Pio VII vs. Napoleón: El emperador contra el Papa

Le Couronnement de l’Empereur et de l’Impératrice, por Jacques-Louis David, 1807/08 (Detalle)

Una historia de película: Conflictos, concordatos, secuestros y hasta una excomunión

La Iglesia y los grandes poderes nunca se han llevado bien. Los Estados Pontificios siempre fueron un lugar de conflicto. En 1797 Pío VI fue detenido y deportado a Francia por revolucionarios franceses. Allí moriría tres años más tarde y Napoleón también tuvo sus idas y venidas, sus conflictos con el Sucesor de Pedro.

Napoleón quiso extenderse por toda Europa, quiso crear un imperio que no tuviera fin y se vio como el gran emperador todopoderoso de Europa. Todo tenía que estar bajo su control y bajo su mando. Y entre ellos el nuevo Papa: Pio VII.

Al comienzo quiso ser un aliado de Roma. No quería actuar como los revolucionarios sino llegar a un acuerdo con los Estados Pontificios. Se firmó un concordato y con él se pensaba que se apaciguarían los ánimos. Napoleón no obstante siguió con sus planes y para él el Pontificado era un simple peón en su estrategia militar.

Quiso humillar al Papa Pio VII. Lo primero que hizo fue obligarle a acudir a París a su coronación. Aquí se constatan dos versiones: la primera habla de cómo Napoleón tenía una sorpresa preparada para el Papa: Se coronaría a sí mismo. La segunda que fue el Papa quien en un acto de dignidad se negó y sólo hizo una bendición “a desgana”.

Realmente a Napoleón la presencia del Papa en la coronación era lo de menos. ¿Para qué obligar al Papa a acudir a ese acto? La idea de Napoleón era retenerlo, dejarlo en Francia. Napoleón desistió al darse cuenta de que si el Papa no volvía los cardenales considerarían que había renunciado y elegirían nuevo Pontífice. Fue la primera de las tensiones.

En 1806 Napoleón amenazó al Papa cuando Gran Bretaña pidió al Pontífice abstenerse de actuar ante el bloque continental a Francia: “Su Santidad es soberano de Roma, pero yo soy el emperador; todos mis enemigos han de ser los suyos”, le escribiría.

En 1808 las tensiones irían en aumento. Las tropas del emperador entraron en la Ciudad Eterna y el Papa se retiró al Quirinal. Napoleón consiguió anexionarse parte del territorio. Pero Napoleón querías más.

En 1809 decretó la anexión del resto de territorios y dejaba al Pontífice quedarse en su residencia en Roma. Pío VII realizó la mayor condena que puede realizar la Iglesia: Excomulgó al emperador. Algunos dirán que no fue directamente una excomunión porque no citaba el nombre del Pontífice. No hacía falta. La bula Quam memorandum, era muy clara: “excomulgaba a los ladrones del patrimonio de San Pedro”.

Las tensiones y las relaciones terminaron por romperse y Napoleón decidió arrestar al Papa. Entraron en el Quirinal y Pio VII no opuso resistencia. En ese momento el Papa diría las más famosa frase de su Pontificado. Le preguntaron si renunciaba a los Estados Pontificios y retiraba la excomunión. La respuesta fue tajante: “Non possiamo, non dobbiamo, non vogliamo” (No podemos, no debemos, no queremos).

Le llevaron a Savona, cerca de Génova en un viaje inhumano con el que Napoleón quería seguir humillándole. Intentó que el Papa apoyara su causa, Pío VII rechazó a los obispos designados por el emperador y rechazó su divorcio y matrimonio posterior. Napoleón convocó un concilio en París para humillar aún más al pontífice, pero los obispos apoyaron a Pío VII.

La tremenda historia de Pío VII no terminaría ahí. Fue trasladado al palacio de Napoleón y en su traslado estuvo a punto de morir. Sobrevivió a una dura enfermedad y tras muchos conflictos y buscando su apoyo pensó que si lo soltaba Pío VII podría serle de más ayuda. Se equivocó. Pío VII no se dejó manipular y Napoleón volvió a arrestarlo y deportarlo. Lo fue llevando de un lugar a otro, de una ciudad a otra.

Pio VII sería liberado por los austríacos y poco después Napoleón abdicaría. El Papa volvía al lugar de donde nunca debió salir: su residencia de Roma.

La historia de Pío VII podrá llegar a los altares y quizá pronto sea santo. Benedicto XVI estaba tan impresionado por su historia, por su valentía y su fortaleza que declaró su “nihil obstat” y le dio el título de siervo de Dios. Actualmente su causa se encuentra abierta en la diócesis de Savona-Noli.

La historia de Napoléon quizá también terminó siendo positiva. Por lo menos terminó de manera extraña. El francés, exiliado en la Isla de Santa Elena, dirá sobre el pontífice: “Es verdaderamente un hombre bueno, amable y valiente. Es un cordero, un hombre de verdad, creo yo, que me hace ver pequeño”. Quizá estos años de lucha con el Pontífice, la determinación de Pio VII o una caída del caballo como San Pablo. ¿Por qué diría esto al final de sus días? Sólo Napoleón lo sabe.

El hecho es que el emperador francés finalmente fue derrotado. No su ejército, ni su poder sino su propio egoísmo y lucha personal. En el exilio, en la isla de Santa Elena se convirtió y abrazó la fe. Pero esa es otra historia: Aquí la puedes leer.

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