Cuando Jesús explicó a santa Catalina cómo amarle con un gran amor

3 maneras como todos podemos amar contemplando la cruz

Hoy, domingo de Ramos, nos adentramos ya en la gran Semana Santa en la que contemplaremos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

La verdad es que nos cuesta entender el misterio de la Cruz, del sufrimiento, del dolor. Pero es hermoso ver a Abrahán conduciendo a su hijo al monte Moriá, obedeciendo el mandato del Señor. Y lo hace por amor a Dios y amando entrañablemente a su hijo.

Cristo clavado en la Cruz es también misterio de amor. Él nos ha amado hasta la locura de la Cruz. Muriendo nos ha dado la misma vida de Dios. Resucitando nos ha hecho resucitar con Él. Y subiendo al cielo nos ha preparado un lugar junto a Él y a todos los santos. ¿Se puede ofrecer más?

¡Es impresionante el Amor de Dios por nosotros, los seres humanos! La verdad es que, con nuestras solas fuerzas, nunca llegaremos a comprender en su plenitud el misterio de amor de Dios por todos y cada uno de nosotros. Y, sin embargo, ese amor es lo único que puede dar sentido al corazón inquieto y confuso del ser humano.

La Iglesia, en estos días de Semana Santa, nos invita de manera especial, a profundizar en ese amor contemplando amorosamente la Cruz:

Por el camino del diálogo con Cristo crucificado. A muchas personas les resulta, a primera vista, difícil y costoso ese diálogo con Cristo. Tomás de Kempis nos ofrece en una reflexión muy iluminadora, una ayuda muy útil. Dice así: “Si no sabes meditar en cosas elevadas y celestiales, descansa en la pasión de Cristo, y detente a pensar, como morando en ellas, en sus sagradas llagas. Porque si te refugias devotamente en esas cicatrices y preciosas llagas de Jesús, sentirás gran fortaleza en la aflicción, no harán mella en ti los desprecios de los hombres y soportarás con facilidad las palabras de los que murmuran contra ti” (Tomás de Kempis, L2, cap. 1, nº 16-17).

–Por el camino de la cruz. ¿Por qué no recorrer, con sencillez y profunda veneración, las estaciones del Viacrucis? El corazón se irá llenando de paz, de serenidad, de esperanza, de amor, de perdón. Recorrer el Viacrucis, meditar la Pasión del Señor, exige un poco de tiempo. ¿No podríamos dedicar unos minutos cada día a ello, a recorrer al menos dos estaciones cada día, aunque completarlo nos lleve la semana entera? Sólo se necesita tomar la decisión y mantenerla con firmeza; se requiere, tal vez, saber apagar el televisor oportunamente o no entretenerse en algunas conversaciones para poder dedicar así un tiempo a estar a solas con el Señor.

–Por el camino del servicio a los que sufren. De esa meditación serena y amorosa de la Pasión brotará, estoy convencido de ello, un deseo creciente de ayudar al hermano sufriente que está junto a nosotros.

Así lo han vivido los santos. Así lo vivió santa Catalina de Siena, como muestra este precioso texto:

“Preguntó Jesús a Catalina de Siena: “Querida mía, ¿sabes por qué te amo?” Ante la respuesta negativa de Catalina, siguió Jesús: “Te lo diré. Si no te amo, tú no serás nada, no serás capaz de nada bueno. Ya ves que tengo que amarte.” “Es verdad –respondió Catalina, y de golpe dijo–: “Querría yo amarte así”.

Pero, en cuanto habló, se dio cuenta de que había dicho un despropósito. Jesús sonrió. Entonces ella añadió: “Pero esto no es justo. Tú puedes amarme con un gran amor y yo sólo puedo amarte con un amor pequeño”.

En ese momento intervino Jesús y dijo: “He hecho posible que me ames con un gran amor”. Ella, sorprendida, preguntó inmediatamente cómo. “He puesto a tu lado al prójimo. Todo lo que le hagas a él lo tomaré como hecho a mí.” Catalina, llena de alegría, corrió a curar a los enfermos en el hospital: “Ahora puedo amar a Jesús con gran amor”.”

Ojalá la contemplación de la Pasión de Cristo nos ayude a comprometernos más con los hermanos que sufren en nuestro mundo, y en especial junto a nosotros. Porque junto a nosotros, en este lugar, en este altar, va a hacerse misteriosamente presente el Cristo del Tabor, de la Pasión: su Cuerpo entregado, su sangre derramada, el Señor Resucitado.
Por Juan José Omella, arzobispo de Barcelona

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