determinado. Para no desencajar y ser aceptado por todos. Ser uno más, sin desentonar. Oculto mi verdad. Lo que de verdad pienso, lo que soy en lo más hondo.

Es cierto que me defino a veces por las cosas que hago. Pero soy mucho más que lo que hago. Sueño con metas lejanas que tienen que ver conmigo. Pero también soy mucho más que esas metas que están casi fuera de mí a las que otros muchos también tienden.

Y entonces, cuando me paro a pensar y me callo, guardando un silencio sagrado, descubro algo mío, único, irrenunciable. Una verdad escondida, conocida por tan pocos. Beso esa verdad que es mi nombre, mi esencia, lo que anima mi cuerpo y le da vida. Esa forma original tan mía de amar, de ser y de pensar. Tan original que me parece tierra virgen donde yo mismo me siento extraño. Pero soy yo. Es mi vida. Es mi verdad.

Quiero ser capaz de saber cómo soy. Quiero escuchar atentamente muy dentro de mí. Para saber dónde me encuentro. ¿Cuál es la pregunta fundamental que brota en mi alma cuando me callo y escucho?

Hay personas, conozco algunas, para las que su mundo interior es algo desconocido. Viven en la superficie de la vida y son felices aparentemente. Navegan haciendo pie, huyendo de las honduras, temiendo lo desconocido.

Y todo esto funciona hasta el momento en el que algo difícil sucede en sus vidas. Se quedan solos. Comienzan las dudas y los miedos. Temen haber confundido el camino. Se asombran de sus sentimientos en situaciones complejas. Necesitan ahondar para encontrar el sentido a lo que les sucede.

No quiero que me pase lo mismo que a ellos. Quiero profundizar, ahondar, mirar dentro de mí. Por eso hoy me detengo para contemplar mi propia imagen.

Y me hago una pregunta. Si me encontrara con Jesús de verdad, ¿qué le preguntaría? ¿Qué miedos compartiría con Él? ¿Qué le pediría para tener paz? En definitiva, ¿qué me falta para ser feliz? Le miro ahora oculto en mí. Se lo pregunto.

Tal vez no conozco tan bien como creo los ríos que surcan mi alma. Esos ríos interiores por los que navegan mis miedos, mis inseguridades, mis preocupaciones, mis oscuridades, mis tentaciones. No sé cuáles son mis dudas más profundas hasta que miro dentro, en lo profundo de mi mar, en lo más hondo. Y descubro mis miedos y mis fuerzas. Mis temores y mis esperanzas. Lo bueno y lo malo. Lo bello y lo feo.

Lo veo todo oculto, esquivo, huidizo. Se me escapa ese fuego que arde en mi interior. Y unas nubes densas nublan a veces mi optimismo.

Creo que tal vez respondo con recetas aprendidas cuando me enfrento con la vida y sus temores. Y siento que me turbo ante lo desconocido, ante lo que no controlo. ¿Quién soy yo? Cuento lo que hago, lo que he logrado, lo que deseo. No miro más allá de lo que ahora mismo toco.

Creo quizás que mi valor está en mis horas de servicio, en las metas logradas, en lo aprendido con el paso de los años. El dolor y la tempestad mueven todo lo que no es verdadero dentro de mí y me limpian.

Cuando eso ocurre, mi barca zozobra en la tormenta y entonces ya no me sirven de nada las respuestas fáciles de manual. Tiemblo. Por eso tengo que aprender a acallar los gritos del mundo para escuchar los gritos de mi alma.

Decía el P. Kentenich: De esto se trata en especial, que aprendamos a hablar con Dios, que cultivemos una vida interior profunda, una biunidad con Dios [1].

Quiero estar tan unido a Dios que pueda vivir de su luz. Quiero reconocerme a mí mismo al verme reflejado en Él. Su imagen en mi imagen. Mi rostro en su corazón herido. Me cuesta mirar hondo y no perderme en los mil detalles que tiene la vida. Quiero descubrirme en lo cotidiano. No en los grandes momentos. Sino en la vida que transcurre lentamente. Día a día.

Comenta la pintora Cristina Rueda al tratar de explicar su obra: Es una época difícil para los buscadores de la verdad, para los hombres y mujeres que se asoman al misterio de Dios en su propio corazón. En este mundo engañoso y confuso, lleno de todo y vacío de sentido, pretendo dar calma y sosiego con la humildad del papel, la tinta y el dibujo. Es en la pureza de lo pequeño, en lo ordinario que pasa desapercibido, donde nadie busca y donde todo se encuentra.

En la luz se ve mejor el interior confuso de mi alma. En la claridad recupero la calma perdida. Y ahí descanso al saber que no estoy solo yo en medio de mi camino. Descubro que en mi verdad está todo un Dios escondido queriéndome desde que fui concebido. En mi pobreza está su riqueza más grande. Soy amado como soy porque soy reflejo de todo su poder.

Lo sé, pero se me olvida. Por eso quiero ser capaz de mirar cara a cara mi indigencia, mi pobreza, mi insensatez. Besar mi verdad escondida. Mi belleza oculta.

Soy un buscador de la verdad, de mi propia verdad. Miro dentro de mí buscando vestigios del cielo. Están allí, seguro, en los pliegues de mi alma. Pero esa introspección me parece a veces imposible. Deseo sumergirme más dentro de mis corrientes. Y saber hacia dónde voy. De dónde vengo. Quién soy.

[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

Let’s block ads! (Why?)

Las prácticas diarias que un psiquiatra católico propone para vivir más feliz

La influencia de la espiritualidad en el bienestar psicológico cuenta ya con una sólida base científica

El Dr. Aaron Kheriaty (imagen superior) enseña psiquiatría y dirige un programa de bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad de California, en Irvine (Estados Unidos). En esta entrevista con el National Catholic Register, comenta algunos avances en la investigación sobre el bienestar humano que aportan la psicología y la medicina.

– Hoy se dice que todos tienen derecho a “lograr la felicidad”, pero las investigaciones muestran que ansiedad y depresión se han disparado. ¿Es debido a ciertas condiciones políticas, económicas o hay otros factores que inciden?

Circunstancias políticas y económicas, como la recesión del 2008, desempeñan ciertamente un papel en las crecientes tasas de ansiedad y depresión. Pero si consideramos el incremento de las llamadas “muertes por desesperación” -por suicidio, sobredosis de drogas o problemas con el alcohol, según identifican los  investigadores Anne Case y Angus Deaton-, vemos que inciden otros importantes factores sociales y culturales.

Vivimos en una sociedad donde las personas se sienten cada vez más aisladas. La ruptura del matrimonio y el debilitamiento de los lazos familiares afectan en mayor proporción a personas vulnerables por su menor nivel socioeconómico. La soledad auto-declarada se ha duplicado del 20% al 40% entre los estadounidenses… Necesitamos una sociedad donde se viva la solidaridad y donde se faciliten las relaciones sociales que contribuyen al desarrollo humano.

– ¿Qué tanto incide la biología en problemas de salud mental como la depresión y ansiedad?

Factores biológicos como los genes juegan un papel importante en estos trastornos. Algunas personas nacen con ciertas vulnerabilidades debido a factores biológicos o surgen en el desarrollo temprano… Como psiquiatra prescribo antidepresivos rutinariamente y pueden ser muy útiles para algunas personas. Pero los factores biológicos no son el único componente en los trastornos de salud mental. (…)

Hoy vemos que aumentan la depresión y el suicidio, especialmente entre los jóvenes. Desde una perspectiva conductual, la depresión es una señal de retirada ante un ambiente que se percibe como peligroso o tóxico. Así que, además de mirar la biología y la química del cerebro, también debemos preguntarnos¿Qué factores sociales y culturales están causando que cada vez más personas se retiren hacia estados depresivos o incluso decidan que ya no tiene sentido vivir?

– La violencia en el debate sobre cuestiones sociales, ¿no es acaso indicativa del desacuerdo en lo que unos y otros entienden por felicidad?

Algunos ven la felicidad como el logro del máximo placer, la satisfacción óptima de los deseos -los psicólogos llaman a esto “felicidad hedónica”, vinculada al “hedonismo”. Vale decir, si tengo un capricho o un impulso por adquirir algo y logro lo que quiero, me sentiré bien. La felicidad ocurre entonces según satisfaga mi placer momentáneo; y maximizar la felicidad significaría acumular más momentos de saciedad o satisfacción.

Una noción más rica y completa de la felicidad humana implica desarrollar nuestros talentos, cultivar relaciones significativas y buscar la excelencia en el trabajo; incluyendo actividades hogareñas que contribuyan a la familia y otras sociales que aportan al bien común. Esta visión de la felicidad requiere cultivar y moldear nuestros deseos, de tal manera que deseemos lo auténticamente bueno para nosotros, según sea propicio para el desarrollo humano. (…)

Esta concepción más rica de la felicidad considera además que en la vida todos tendremos dificultades y que es inevitable algún grado de sufrimiento… pérdida, enfermedad, tal vez la discapacidad o la dependencia. Desarrollar virtudes y ciertos rasgos de carácter…, nos ayudan a sobrellevar esas dificultades. Así, sufrimiento o dificultad no impiden el ser feliz. (…)

A menudo pensamos que simplemente nacemos libres: “Libertad” significaría estar sin restricción alguna, de modo que siempre podamos obtener lo que deseamos. Esto es erróneo y llevado al extremo conduce a formas de esclavitud, como las adicciones. Esta falsa noción de libertad perjudica nuestra capacidad real de elegir y buscar lo que es mejor para nosotros. (…)

– La idea de que nuestro carácter afecta la capacidad de ser feliz es un argumento clave de la llamada “psicología positiva”.

Así es. Algunas escuelas de psicología más antiguas tienen una visión determinista de nuestra capacidad para la felicidad: afirman que somos víctimas de nuestras circunstancias, totalmente condicionados por factores internos o externos que no elegimos; nuestras experiencias pasadas determinarían nuestro futuro o nuestros genes determinarían nuestro destino.

Al contrario la “psicología positiva”, fundada por Martin Seligman, considera que son nuestras elecciones presentes las que modelan la experiencia y capacidad de ser feliz. Un día Seligman estaba trabajando en el jardín; estaba allí su hija y se enfadó con ella porque jugaba y hacía un gran lío mientras él trataba de sacar la maleza. Ella le dijo: “Desde mis 3 hasta los 5 años, lloriqueé mucho. Pero decidí cuando tuviera 5 dejaría de lloriquear. Y no he lloriqueado ni una vez desde el día en que cumplí cinco años”. Luego, mirándolo ella lo desafió: “Papito, si yo pude dejar de lloriquear, tu puedes dejar de ser un gruñón”.

Por este acontecimiento Seligman comprendió que si algo sabía sobre desarrollo de la bondad u otras virtudes, no provenía del estudio de la psicología. Los expertos en su campo habían dedicado mucho tiempo a estudiar lo que podía salir mal en nuestra vida mental -desórdenes psicológicos, enfermedades mentales o neurosis-, pero habían descuidado estudiar rigurosamente los rasgos que fomentan la salud mental y el desarrollo humano. Lanzó el movimiento de la psicología positiva para remediar esto.

– Seligman descubrió que la práctica de la virtud promueve la felicidad, ¿es correcto?

Es correcto. Y cuando Seligman y Christopher Peterson escribieron Character Strengths and Virtues, el influyente manual de la psicología positiva, su investigación psicológica, intercultural e histórica los llevó a dividir su libro en siete virtudes principales que eran esenciales para la salud mental y el desarrollo humano. Esta lista resultó ser una recapitulación de las virtudes cardinales clásicas: justicia, coraje (fortaleza), prudencia (sabiduría práctica) y templanza. También identificaron rasgos importantes que los cristianos podrían equiparar con las virtudes teológicas; lo que los psicólogos positivos llamaron trascendencia y humanidad, que incluyen virtudes como la gratitud, la esperanza, la espiritualidad y el amor.

¿Cómo es que la gratitud nos hace felices?

Robert Emmons, profesor de psicología en la Universidad de California (Davis), ha investigado y documentado los muchos beneficios psicológicos y físicos del practicar la gratitud. Descubrió que la práctica de cultivar la gratitud hacia Dios y otras personas -incluso el simple ejercicio de escribir cada día tres cosas por las que usted se siente agradecido- puede tener efectos profundamente positivos sobre nuestra salud mental, como disminuir la depresión y la ansiedad. (…)

– ¿Y el perdón?

Cuando hemos sido realmente lastimados por la gente, el perdón puede requerir un esfuerzo heroico; de hecho, incluso puede requerir la gracia de Dios, su ayuda sobrenatural. Richard Fitzgibbons, co-autor de “Terapia del Perdón”, descubrió que la práctica del perdón y renunciar a la ira – incluso frente a la injusticia o el maltrato – mejora nuestra salud mental y fomenta niveles sostenidos de felicidad. (…)

– ¿Cuáles son los elementos básicos de una vida espiritual equilibrada?

La tradición católica es rica en prácticas espirituales que podemos integrar en los días y etapas de nuestra vida. No debemos tratar de reinventar la rueda aquí.

• Diariamente: oración, lectura espiritual y misa siempre que sea posible
• Semanal: Guardar el descanso sabático
• Mensual: dirección espiritual, confesión, grupo de apoyo.
• Anual: retiro (preferiblemente en silencio)

Es bueno elegir algunas de estas normas de piedad que le ayudarán a desarrollar su vida espiritual. Practicarlas bien y consistentemente, hacerlas parte del tejido de su día. Proteger el tiempo que ha reservado para ellas, darles prioridad. (…)

Necesitamos más que la prosperidad económica, más que la satisfacción de las necesidades materiales o corporales, para encontrar auténtica felicidad y plenitud.

Hay un cuerpo sustancial y creciente de investigación médica y de las ciencias sociales que sugiere, en conjunto, a las prácticas espirituales y religiosas como propicias para la salud y el desarrollo humano. Algunas personas se resistirán a esta sugerencia, pero la evidencia es bastante robusta.

Puedes leer la entrevista completa en su original en inglés pulsando aquí.

Artículo originalmente publicado por Portaluz

Let’s block ads! (Why?)

Los adolescentes: ¿“sonados” o reanimados por la música?

Teens sharing earphones, listening music outdoor. Summer time. Image is captured in 12 bit RAW and processed in Adobe RGB color space.

La original reflexión de un músico-psicólogo sobre el significado de la música para el desarrollo de la identidad de los jóvenes

¿Por qué los adolescentes están tan hambrientos de música? ¿Qué relación se crea entre los muchachos y las canciones que escuchan? El libro de Andrea Montesano, psicólogo y guitarrista, La psicología del rock. Crecer con la música en la adolescencia” (en italiano, Edizioni Alpes) intenta dar una respuesta a estas preguntas y ofrece un instrumento útil para padres, educadores, profesores, psicólogos, maestros que viven y trabajan en estrecho contacto con los más jóvenes.

La adolescencia es una fase particular del itinerario de crecimiento, uno no se siente ni carne ni pescado, está buscando su propia identidad, autonomía, de su propio estilo, pero esto les hace al mismo tiempo frágiles y confusos, necesitados del amor y del apoyo de los padres y de los adultos de referencia, pero que al mismo tiempo “pesan” con sus indicaciones, sus normas… porque eladolescente desea afirmar  que siente y que cree es absoluto.

La poesía, la música, el arte… logran hablar al corazón de los adolescentes mejor que un profesor, un padre, que con la mejor intención intenta acercarse a los muchachos que le rechazan, y que sin embargo le desean presente y vigilante.

Los jóvenes, a través de la música que escuchan y producen (no olvidemos que muchos tocan en grupos, componen a través de las modernas técnicas digitales, escriben canciones) expresan emociones y estados de ánimo profundos que deben valorarse. La música es el código que suelen preferir para expresarse y comunicar con los demás.

¿Cuántas veces, para los jóvenes pero también para los adultos, escuchar música es una manera de abstraerse del mundo?

Aislarse a través de la barrera invisible que la música crea entre nosotros y el mundo puede ser un instrumento para pensar, conocerse y reafirmarse en los sentimientos de melancolía, tristeza, felicidad o rabia que la música acentúa exponencialmente.

La música es el lenguaje universal de los jóvenes 

Los jóvenes ponen en la música esperanzas, sueños, miedos, deseos… intentemos darnos cuenta de lo que representa en su cotidianidad, para intentar comprenderles, para captar su lenguaje y comunicarnos con ellos, en vez de criticarles por sus gustos musicales, en nuestra opinión incomprensibles, inapropiados y con el volumen demasiado alto.

También nuestros padres nos decían lo mismo, ¿recuerdan?

El lenguaje universal del público juvenil en cualquier parte del mundo es la música: la expresión de libertad e imaginación que encierra los deseos, ideales y fantasías de todo adolescente. Por su matriz fuertemente cultural, la música hace de fondo, de generación en generación, a la vida diaria de los muchachos, que sienten fuerte la necesidad de pertenecer a un estilo musical que les identifique para decir lo que piensan y poner en él sueños y sentimientos. La música, para los adolescentes de hoy, es una dimensión cotidiana, con la que convivir y en la que explicarse. De hecho, oyen música solos, en compañía, en su habitación, con el iPod o el smartphone, en el auto, en la escuela, en los locales de diversión.

¿Adolescentes que estudian con música? ¡Buena idea!

Quizás para muchos será una sorpresa, pero para otros será una confirmación: estudiar con música, afirma el autor, motiva y estimula a los chicos. Queridos padres que se lamentan y que no creen posible que su hijo estudie escuchando canciones, sepan que no es así. Luego depende de cada uno, cada joven con el tiempo encontrará su equilibrio. Pero en general parece que la música permite a los estudiantes vivir con menos estrés las tareas y les ayuda a concentrarse.

La música tiene consecuencias positivas también en motivar a los adolescentes en el trabajo escolar y en el estrés que deriva de él. De hecho, les permite desapegarse de preocupaciones emotivas y de la ansiedad tanto para afrontar dificultades o tareas con mayor atención y concentración.

La música y la dopamina

Escuchar música genera grandes beneficios en el cerebro pues estimula la producción de dopamina, un neurotransmisor que provoca el placer, como demuestran recientes investigaciones en la prestigiosa revista científica Nature:

Los adolescentes, en este sentido, a veces estudian escuchando música con alto volumen: el sonido, en lugar de distraerles, crea una barrera aislante útil para la protección de intrusiones externas, que provocarían realmente una “amenaza”. En 2011 se publicó un estudio en Nature sobre el efecto que la música produce en el cerebro humano, titulado Anatomically distinct dopamine release during anticipation and experience of peak emotion to music. Según V.N. Salimpoor (doctoranda en la  Rotman Research Institute of Toronto) y su equipo de investigadores, gracias al uso de la PET y otras medidas fisiológicas se ha descubierto que durante la escucha de música, el sistema límbico libera un neurotransmisor, la dopamina, responsable de las sensaciones de placer (Salimpoor et al., 2011, 257).

La música que gusta a los adolescentes no “suena” para los adultos

¡Cuántas veces los padres, aún esforzándose, no logran comprender las preferencias musicales de sus hijos! ¿Por qué?

La música a los ojos de los muchachos, adquiere varios significados profundos, que a menudo escapan a la comprensión de los adultos. Esto porque se presenta bajo forma de lenguaje cada vez más manifiesto de un grido concreto, en el que los adultos “no pueden entrar”. Por esto, la música que escuchan no se comprende: visten de modo extraño o absurdo, reaccionan con lógicas incodificables y desean más que nunca justo ese género musical que un adulto no soporta, casi como si lo hicieran adrede. Por esto, los pensamientos de un adulto suelen ser: “¿qué les pasa por la mente?”, “¿es culpa de la música que oyen?”, “¡esperemos que maduren o acabarán mal!”, “¡ah, si fuera mi hijo!” y así, entre el adulto y el adolescente empiezan a levantarse barreras hechas de prejuicios.

¿Los adolescentes escuchan la música o “la sienten”?

La música que gusta a los adolescentes, en cambio, es una música que habla de ellos, expresando todo lo que no logran decir e incluso pensar, debido al esfuerzo de distribuir su atención a las diferentes tareas evolutivas que tienen en esta fase del crecimiento.

¿Por qué a los adolescentes les afecta tanto la música? El poder de la música es distinto y variado: toca físicamente, estableciendo con el cuerpo un contacto inmediato y reactivo. Por ejemplo, el sonido puede tener un poder altamente calmante, dando un significado simbólico a los sentimientos más ocultos, a las emociones y los miedos: escuchar música en soledad, por este motivo, a menudo crea el clima adecuado para favorecer la concentración.

Let’s block ads! (Why?)

Los jóvenes son la gran noticia del terremoto de México

Reflexión ante los terremotos: México sigue temblando

Una serie de réplicas del primero de los dos terremotos que sacudieron al país en menos de 12 días, el de 8.2 grados Richter la noche del 7 de septiembre, provocaron ayer sábado la muerte de otras cinco personas más; tres en Oaxaca y dos en Ciudad de México, estas dos últimas por infarto.

Y hay malas noticias. Según Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred) informó que esperan más réplicas del sismo del 7 de septiembre. El director general del Cenapred, Carlos Valdés, explicó que las réplicas prolongadas son parte del proceso de “cicatrización de la corteza”, por ello, exhortó a la población a mantener precauciones en sus hogares y seguir las indicaciones de los protocolos ante sismos. “Éste proceso de cicatrización es normal claro, estamos nosotros sensibles ante esta actividad sísmica y privilegiamos la parte de la prevención”, dijo Valdés en una nota reproducida por el periódico mexicano Excelsior.

El último reporte de personas fallecida por el sismo del 19 de septiembre pasado se elevó a 307 hasta ayer sábado. También malas noticias: muchos que quedaron bajo los escombros de alguno de los edificios que se derrumbaron, ya no podrían seguir viviendo, aunque hubiesen quedado con vida tras el seísmo.

Pero la esperanza es lo último que muere. Y tras una campaña de rumores de que lo iban a hacer, el Ejército y la Fuerza Aérea mexicanas aseveraron, ayer sábado, que no emplearán ningún tipo de maquinaria pesada en la remoción de escombros, hasta estar seguros de que no existe algún sobreviviente o cuerpo atrapado.

En anteriores crónicas de Aleteia se ha ponderado el papel de la sociedad civil mexicana en las tareas de solidaridad con los afectados por los dos terremotos. Y es verdad: las toneladas de apoyo que algunos gobiernos locales ni siquiera saben cómo manejar evidencian, por una parte, la mano amiga que el mexicano en desgracia recibe de los de su pueblo, y por la otra parte la esperanza de que, organizada, esta sociedad se renueve.

Pero, también, entre los escombros del terremoto del 19 de septiembre está la buena práctica del uso de redes sociales. Esto por la afición que han tomado muchos usuarios de difundir noticias falsas. Desde una supuesta “advertencia” de la ONU en el sentido de que se aproximaba una mega réplica de 8.6 Richter que iba a borrar del mapa a Ciudad de México, hasta edificios caídos en lugares donde ni siquiera se registró una cuarteadura en las paredes.

Sin embargo, la gran nota de este terremoto es que México puede confiar en lo que los expertos en temas de población llaman “bono demográfico”. La inmensa mayoría de los jóvenes, muchos de ellos indignados ante la corrupción que lastra al país, tomaron el reto del apoyo de una manera muy seria. Así lo comentó Antonio Maza en una columna escrita en su blog y reproducida por la Red de Comunicadores Católicos de México:

“Los jóvenes son la gran noticia de este sismo. Se organizaron solos, se llamaron por las redes sociales, se animaban e impulsaban unos a otros. Nuestros queridos *Millenials*, a los que tanto critican: que si dispersos, que si distraídos, que si poco comprometidos, que si hiperactivos. Y lo saben, por supuesto. Pero ante el dolor ajeno, reaccionaron con una prontitud y una generosidad admirable. Que Dios bendiga a los *Millenials*. Su solidaridad con los desconocidos, su esfuerzo, su constancia en los rescates los hace ser parte importante de los héroes y heroínas de este sismo”.

México está vivo, aunque siga temblando fuertemente. Y quizá lo demuestre el próximo año 2018, cuando vaya a las urnas para elegir nuevo presidente de la República. Muchos piensan que el temblor del 19 de septiembre, pero de 1985, fue un parteaguas en la vida nacional. Después de él, se comenzó a abrir el cerrojo de la participación y la democracia. El del 2017 podría significar un cambio importante: el cambio de paradigma social, económico y, desde luego, político: un país que lo tiene todo, pero que ha echado por la borda mil oportunidades de equidad y justicia.

En el mismo blog de los comunicadores católicos, Felipe Monroy escribió: “Los sismos y las ruinas que dejan a su paso desnudan el alma de un pueblo vulnerable, atado a la mezquindad de quienes construyeron *la ciudad vertical* con varillas a medio desgaste, aprovechando con perversidad la especulación de vivienda; revela la indiferencia institucional ante los edificios históricos e iglesias que sobrevivieron cinco siglos y desaparecieron tras treinta años de indolente burocracia; evidencia lo poco que hicimos para corregir las grietas estructurales de nuestra sociedad”.

Aunque, con dolor extremo, es el tiempo de aprender de estos errores. No solamente del gobierno y de los partidos políticos, sino de una sociedad entera, un pueblo que, como diría una comentarista ya fallecida, Ikram Antaki, “se negó a crecer”. Pero que puede crecer. Y en la búsqueda del rostro del prójimo, que es lo más importante de todo.

Let’s block ads! (Why?)

Nadie pertenece ya al club de fans de Groucho Marx

Homenaje al incomprendido Warhol del cine

El profesor Quincy Adams Wagstaff, RufusT. Firefly, Otis P. Driftwood, el doctor Hugo Z. Hackenbush o J. Cheever Loophole son algunos de los personajes de nombre imposible que interpretó Groucho Marx en el cine. Ya nadie usa nombres así a no ser que se llame Thomas Pynchon y escriba novelas, tampoco quedan cómicos como él a no ser Woody Allen, aunque hoy ya sólo sea una sombra del parlanchín de sus inicios.

Groucho creó una máscara no para ocultarse sino para autentificarse ante los demás, quizás porque -como Friedrich Nietzsche- sabía que todo lo profundo la necesita. Le bastaron unas cejas y un bigote pintados, un puro, los andares de un coronel que ha perdido el paso, la apariencia de alguien que se auto invita a todas las fiestas, y los reflejos de un superhéroe en el arte de la esgrima verbal. Con eso se fabricó a sí mismo, más allá del bien y del mal, sin pelos en la lengua ni muchos disimulos para ocultar sus picardías ante Margaret Dumont, una de sus musas en la pantalla, o para destruir de una vez por todas cuanto se le pusiese por delante.

Groucho se llamaba Julius Henry, pero en una partida de póquer un jugador lo bautizó de nuevo, a modo de consolación después de desplumarlo junto a sus hermanos, a quienes también les proporcionó el nombre artístico por el que los conocemos: Chico y Harpo (porque Zeppo no duró mucho a su lado). A los tres los inmortalizó el cine primero y el arte después, cuando Andy Warhol los retrató en su serie de Genios judíos, al lado de Albert Einstein o Franz Kafka.

El dato no revestiría mayor interés si no fuese porque ambos, Warhol y Groucho, pueden considerarse artistas conceptuales, más interesados en destruir y cuestionar la noción de pintura y cine que en prolongar su historia. Los dos, más allá de sus cuadros y películas, fueron sus mejores creaciones: envoltorios que reducían el contenido a cenizas y la superficie a creación serial donde se repite una y otra vez la misma interpretación con la misteriosa capacidad de hacer que siempre parezca distinta.

Groucho dejaba, en Una noche en la ópera (1935) o Un día en las carreras (1937), que sus hermanos tocarán el piano y el harpa mientras él dinamitaba sus melodías con bailes poco o nada ensayados, pese a sus extraordinarias dotes. También los dejaba que galantearan y que se hicieran los chistosos, porque en el fondo era el rey de la función y lo sabía. En su club de fans ni siquiera había sitio para él. Iba sobrado de talento hasta para escribir geniales artículos para The New Yorker o libros que le valieron la admiración de T. S. Eliot, con quien mantuvo una correspondencia de la que sólo tenía una queja: que el poeta llamase a su mujer Mrs. Groucho.

No le había hecho falta ir a la universidad, le sobraban sus lecturas y su talento natural; además odiaba el cuello estirado de los académicos y la saliva de los intelectuales al descifrar el enigma del mundo con sus versadas opiniones. Como Warhol, prefería empaquetarse a sí mismo antes que dejarse empaquetar por alguna cadena de montaje.

Si queremos seguir la teoría de los seis grados de separación, entre Karl y Groucho Marx no nos resultaría muy difícil encontrar cinco eslabones que los separan pero que al mismo tiempo los unen: ambos eran de origen judío, hijos de familias alemanas o radicadas en Alemania, se dedicaron ocasionalmente al periodismo, odiaban a las élites, y murieron por causas muy parecidas (pleuresía y neumonía, que casi son enfermedades sinónimas). Cuando a Groucho le preguntaron si tenía algún parentesco con Marx, dijo que no sabía nada de él y que sus apellidos eran diferentes porque el suyo era Marxista.

Uno y otro previeron el grado de absurdo de la vida moderna: Karl lo intuyó en la expansión de la economía como un virus que en adelante iba a codificar las relaciones entre los seres humanos, haciendo que todo orbitase en torno al dinero; y Groucho lo intuyó en la codificación que fue sufriendo el cine al llegar a su etapa sonora, en la que intentó rebelarse con una de las grandes obras maestras de la comedia: Sopa de ganso (Duck Soup, 1933, Leo McCarey), en la que él y sus hermanos se declaraban en estado de guerra total contra todo.

Por supuesto, perdieron. La película fue un fracaso y en adelante tuvieron que conformarse con ser geniales sólo a ratos durante el resto de sus carreras, recordándonos que el humor a veces es un arte fragmentario y fugaz cuyos efectos son parecidos a los de los huracanes.

Let’s block ads! (Why?)