¿Te falta vida? Alguien puede devolvértela

Jesús me sigue amando aunque esté muerto

Muchas veces mi pecado es mi sepulcro. Y vivo atado a mis dependencias. No dejo que Jesús rompa las amarras que me atan. Paso el día remando en vano junto a mi orilla y no avanzo. Sigo anclado.

Huele mal mi prisión, mi celda de muerte. La oscuridad de mi losa pesa demasiado sobre mí. Yo no puedo quitarme a mí mismo la losa. Es imposible. No puedo salir yo solo de todo lo que me ata. Estoy atado a mi pasado, a mis dependencias, a mis hábitos viciados, a mis gustos que me oprimen.

Quiero salir de mí mismo para ir al encuentro de Jesús. Son pocos pasos pero una losa me impide avanzar. Hace falta que alguien corra la losa para poder salir. Esa losa tan pesada que yo no puedo mover.

Miro en mi interior. ¿Qué nombre tiene mi muerte? ¿Qué cosas huelen mal en mi alma? ¿Dónde creo que no entra la luz de Dios, ni su brisa, ni su viento? Pido ayuda. Me da miedo salir fuera.

Necesito que alguien me ayude para poder navegar mar adentro venciendo mis miedos. No controlo el mar sin orillas. No hago pie, no estoy seguro. Y tengo claro que todo aquello que no controlo me asusta. Le pido a Jesús que me ayude a quererme más en mi verdad. Que me mire con misericordia, para que yo aprenda a mirarme así. En la oscuridad del sepulcro todo me parece feo.

¡Cuánto me cuesta quererme bien cuando veo mi debilidad! ¡Qué déficit tengo en el cuidado por mi propia vida! Me exijo y no me quiero. No me acepto. No me cuido ni me admiro al ver mi belleza. Porque no logro verla en medio de la noche de mi tumba.

Jesús me sigue amando aunque esté muerto, aunque no tenga atractivo. Jesús amó la fealdad en la vida de los hombres, porque veía en ellos una belleza oculta:

“Cristo fue detrás de la mujer que padecía flujo de sangre, de seres cuyas vidas no tenían encanto ni belleza, como las rameras que la gente apedreaba por la calle. Dejarse ganar el corazón por el encanto, por la belleza, eso lo puede hacer cualquiera. Eso no tiene nada de amor. Amor es no rechazar una vida humana, un ser humano ajado, convertido en harapo”[1].

Ese amor me levanta a mí de mi sepulcro al descubrir en mí cuánto valgo. “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros”. Dios me saca de mi sepulcro para que camine en la luz. Para que descubra todo lo que puedo dar con mi vida. Para que aprenda a amar como he sido amado.

Jesús me pide que yo quite la losa de tantos que están muertos. Quiere que lo haga con mi amor, con mi verdad, con mi humildad. Que lo haga amando a los demás en su muerte y deseando verlos con vida.

Es mi misión. Sacar a muchos de sus sepulcros. Acompañando sus vidas. Cuidando sus caminos rotos. Sosteniendo su fragilidad. Y creyendo en su belleza, en su poder oculto.

[1] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)

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