Así me habla la Virgen

La oigo con esas palabras que oigo de los hombres y que yo torpemente interpreto

Me gustaría tener siempre la mirada limpia de los niños. Para creer más, con más hondura. Creer en lo imposible en medio de la adversidad. En la claridad del día. Para creer en lo que no veo. Para confiar en la promesa que Dios le hace a mi vida. Cuando parece todo inalcanzable y mi fe me ayuda a ver algo de luz en la oscuridad del túnel.

Quiero tener esa mirada limpia para ser capaz de admirarme de todo lo que veo. Para juzgar la realidad con inocencia, sin malicia, sin pensar mal de nadie, sin ser retorcido, sin juzgar intenciones.

No siempre lo logro, confieso. Y veo deseos ocultos y percibo pensamientos que tal vez no existan. Mi mirada torva me vuelve desconfiado. Mi pensamiento complejo me enturbia el alma.

Quiero tener esa luz que aún no poseo. Me gustaría tener la capacidad de dejar que el mundo quepa en mi alma. Ser más flexible como los niños ante la vida. Disfrutar del presente y descubrir una aventura en cualquier momento. Algo nuevo siempre dentro de lo viejo. Un momento apasionante lejos del aburrimiento. Un descubrimiento inaudito que me devuelva siempre la pasión por la vida.

Esa mirada tan limpia es la que le pido a María. Una mirada transparente como la suya. Quiero aspirar a las más altas cumbres sin vivir con miedo al vacío, atado a lo que me da seguridad.

Es verdad que no pretendo ver a Dios delante de mis ojos. Como vieron los pastorcillos de Fátima al ángel y a María. Pero sí quiero percibir su presencia honda en mi vida.

“¿A ti te habla María? ¿La escuchas?”, me preguntaba una niña con mirada inocente hace unos días. Ella quería oír más y no oía. Y yo respondí que sí, que oía, porque es verdad. María me habla. Tal vez no con las palabras que los hombres me dicen.

No la oigo como la oían esos pastorcitos que se quedaban asombrados ante su imagen preciosa y conmovidos en su alma de niños. Tal vez son otras sus palabras. Pero me habla. La oigo con esas palabras que oigo de los hombres y que yo torpemente interpreto.

A veces oigo mal. O no oigo. Pero María me habla. Y lo hace en lo hondo de mi alma. En leves susurros. Lo hace más en el silencio que en los ruidos. Cuando estoy en paz más que cuando vivo en tensión. Cuando callo más que cuando me lleno de voces.

Decía Romano Guardini: En el silencio es donde suceden los grandes acontecimientos. No en el tumultuoso derroche del acontecer externo, sino en la augusta claridad de la visión interior, en el sigiloso movimiento de las decisiones, en el sacrificio oculto y en la abnegación; es decir, cuando el corazón, tocado por el amor, convoca la libertad de espíritu para entrar en acción y su seno es fecundado para dar fruto”[1].

Me habla más cuando guardo silencio. O es que cuando callo puedo oír más su voz. Puede ser. Me habla con palabras y silencios. Me habla cuando me dejo embargar por su presencia que lo llena todo de paz.

También me habla en todo lo que me pasa. Yo medito cuando ya ha pasado. Y veo que tengo que seguir caminando o detener mis pasos un momento para tomar aire. Interpreto esas señales como puedo. No siempre acierto. Tal vez me confundo siguiendo otras rutas.

Pero de repente noto que mi corazón arde con un fuego nuevo que no conocía. Y no tengo explicaciones fáciles para comprender tanto misterio que se esconde entre mis dedos.

Me sorprendo con los susurros de Dios en medio de mi camino. No hay apariciones. Pero sí hay deseos. Pan partido que me conmueve. Miradas que cambian mi forma de mirar. Un abrazo de María por mi espalda que sostiene mis pasos. Lo he vivido. El corazón se ensancha.

Por eso, lo he pensado bien, quiero volver a ser niño. Quiero volver a nacer del vientre de mi madre. Como ese primer día en el que vi la luz. Quiero saber lo que hacer y busco en la noche a Jesús como hacía Nicodemo tratando de entender los misterios. Quiero saber el camino exacto que me permita volver a ser niño.

[1] Romano Guardini, El Señor

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