La crisis de droga actual necesita desesperadamente una solución. ¿Esta podría ser una?

Comunidad Cenáculo: Una monja italiana podría tener la respuesta contra la adicción a opiáceos

Hay un tipo de historia que, por desgracia, cada vez nos resulta más familiar. Kevin tiene un título por una universidad de Florida y trabajaba en una buena empresa de logística cuando sufrió una lesión en la espalda. Le recetaron analgésicos y, con el tiempo, descubrió que ya no podía vivir sin ellos. Y luego empezó a consumir sustancias más fuertes.

“Tenía un buen trabajo y disponía de dinero para mantener mi hábito durante un tiempo, así que no era algo evidente en mi familia que estuviera consumiendo pastillas y heroína”, explica. “Bebía mucho y tomaba drogas en la universidad y me causó problemas en mi vida y en mis relaciones, pero solo cuando empecé a consumir heroína comencé de verdad a desarrollar una auténtica drogadicción, que me hacía despertarme y tener que tomar drogas todos los días para seguir con mi vida diaria o para sentirme normal o solamente para poder ser funcional”.

Kevin terminó en prisión por robo a mano armada. Después de todo, tenía que subvencionar una adicción de 400 euros al día. Un sacerdote que le visitaba regularmente le sugirió que podría ser un buen candidato para la “Comunità Cenacolo” (Comunidad del Cenáculo), fundada por una monja italiana para ayudar a jóvenes hombres y mujeres con problemas de adicción al alcohol o las drogas.

Después de ser admitido a finales de 2013, Kevin entró en una de las comunidades en Birmingham, Alabama. Es una de las cuatro comunidades en Estados Unidos que forma parte de la red internacional Comunità Cenacolo, fundada en Italia por la madre Elviera Petrozzi en 1983. Las fraternidades operan en 18 países de todo el mundo. Hay una a punto de abrir en Costa Rica, según informa Albino Aragno, que supervisa las comunidades de América del Norte.

Los líderes de la organización pidieron que no se usaran los apellidos de los entrevistados para este artículo.

El abuso de las drogas es un problema antiguo y no conoce fronteras. Pero los Estados Unidos parecen estar pasando ahora mismo por un aumento especialmente pronunciado en el número de las personas adictas a opiáceos, tanto legal como ilegalmente.

Según señalaba Christopher Caldwell en un artículo reciente de First Things, 52.000 estadounidenses fallecieron por sobredosis en 2015, “casi cuatro veces más de los que murieron por homicidio por arma de fuego y la mitad de los que murieron en accidentes de tráfico”.

Comunidad Cenáculo no trata exclusivamente con drogadictos, pero son miembros habituales.

“Casi todos nosotros somos drogadictos”, decía Kevin, de 35 años, “pero algunos tienen otros problemas vitales o necesitan poner en orden su vida espiritual”.

Y entre el personal de Cenáculo no hay profesionales médicos ni terapeutas que guíen a los adictos y alcohólicos a través de un método particular de tratamiento. La madre Elvira habla de una “escuela de vida” que se centra en el trabajo, la oración y el testimonio interpersonal.

Proponemos un estilo de vida familiar sencillo y disciplinado, basado en el redescubrimiento de los dones esenciales de la oración y el trabajo (“ora et labora”), la verdadera amistad, el sacrificio y la fe en Jesús”, explica en el sitio web de la comunidad para América del Norte.

“La espiritualidad de la Comunidad se centra en la Eucaristía y en la Virgen María. El día se estructura en torno a momentos de oración (Adoración Eucarística, la Liturgia de las Horas, el Rosario), el trabajo, testimonio común profundo sobre la vida de cada uno a la luz de la Palabra de Dios, ocio y momentos de celebración“.

“Creemos que la fe cristiana en su simplicidad y plenitud es la auténtica respuesta a todos los desasosiegos del corazón humano y que, en el encuentro vivo con la misericordia de Dios, la persona renace a la esperanza y se libera de las cadenas que la esclavizaron, descubriendo así la alegría de ser amada y amar a los demás”.

Cada casa tiene de 20 a 25 residentes, normalmente de 18 a 39 años. La rutina diaria empieza a las 6 de la mañana y sigue una rigurosa estructura que incluye tiempo en la capilla, en el taller y en el huerto.

“Hacemos de todo aquí: jardinería, cuidamos los terrenos, hacemos construcciones: todos los bancos que ves, todos los porches”, explicaba Kevin mientras ofrecía una visita por la comunidad de hombres de Nuestra Señora de la Esperanza, de cuatro hectáreas, en San Agustín (Florida), lugar que ahora codirige.

“A estas alturas del año pasado habíamos reconstruido todo el tejado. Rezamos, trabajamos y compartimos, las tres cosas las hacemos en comunidad. Y también comemos bien”. La comida, según añadió, es importante para la moral.

Además de las tareas domésticas habituales, incluyendo cocinar, cuidar de los cultivos y criar cerdos (que ofrecen a alguien la tarea diaria, no del todo agradable, de limpiar la pocilga), la comunidad trabaja la madera, desde muebles hasta cruces para cuentas de rosario (que una comunidad de mujeres cercana completa). Hace poco los hombres restauraron los bancos de una iglesia al otro lado de la carretera nacional.

La vida de oración incluye misa dos o tres veces por semana, recitar el rosario tres veces al día, la adoración del Santo Sacramento y diálogo sobre el Evangelio.

Si suena como una comunidad cuasi religiosa, atención a lo siguiente: tienen un profundo énfasis en vivir una vida comunitaria y limitar las posesiones materiales.

“Cuando entré, mi primer reto fue desconectar del mundo”, decía Samantha, que se unió hace tres años y medio. “Vengo de una familia pudiente, así que siempre me han consentido y han cuidado de toda mi vida”.

Samantha, de 30 años, que era adicta a los analgésicos y a la medicación contra la ansiedad y había empezado a consumir heroína, afirmó que el ajuste inicial a la comunidad fue duro: “trabajar todo el día y no tenerlo todo al alcance de la mano, tener que esperar para las cosas, que no te digan siempre que ‘Sí’, el desapego de las cosas materiales. Aquí vivimos una vida muy sencilla”, explicaba.

No tenemos dinero ni carteras ni móviles, así que podemos centrarnos en lo que tenemos que centrarnos, en reconocer las cosas que necesitamos cambiar, las cosas que necesitamos cultivar”, añadió Kevin. “Cuando consumía drogas trataba de encubrirlo todo. No quería lidiar con mis emociones, así que en vez de eso me colocaba”.

No tenemos televisión ni periódicos ni teléfono ni internet ni ordenadores. Así aprendemos a tener una conversación con los demás”, decía Eileen, de 22 años. Todas esas cosas pueden evitar que los miembros de la comunidad entren en comunión con los demás. Sin ellas, un miembro no es capaz de escapar de confrontaciones difíciles.

“Hay dos chicas encargadas juntas de la limpieza de la casa todas las mañanas y, ya se lleven bien o se hayan enfadado, van a seguir haciendo el trabajo juntas”, declaró. “Así que aprendes a ser consistente en una amistad. Y es difícil”.

En la vida que dejaron atrás, según nos explicaba Eileen, los adictos huían constantemente de las dificultades. “Cambiábamos de trabajo, cambiábamos de escuela, dejábamos de ser amigos en Facebook de quien fuera… te deshaces de las personas con las que no te llevas bien”, decía Eileen.

“Creemos que estamos aquí debido a las drogas, pero es algo mucho más profundo que eso. ¿Por qué recurrimos a las drogas? Quizás porque nunca aprendimos a comunicarnos. Quizás nos sentíamos heridos u olvidados, quizás lo que hacíamos era huir y huir y huir y sentíamos que nadie nos conocía de verdad nunca. Todas estas cosas subyacentes son los motivos por los que empezamos a consumir”.

Ahora, en las situaciones de la vida diaria, continúa Eileen, “construyes tu carácter para ser capaz de decir ‘No’ en todo tipo de situaciones”. Eso les ayudará cuando los miembros de la comunidad se marchen y vuelvan al mundo, donde sin duda habrá tentaciones.

“Las drogas y el alcohol siempre van a estar ahí, e incluso más accesibles que en mi tiempo, más baratos”, decía Aragno, que llegó a Cenáculo hace unos 40 años también como drogadicto. “Para ellos, el reto es mantener la vida que han aprendido en comunidad y ser capaces de conservar la fe y permanecer alejados de su viejo entorno. Y en una época en la que todo es global todo es también mucho más difícil. Antes uno podía alejarse de las malas influencias, pero ahora todo el mundo puede encontrarse en Internet”.

En Cenáculo, hay momentos que se organizan para compartir testimonio y “corrección fraterna”. En una sesión de nombre “Revisión de vida”, los miembros de la comunidad se reúnen cada dos semanas en grupos de cuatro o cinco. Por turnos, cada persona comparte sus sentimientos, su oración, su trabajo, sus relaciones con los otros miembros, sus dificultades y su comportamiento desde la última revisión de vida. También explica qué tal le ha ido con el “compromiso” particular que recibiera en la última sesión.

“Luego, todos, uno a uno, te dicen lo que ven en ti, te corrigen o te animan”, comentaba Aragno. “No se te permite responder ni tampoco explicar por qué actúas de determinada forma. (…) Te dan un compromiso. Si eres perezoso, si no eres puntual, entonces tienes que ser el primero en todas las actividades de la comunidad, o si tienes problemas, si te cierras en ti mismo, pues te dan el compromiso de hablar con alguien diferente cada día, de abrirte, de salir de tu timidez”.

Según afirmaba Samantha, “no hay [posibilidad para] distraerse, desaparecer, esconderse o escapar de nada. Te enfrentas contigo mismo aquí, y eso es lo que hay. No puedes huir. Aquí tienes que lidiar con las cosas”.

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