Las pruebas de que Jesús existe en mi vida

Él me ha tomado con mi homosexualidad, no me ha acogido a medias

Cuando me preguntan desde cuándo data mi conversión al catolicismo, sonrío porque a la vez no dejo nunca de ser convertido por Jesús cada día, a la vez nunca he vivido una gran conversión. Por ejemplo, jamás he visto una aparición, jamás he tenido una revelación privada o una visión. Tengo una vida aparentemente banal y árida. Todavía me cuesta hacer oración. No tengo ningún milagro tremendo, ninguna sanación impresionante, ninguna NDE (muerte inminente), ninguna niñez infeliz, ninguna vida de yonqui que contar.

Siempre he sido católico desde mi nacimiento (bautismo el 8 junio de 1980) y nunca dejé de ir a la iglesia. Durante la adolescencia, ninguna crisis de fe. Algunos católicos soñarían con que haya conocido un viraje espectacular, un encuentro con Jesús digno de los grandes relatos bíblicos, una caída de caballo a la manera de San Pablo, un antes catastrófico y un después grandioso, un camino ascendente.

Para gritar al milagro o a la santidad, utilizarme y utilizar mi experiencia para disuadir de la práctica homosexual, para decir que la homosexualidad es inexistente (“Philippe Ariño es un ex homosexual”), que se supera, e incluso que la homosexualidad experimentada en la fe es un sendero posible que sería de película y que convertiría a otras personas homosexuales afligidas.

Siento decepcionarles. Jesús está presente en mi vida sobre todo porque es invisible y al mismo tiempo totalmente inesperado, divertido, increíble, evidente. Jesús está presente en mi vida sobre todo porque soy pecador, porque hay la Cruz, porque hay la Verdad.

Entonces, aunque el Amor no se demuestre (el Amor simplemente se experimenta y no se impone: de lo contrario, no nos amaría), releyendo mi vida, ahora voy a intentar deciros cuáles son los signos discretos –y a mi parecer innegables– que Jesús está omnipresente en mi vida, que me mima en todo momento y que le pertenezco. He contado 14 (aunque sea un poco tonto asignar un número al infinito…):

1) La prueba de que Jesús existe en mi vida es que Él se manifestó a través de la vida de mi padre. Observo todos los zigzags que éste ha conocido… y me digo que, con tantos imprevistos, nada estaba librado al azar. No creo ni en el azar ni en el destino, sino sólo en un plan de Dios sobre nosotros que, a pesar de todo, nos deja libres. Y no cabe duda de que la vida de mi padre está guiada por Cristo; y de que mi papá, sin dejar de ser libre, no controla gran cosa. Él iba a ser padre blanco misionero en África. Contra todo pronóstico, y contra el deseo de sus padres, lo dejó todo para irse para Francia, sin hablar francés y sin trabajo. Tenía que conocer a su mujer y tener cinco hijos (entre ellos un sacerdote: mi hermano mayor). Además, a mi hermano gemelo y a mí no nos esperaban y llegamos “por accidente”. La vida de mi papá (un hombre de Dios, muy pecador) es tan improbable que ahora sé que es providencial.

2) La prueba de que Jesús está en mi vida es que siempre he creído en su existencia, en su presencia, en los ángeles , en los santos. Nunca me he rebelado. Y las catequistas estaban pasmadas por lo que podía decir durante las sesiones de catecismo. Mi sensibilidad por la lectio divina, ese gusto por Dios, aquella apetencia, me llegaron muy temprano. Esto surgía de mí, pero me lo entregaban. Raras veces me aburrí en misa. Practicar para mí era algo natural: ir a misa era tan indiscutible como ir a la escuela o comer lo que tenía en mi plato. No se puede negociar. Creo que hay una arbitrariedad de la fe. Sin embargo, mis padres nunca tuvieron que obligarme. La fe es un don que no hacemos más que cultivar libremente. Siempre me han gustado los grupos de discusión, y me encanta hablar de Dios con alguien. Me encanta dar testimonio. A veces, les tengo (amablemente) celos a los sacerdotes durante las homilías, porque me gustaría estar en su lugar cuando aquellas son mediocres.

3) La prueba de que Jesús existe en mi vida es que Él se manifestó a través de los sacramentos y, entre otras cosas, la confesión. Tuve que esperar mis 34 primaveras para conocer signos sensibles de la Presencia de Jesús. Justo cuando precisamente mi fe ya no reclamaba milagros. Por ejemplo, en 2014, durante una confesión en la Basílica del Sagrado Corazón en Montmartre, un sacerdote joven (recién ordenado hacía sólo tres meses), en el momento de la absolución, me impuso las manos… ¡y aquello fue un radiador! ¡Y sin embargo se encontraba a 60 cm de mi cabeza! El Espíritu Santo, lo sentí claramente. De manera sensible. Y aquel cura no paró de hablarme de “santidad” justo antes de este milagro. ¡Por lo tanto, en estos casos, resulta difícil negar la existencia de Jesús! Por otra parte, en 2016, durante el Año de la Misericordia, fui un ferviente visitante de los confesionarios, porque mis tentaciones y mis caídas eran grandes (masturbación; e incluso después de 5 años de continencia, caídas con hombres). Pues bien, puedo dar fe de que Jesús habla a través de los sacerdotes… incluso aquellos que cuentan tonterías. Jesús está en los sacerdotes. Porque lo que me dijeron, ¡hasta videntes no hubieran podido ser más precisos! Jesús reside en los confesionarios. Es impresionante.

4) La prueba de que Jesús existe en mi vida es que Él se manifiesta en la bondad de los católicos. Entre los miembros de la Iglesia católica hay lo peor (debido a que los fieles católicos desobedientes pecan a sabiendas, lo que es más grave) y hay lo mejor (debido a que los fieles católicos obedientes están cerca de la Verdad y de la Caridad en actos). Descubro en la Iglesia católica a gente buena, verdadera, divertida, servicial, como en ningún otro lugar. La Iglesia es la mejor Escuela de Amor, el mejor Camino de Verdad. Hasta que se demuestre lo contrario, puedo atestiguarlo. Y, sin embargo, ¡Dios bien sabe que conozco los pecados de sus miembros y que no me hago ilusiones sobre la gente de Iglesia!

5) La prueba de que Jesús está en mi vida es que Él se ha manifestado a través de san Antonio de Padua (1195-1231). Entre él y yo funciona mejor que el teléfono. Hablo con él, le hago preguntas muy específicas, y luego, mediante la boca de un sacerdote o un evento, recibo una respuesta inmediata. Una respuesta siempre inesperada y verdadera. Una vez, en 2014, yo estaba en la Basílica del Sagrado Corazón, y delante de la estatua de san Antonio, mientras conversaba con él, le comenté que las velitas encendidas a sus pies eran a la imagen de los seres humanos habitados por la luz de Cristo. Le confesé al santo que, de vuelta a casa, yo iba a escribir un artículo sobre las velas humanas. A continuación, me quedé en la Basílica para asistir a la misa de las diez de la noche. Y allí, el sacerdote polaco que celebraba comenzó su homilía con estas palabras: “Para empezar, quisiera proponerles una imagen: nosotros humanos somos todos velas.” Comencé a fijar al cura con una mirada preocupada/intrigada, luego miré de reojo la estatua de San Antonio, pidiéndole interiormente: “¿Qué está pasando? ¿Dónde está la cámara oculta?” ¡San Antonio siempre me gasta bromas de ese tipo! Hasta me invitó a su casa en Italia. De hecho, ¡el único cura que me contactó de manera espontánea en el año 2015 para una conferencia en Italia, aun cuando no hablaba ni una palabra de francés y de castellano, fue mosén Giovanni Ferrara, de Padua! Ambos sabemos que es San Antonio quien nos unió. San Antonio, por Jesús, está realmente vivo. Y cuando quiere a un amigo preciso, ¡lo consigue!

6) La prueba de que Jesús está en mi vida es que Él me habla directamente mediante la Biblia. No de manera mágica. Por ejemplo, cuando abro mi Biblia a ciegas (como suelen hacerlo algunos carismáticos supersticiosos), siempre me toca un texto sin interés (tipo Los Macabeos…). ¡Casi nunca funciona! jaja. Sin embargo, Jesús se acerca a mí de otra manera. Las palabras de la Biblia me marcan como un hierro. Me parece que lo que se dice en la Biblia está vivo, suena justo y necesario mientras lo oigo. La Biblia no es un libro: es realmente una persona que me habla. Su pertinencia me impacta. Actúa de modo quirúrgico. Jesús y sus sacerdotes me han dado el gusto por la exégesis, por el estudio de texto, y el don de interpretación. Me doy cuenta de que ello encuadra también con las películas profanas, las novelas paganas, los acontecimientos mundiales. Me gusta descifrar, y resulta que lo hago bien y que no viene de mí.

7) La prueba de que Jesús existe en mi vida es que me hizo inteligente y visionario, mientras que yo soy tonto y superficial. Lo confieso sin falsa modestia y sin orgullo. No tiene nada que ver con una cuestión de mérito. No poseo (todavía) el don de lectura de las almas, ni de ubicuidad, ni de sanación, ni de canto en lenguas, ni de profecía. Sino que tengo un carisma de sabiduría particular, que surge de la homosexualidad continente, y que me permite identificar quién es la gente y lo que ella experimenta en su sexualidad y en su relación con la Iglesia. Algunos amigos me dicen que tengo un escáner en lugar del cerebro. Yo, que crecí delante de la tele, y que miré los dibujos animados y las películas durante toda mi infancia, que escuché a las Spice Girls, me digo que, si acabo hoy enseñando a los más grandes filósofos, a mis profesores, a los obispos, y que me consideran como un tipo súper inteligente o brujo, mientras que soy toda una cabeza hueca homosexual, bien será porque hay alguien aparte de mí que permite este prodigio. Habrá una intervención divina detrás de todo esto. ¡Estoy tentado de reírme de la “impostura (sin embargo, llena de Verdad)” de mi propia situación!

8) La prueba de que Jesús está en mi vida es que Él me ha tomado con mi homosexualidad. No me ha acogido a medias, ni a condición de que ya no sienta esta atracción. Me ha acogido en mi totalidad. Y encima, utiliza mi homosexualidad para anunciarlo a Él de manera súper justa y original. ¡Vaya delicadeza! ¡Qué cara tiene! Soy consciente de que me hace un montón de regalos, de signos, de guiños de connivencia y de amistad homoeróticos. Por ejemplo, fui a ver más de 700 obras de teatro sobre la homosexualidad en París. Pues Jesús siempre se arregla para que yo encuentre de manera muy precisa la mayoría de los símbolos de mi Diccionario de Códigos homosexuales. Es una forma para Él de dejar un rastro de migas en mi camino, de confirmarme continuamente en la continencia (abstinencia por Él) y, lo que es más, a través de mi homosexualidad… lo que parece paradójico y una falta a su propia voluntad, ya que Él no ha querido mi homosexualidad (Él simplemente la permite). Es una locura cómo Él se adapta a mí y como lidia conmigo, con todo lo que siento, con el propio objeto de mi vergüenza existencial. Una vez, yo acababa de publicar el código “Carmen en mi blog, en mi Diccionario, y la misma noche fui a ver por casualidad una obra de teatro (titulada Los Amigos-Polvos de Quentin) en París porque sabía que esta trataba de homosexualidad. ¡Nada, en el resumen del guion, apuntaba con antelación que yo iba a oír hablar de la famosa gitana española del principio al final! Jesús me hace vivir un apostolado absolutamente insospechable e incluso aparentemente contradictorio. Un camino que yo no he querido (porque no he querido ser homo y no he querido ser llamado al celibato) pero que se me parece.

9) La prueba de que Jesús está en mi vida es que Él se manifiesta a través de mis amigos homosexuales y de la “cultura” homosexual. Y me ha sido anunciado incluso por aquellos que Lo rechazan y que no creen en Él (véase los símbolos “Creerse Dios  y “Amante diabólico” en mi Diccionario de Códigos homosexuales). ¿Qué mejor evidencia de su existencia que esta aparente contradicción? He oído en las películas, las obras de teatro, en las asociaciones, en la boca de mis propios amigos, una coincidencia exacta con lo que escribo y lo que Jesús dijo en la Biblia, aun cuando no me leen y se definen como ateos. En la oscuridad de una discoteca gay, un tipo que estaba tratando de besarme en la boca me llamó “santo”, con plena conciencia. Después de eso, ¿cómo podría yo afirmar que Jesús no existe?

10) La prueba de que Jesús existe en mi vida es que no puedo salir con nadie. Hace tiempo que me he resignado a ello (aunque por hoy sigan las tentaciones). Salir con un chico, incluso amable y atractivo, incluso creyente, no puedo. Y cuando digo que no puedo, no se trata ni de un capricho ni de una queja. No es técnicamente, porque técnicamente, lo puedo (¡segurísimo!). No es socialmente ni religiosamente, porque nadie, ni siquiera mi Iglesia católica, me lo prohíbe y me lo impide. No puedo sobrenaturalmente. No puedo a nivel de mi fe y de mi alegría interior. No puedo sacramentalmente. Jesús viene a buscarme y no puedo resistirle (jaja). Mi fe es más fuerte que el placer, que la necesidad de afecto, que la necesidad de pareja. Mi paz interior está sometida a la Verdad. Es más fuerte que yo. Me jode mucho comprobarlo. Pero esta pertenencia es irrompible. Y es dada. En realidad, no es una elección.

11) La prueba de que Jesús está en mi vida es que Él me hace insolentemente libre. Esta libertad sorprende hasta a mí mismo. Es más fuerte que yo: no soporto la mentira ni el mal ni la injusticia. Y cuando descubro una hipocresía o un engaño o una tibieza, me siento llamado a abrir la boca. Por el contrario, cuando algo me gusta, me entusiasmo, me convierto en jugador o en guerrero. En mis relaciones, me gustaría ser más despreocupado, más relativista, más ligero, menos exigente, menos íntegro, menos libre: ¡sería mucho más relajante para mí y para los demás! Pero no puedo. Algo me empuja a superarme, a entregarme hasta la muerte, a no conformarme con la aceptabilidad. Por ejemplo, el hecho de que algunos sacerdotes, por nuestro bien, quieran borrar los párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la homosexualidad por ser supuestamente “culpabilizadores”, no lo puedo aceptar. Es la Verdad-Caridad o nada. Esta exigencia sé que viene de Jesús. No soy yo. Porque aquella es visceral.

12) La prueba de que Jesús está en mi vida es que soy perseguido de una manera absolutamente desproporcionada respecto a lo que hago, y digo soy, de una manera absolutamente violenta, absolutamente ilógica humanamente hablando. Eso significa que en mi vida hay un Misterio de iniquidad que no proviene de mí y que me es dado sobrenaturalmente, por el papel de profeta (y todos somos, por nuestro bautismo, profetas: no es un título ni un valor, sino un don, una responsabilidad y un deseo). Observo que existe en mi vocación un “Signo de contradicción” (Lucas 2, 34) que es Jesús. No veo otra explicación. Esto no es una cuestión de mérito ni de valía personal. Se trata de una elección que yo no he escogido ni construido ni soñado. Los ataques que sufro a causa de la homosexualidad y de mi fe me demuestran que Jesús existe realmente.

13) La prueba de que Jesús está presente en mi vida es que Él me hace alegre, divertido, ameno, amigable, a la escucha, y que con Él ya no tengo vergüenza. Mientras que originalmente, yo soy un miedoso, una gallina, un misántropo, un tipo que se encuentra mal con él mismo, un vergonzoso. Por lo tanto, esta confianza y fuerza no vienen de mí. Hay alguien en mi vida que me hace mejor y más bello. Yo, sin Jesús, soy un perdedor.

14) La prueba de que Jesús reina en mi vida ¡es que Forum Libertas me aguanta como columnista! Eso vale todas las pruebas de Su existencia, ¿a que sí?

Por Philippe Ariño
Artículo publicado originalmente por Forum Libertas

Let’s block ads! (Why?)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s