Fast & Furious 8: La familia bien, gracias

La franquicia intenta renovarse con un giro bondiano, y abordando en profundidad los vínculos familiares de sus personajes principales

Uno de los temas recurrentes en la serie Fast & Furious, sobre todo desde que Vin Diesel tomó las riendas creativas de la misma en Fast & Furious: Aún más rápido, es el de la importancia de los vínculos emocionales –pero también morales– entre sus personajes principales, lo que Dominic Toretto (Diesel) llama, en un tono algo gansteril, familia.

Sin embargo, tras la retirada, en Fast & Furious 7, del personaje del fallecido Paul Walker a partir de la argucia argumental de su decisión de centrarse en su papel de padre, se diría que tanto Diesel como el resto de responsables de la franquicia han decidido expandir dicha idea para darle forma a su nueva entrega, Fast & Furious 8.

Y es que se trata de una reevaluación del estatus personal de sus principales protagonistas a partir de sus relaciones familiares, enfrentándoles a conflictos de mayor o menor calado, pero que están directamente relacionados con los vínculos padre/hijo.

Tanto es así, que la villana, la hacker Cipher (Charlize Theron), insiste en cuestionar la utilidad biológica de dicha conexión, y defiende una visión mucho más individualista –y a la vez, profundamente definitoria de la sociedad capitalista en la que vivimos– de la existencia humana.

De hecho, Fast & Furious 8 dibuja a la antagonista de la función como una especie de Ernst Stavro Blofeld para Toretto –encajándola de forma retroactiva dentro de la serie, algo, por otro lado, habitual en el trabajo del guionista Chris Morgan–, lo que sirve para subrayar el giro hacia lo bondiano que esta séptima secuela quiere darle a la multimillonaria franquicia.

No es la primera vez que Diesel intenta emular al personaje de Ian Fleming –tanto xXx como xXx: Reactivado iban en ese mismo sentido–, pero ahora ha optado por emplear el músculo financiero de Fast & Furious para cumplir su sueño y, de paso, darle la espalda a la estructura de película de robos de las anteriores entregas… De ahí que se haya permitido un guiño tan evidente como todo el clímax ártico, que refiere directamente a la ambientación islandesa de Muere otro día.

No tiene demasiado sentido pedirle originalidad a una serie que anda ya por su octavo capítulo, y ya está, por lo tanto, profundamente codificada… Pero es que Fast & Furious 8 quizás sea una de las entregas más referenciales y menos interesantes de toda la franquicia, sobre todo por la sensación de que F. Gary Gray no hace más que hurtar conceptos visuales de otros directores –la imagen de los coches cayendo del cielo está claramente inspirada en El incidente, de la misma manera que el robo de Toretto de un maletín nuclear toma ideas de la octava temporada de 24 y la huida de Deckard Shaw (Jason Statham) del avión con un bebé está extraída de Hard Boiled (Hervidero)– en lugar de intentar dejar una mínima huella visual…

De ahí que no haya ninguna secuencia de acción ni mucho menos comparable, ni en cuanto a espectacularidad ni en cuanto a ejecución técnica, al salto entre los rascacielos de Abu Dabi de Fast & Furious 7.

Que lo mejor del largometraje sea la química que desprenden, en sus escenas compartidas, Dwayne Johnson y Jason Statham –algo que tiene más que ver con su carisma y su vis cómica que con la habilidad de Gray–, deja muy claro hasta qué punto la franquicia, y su sobreabundancia de personajes, empieza a transmitir signos de cansancio creativo.

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