¿China ha aprendido a prescindir de Dios?

“Encadenados”: Diarios de mártires en la China de Mao

“Una Iglesia que de verdad quiera llamarse católica no puede ignorar los gozos y dolores de las diversas Iglesias locales”. Esta frase de Gerolamo Fazzini, recogida en la introducción general del libro Encadenados. Diarios de mártires en la China de Mao (Ed. Palabra, 2017), encierra la esencia del sentir de la Iglesia y, a su vez, el significado de la catolicidad, es decir, la universalidad: una Iglesia que se duele cuando hacen daño a cualquiera de sus miembros en cualquier parte de mundo.

La muerte del obispo chino Casimiro Wang Milu a los 75 años el pasado mes de febrero, quien estuvo preso como seminarista 3 años, y diez años más ya como obispo, ha vuelto a poner de relieve la difícil situación de los católicos chinos, lo que se reflejó en la audiencia del papa Francisco el pasado 15 de marzo, cuando el pontífice se saltó el protocolo para saludar y bendecir de manera extraordinaria a un grupo de peregrinos chinos.

Los católicos chinos encarnan uno de esos miembros de la Iglesia, que, por desgracia, han parecido inexistentes durante muchos años a ojos de Occidente.

El catolicismo chino, propiamente dicho, se remonta a la llegada de la Compañía de Jesús a China en el siglo XVI, pero la doctrina cristiana no era totalmente extraña en el Imperio Ming, ya que hay testimonios chinos que indican que en el siglo VI cristianos nestorianos llegaron al lugar para transmitir su fe.

Sea como fuere, la propagación del Evangelio por los jesuitas, considerados grandes sabios por la corte imperial y el mismo emperador, fue sumamente fructífera para el catolicismo, siendo así la confesión cristiana mayoritaria entre los chinos tradicionalmente.

No hay datos seguros del catolicismo chino antes de la victoria de los comunistas en la guerra civil que tuvo lugar entre los seguidores de Mao y los de Chiang Kai-shek, comunistas unos y nacionalistas los otros, desde finales de la II Guerra Mundial hasta 1949.

Lo que sí parece claro es que la purga maoísta persiguió con especial saña a los católicos, cuya doctrina resultaba especialmente peligrosa para el régimen. Además, desde el punto de vista de Mao, eran una “quinta columna”, ya que la obediencia al Papa de Roma y su fraternidad con el resto de católicos del mundo los convertía en elementos díscolos para el Estado, entre otras cosas.

“El ateísmo de Estado quería destruir la religión, sobre todo la católica”, afirma Mons. Domingo Tang, S.J., cuyo testimonio se recoge en Encadenados. A través de comisiones, el aparato opresor de la República Popular China comenzó el acoso a todos los cristianos, pero especialmente a los católicos por su adhesión a Roma, a los que se denominó “contrarrevolucionarios”.

El propio Mons. Tang tuvo que ser testigo y protagonista de las horas más bajas de su diócesis de Cantón, de las dudas sufridas por su pueblo, del peligro siempre latente de la persecución, de la prisión, del martirio… El 5 de febrero de 1958 comenzó el suyo cuando fue arrestado e interrogado durante más de 8 horas. Fue trasladado a un centro de internamiento, un laogai, para ser “reeducado”, pero, sin efecto alguno, el gobierno chino decidió excarcelarlo el 9 de junio de 1980, 28 años después de ser arrestado.

Con este y otros testimonios se ponen de relieve dos realidades que han pasado desapercibidas en Occidente: en primer lugar la constante y dura persecución sufrida por los católicos chinos desde 1949 y que dura hasta hoy, y en segundo lugar la fe inconmovible y resistente de la Iglesia católica china que vive en la clandestinidad desde aquel mismo año, y que ha intentado ser erradicada y desacralizada en la Asociación Patriótica Católica China.

Pero, aunque desde el año 2006 se ha venido recrudeciendo la persecución a los católicos fieles a Roma, es decir, a la Iglesia clandestina, éstos no han hecho sino aumentar, superando ya los 12 millones de personas según algunos baremos, dejando atrás los 2 – 3 millones que se contaban en el año 1949.

Respecto a estos datos, resulta como poco interesante prestar atención al testimonio del sacerdote italiano Piero Gheddo, que recoge Fazzini en la introducción al primer testimonio de Encadenados: “Cuando viajé a China por vez primera en 1973, varias veces dijimos a los guías que queríamos ver una iglesia, y la respuesta fue siempre la misma: la nueva China ha aprendido a prescindir de Dios”. Podría decirse que nada más lejos: Dios nunca ha estado tan presente en China.

La historia de los católicos chinos es verdaderamente conmovedora, un torrente de fe, esperanza y fortaleza para los católicos que en nuestro día a día sentimos los golpes de la mofa, la discriminación o el odio desde el ambiente público. Además es un potente revulsivo para todos los cristianos occidentales que, cómodos en una vida sin peligros reales, nos permitimos el lujo de no vivir nuestra fe con radicalidad, como si no nos fuera la vida en ello.

En lugares como la mal llamada República Popular China, nuestros hermanos sufren la injusticia y la persecución por la ley, y lo hacen muy a gusto, sabiendo que lo hacen por la fe en Cristo Jesús, pues, en palabras de san Pablo, “¿quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿Los peligros? ¿La espada? […] En todo esto vencemos fácilmente gracias a Aquél que nos ha amado” (Rom. 8, 35-37).

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