El cementerio jesuita más enigmático del mundo

Al sur de la isla española de La Palma se encuentra un peculiar cementerio en el que nadie podrá encender ninguna vela

Este inusual cementerio es visitado en la actualidad sobre todo por los amantes del buceo. Mientras tanto, hace casi 500 años, 40 jesuitas “bucearon” allí en contra de su voluntad, ahogándose en las profundidades del océano Atlántico, principalmente a causa de no disponer de brazos ni piernas… Sí, la historia de los mártires de Tazacorte es sangrienta y brutal, y al mismo tiempo muy interesante.

Esta historia comienza en el corazón y la mente del beato Padre Ignacio de Azevedo. Este jesuita portugués después de una misión dos años en Brasil – conmovido por la pobreza de allí, tanto material como espiritual – decidió organizar un grupo de clérigos, dispuestos para llevar a cabo allí la actividad evangelizadora. En poco tiempo logró convencer al general de los jesuitas, Francisco de Borja y 69 voluntarios para viajar a la colonia portuguesa y apoyar la misión de la evangelización.

La iniciativa incluso fue bendecida por el Papa Pío V, entregándole al beato Ignacio la imagen de la Virgen de la Basílica de Santa María la Mayor del Vaticano. Después de 5 meses de preparativos, el 5 de julio de 1570, siete barcos y una carabela partieron en dirección a Madeira, a la que llegaron después de una semana de navegación. Y allí terminó la parte agradable del viaje.

Pues bien, en la isla los misioneros oyeron rumores de que en las aguas circundantes merodeaban piratas franceses, que además de la conocida hostilidad hacia los demás participantes en el tráfico marítimo, tenían una aversión particular hacia los católicos, porque eran hugonotes. Una parte importante de la expedición decidió quedarse en Madeira, excepto los 39 jesuitas temerarios y el beato Ignacio, quienes a pesar de todo zarparon en el barco “San Jacobo” (en portugués Santiago) en dirección a la isla de La Palma. Pero éste aún no es el momento en que los misioneros se toparon con los corsarios franceses.

En la isla de la Palma, el Padre Ignacio se encontró con su amigo de la escuela, quien invitó a su casa durante unos días a toda la expedición. Según la leyenda, el beato Ignacio celebró una misa en la capilla local, donde tuvo la visión de su martirio. Al parecer, la revelación le estremeció tanto que dejó huellas de sus dientes en el cáliz litúrgico. ¿Es cierto? No se sabe, aunque a día de hoy se sigue conservando la casulla en la que el beato celebró aquella misa.

El 13 de julio, el equipo decidió navegar al otro lado de la isla hasta el puerto de Santa Cruz. Pero cuando estaban más o menos en la mitad de su camino, se encontraron con los barcos franceses, que estaban bajo el mando del pirata Jacques de Sores. Eran mucho más rápidos que Santiago, por lo que en muy poco tiempo tres piratas saltaron a bordo del barco de los misioneros. Sin embargo, no se pudieron entretener mucho tiempo allí, ya que el equipo de Santiago les superaba en número mandándoles “de viaje” rápidamente a otro mundo. Naturalmente, esto enfurecería al resto de los alborotadores.

El Padre Ignacio decidió sacar de debajo de la cubierta la imagen de la Virgen donada por el Papa, la colocó en el mástil principal y llamó a la tripulación a las oraciones comunes. Si a alguien le parece extraña la decisión pacifista del monje, que piense en el mayor número de piratas frente a jesuitas desarmados y los rápidos barcos de los corsarios – la sentencia de muerte se firmó en un momento en que los hugonotes franceses aparecieron en el horizonte.

Los que tomaron por asalto el barco de Santiago, comenzaron una verdadera masacre. Cortaban las cabezas de los jesuitas que rezaban de rodillas. A algunos de ellos les cortaban las manos y los pies, tirando sus cuerpos en el mar para que se ahogaran en las profundidades del océano sin poder hacer nada.

¿Cómo podemos conocer el relato con tantos detalles? Aunque los piratas mataban con especial crueldad a todos los que llevaba sotana, un jesuita se salvó. Juan Sánchez sobrevivió sólo porque era cocinero y los corsarios justo necesitaban uno. El jesuita se escapó cuando llegaron al puerto más cercano.

Entre otros, gracias a su relato, el 11 de mayo de 1854 el Papa Pío IX beatificó a los 40 mártires de La Palma. En el año 2000, en honor a su memoria, se hundieron allí 40 grandes y pesadas cruces de piedra. Los residentes locales creen que gracias a ellos las aguas del océano, por lo general muy movidas en este lugar, se calmaron. Como si quisiera honrar la memoria de los jesuitas con su silencio.

Tal vez alguien se pregunte por qué los mártires suman 40, cuando uno de ellos logró huir. Fue por el sobrino del capitán del barco, Juan de San Juan, de catorce años de edad y candidato a la Orden, quien fue considerado como uno de los mártires.

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