¿Cómo detener las disputas de tus hijos?

¿Os cansan sus peleas? ¿No lográis llegar a un acuerdo de buenos modos? ¿Os gustaría compartir mejores momentos con vuestros hijos? Descubrid 9 consejos clave para curar las rivalidades entre hermanos y hermanas.

Antes de tener hijos, soñamos con que los hermanos y hermanas se lleven bien, que jueguen, que rían, que haya camaradería entre ellos. La realidad, con los celos y las rivalidades entre hermanos y hermanas, echan por tierra nuestros sueños. Aunque los conflictos son beneficiosos para que cada niño construya su personalidad, también son agotadores en el día a día para los padres y representan un riesgo de perjudicar sus vínculos a largo plazo. Para que las relaciones sean equilibradas, el niño debe aprender bondad, una cualidad primordial en las familias reconstruidas, susceptibles especialmente las rivalidades. Los vínculos han de crearse sobre una base sana.

Así que, ¿cómo evitar las disputas fraternales? ¿Qué actitud es mejor tomar cuando se producen peleas entre hermanos y hermanas? ¿Cómo ayudar a cada uno a encontrar su lugar en la familia? ¿Cómo evitar que perduren ciertas rivalidades? Descubrid los consejos de Didier Pleux, psicólogo, psicoterapeuta y coautor junto con Colette Ollivier-Chantrel de Frères, sœurs… Les erreurs à éviter dans la fratrie [Los errores que evitar entre hermanos y hermanas; editorial Eyrolles] y meditad estos 9 consejos para lograr unos hermanos y hermanas unidos.

  1. Ayudar a cada niño a encontrar su lugar entre los hermanos

Entre el pequeño, el grande y el mediano, a veces es difícil que un niño sepa cómo encajar en el grupo. El benjamín necesita atención y no hay que olvidar hacerle partícipe de la vida familiar y no tratarlo siempre como si fuera un bebé. El mediano, atrapado entre dos, exige ser escuchado. “Cada uno es particular entre los hermanos y son los padres los que ‘refuerzan positivamente’ las cualidades de cada uno”, explica Didier Pleux, psicólogo-psicoterapeuta. “Hay que hacer que los hermanos acepten que cada uno tiene sus diferencias, sus centros particulares de interés y sus propios valores. Es el principio del aprendizaje de la realidad”.

  1. Ser los padres de cada hijo

La complejidad del trato con los hijos está en querer mantener un vínculo particular con cada uno al mismo tiempo que se es padre y madre de todos. Uno de los consejos para preservar estos sentimientos individuales es dedicar tiempo a cada niño según su carácter. Este encuentro es también una oportunidad para charlar a solas con el niño y compartir un momento privilegiado. “Un momento cara a cara con cada hijo permite (…) a los padres entender mejor lo que el niño tiene que decir, ya que se expresará con más facilidad al no sentirse observado o juzgado por sus hermanos y hermanas”, subraya Didier Pleux en su libro Frères, sœurs… Les erreurs à éviter dans la fratrie. “Pueden cocinar algo, compartir un desayuno fuera, hacer bricolaje… Si el niño es introvertido, mejor ofrecerle un tiempo ‘exclusivo para él’ en el que pueda expresarse relajado. Si el niño es extrovertido y animado, se le puede ofrecer un rato de actividad física (correr, montar en bici u otra actividad) para tranquilizarlo”.

Para el padre o madre, este momento a solas es un paréntesis en la vida familiar cotidiana. Al verse menos solicitado por los otros hijos, el padre o madre se agota menos y disfruta más de esta complicidad, con un espíritu tranquilo.

  1. Enseñar a los niños la diferencia

Como una sociedad en miniatura, los hermanos son la primera experiencia con el hecho de ser diferente. Los niños aprenden a vivir juntos, comparten ciertas similitudes con sus hermanos y hermanas, pero también hay numerosas disparidades.

Señalar los rasgos de carácter de cada niño, sin encasillarlo en una personalidad fija e identificar los puntos fuertes y débiles, así también se aprende el respeto. Al tener la noción de diferencia, el niño comprende el carácter del otro y actúa en consecuencia, limitando los conflictos y las disputas.

Aunque la comparación es destructiva y sin beneficios, el hecho de regular los vínculos entre cada uno teniendo en cuenta la variedad de personalidades contribuye a la evolución de todos los niños. “Tener hermanos y hermanas es también tener perspectiva con respecto a uno mismo”, atestigua Antoine, con tres hermanos más. “Eso ha supuesto una especie de monitor sobre mi nivel en diferentes dominios (la escuela, el deporte, etc.). Es un efecto espejo, un reflejo de uno mismo, un eterno cuestionamiento, incluso si las personalidades son diferentes. Vivir con mis hermanos y hermanas me ha dado las claves para la vida en comunidad”.

  1. Explicar sus sentimientos

Como en cualquier grupo, una buena relación entre hermanos requiere una buena comunicación. Enseñar a los niños a expresar sus sentimientos después de una pelea es una forma de atenuar las próximas disputas. Hablar del conflicto, comprender de dónde surge, por qué se dicen algunas cosas, contribuye a aliviar las rivalidades entre hermanos y hermanas. “Para evitar que se acumulen rencores, pueden animarles a los dos a que se expliquen con calma, dando cada uno su punto de vista dentro de su turno, sin interrumpirse”, propone Didier Pleux en su libro. “Luego pueden proponerles pistas para solucionar el problema juntos”. Hablar contribuye también a limitar el resentimiento, para evitar albergar animosidades entre ellos.

  1. Aceptar un reparto desigual de la atención

Aunque nos gustaría dedicarnos de la misma forma a todos nuestros hijos, la naturaleza hace que los más pequeños necesiten una mayor cantidad de tiempo. Cuando llega el más pequeño, la rivalidad surge de forma natural. Es importante explicar a los hermanos la razón por la que los padres no pueden tener una atención idéntica para cada uno, para que así lo acepten.

De igual manera, los niños con dificultades escolares, los más curiosos o un poco más frágiles exigen una atención particular en un momento dado. Al hablar de esta diferente necesidad de tiempo para cada uno, los hermanos entienden mejor por qué los padres se ocupan de uno o de otro en según qué medida.

  1. Permitir que los niños creen sus vínculos

Al pasar mucho tiempo juntos, los niños establecen sus propios vínculos, importantes para desarrollar complicidad y armonía. En vez de intentar controlarlos, es mejor dejarles que se descubran, que aprendan a quererse. “Es bueno que haya convivencia entre ellos para que acepten sus ‘diferencias’”, subraya Didier Pleux. “Pedir a todos los niños que participen en las tareas del hogar, hacer proyectos familiares en común, inscribirse en actividades (de ocio) juntos, todo favorece la creación de una identidad familiar y de vínculos entre los hermanos. Cuidado, dejar que los niños se ‘regulen’ solos no tiene únicamente efectos positivos: al igual que en el patio de recreo, a menudo es necesaria la presencia de adultos…”.

La idea es ofrecerles la libertad de aprender a conocerse mejor, eso sí, manteniendo un ojo encima. “Durante las últimas vacaciones escolares, estuve muy ocupada y no pude ocuparme de los niños como suelo habitualmente”, cuenta Émilie, madre de dos niños pequeños. “Los pequeños jugaron mucho juntos, pasaron tiempo solos en su habitación, se leían historias o se las inventaban. Al final de las vacaciones, había nacido una nueva complicidad. Desde entonces tienen una atención diferente hacia el otro, se tienen más en consideración”. Para los más grandes, los juegos de mesa, las actividades compartidas, etc., ayudan a mantener estos lazos y a calmar las rivalidades.

  1. Intervenir en las disputas para recordar las normas

Algunos padres creen erróneamente que dejar a los niños autorregularse durante sus conflictos permite gestionar mejor las disputas. Aunque las opiniones divergen en este punto, la mayoría tiende a favorecer la intervención de los padres. Hay que recordarles lo que significa el respeto mutuo, poner unas normas, marcar unos límites claros. “Los hermanos son una sociedad en miniatura en la que, según las personalidades y las reglas familiares, es inevitable que haya ciertos conflictos y ciertas envidias que no hacen sino agravarse si no se controlan”, destaca Didier Pleux en su libro Frères, sœurs… Les erreurs à éviter dans la fratrie.

Según el carácter de cada uno, las peleas pueden llegar a ser incesantes y se repiten a perpetuidad. Los conflictos también son un llamamiento a la intervención o la manifestación de los padres.

  1. Observar a los hijos

Observar cómo evoluciona cada hijo para reparar en los puntos fuertes y débiles de cada uno. También hay que reflexionar sobre los vínculos que hay entre ellos, las relaciones entre los niños, su forma de comportarse hacia uno u otro. De esta forma, los padres aprenden mejor a conocer a sus hijos. “Para diferenciar los niños del mismo sexo o de la misma edad, los padres deben ser discretos y sutiles”, enfatiza Didier Pleux en su libro. “Tienen que trabajar sobre la aceptación, sobre la singularidad de cada hijo, sobre lo que les hace únicos, teniendo en cuenta los lados positivos y negativos de cada personalidad”.

  1. Aceptar los diferentes intereses entre los hermanos

“Algunas particularidades de uno u otro hijo se corresponden mejor a lo que valoran los padres, pero eso no debe tener nada que ver con el amor que los padres les profesen”, destaca Didier Pleux en su libro. “Un hijo deportista con padre futbolista, un hijo artista con una imaginación desbordante con una madre con tintes bohemios. Según la historia y la personalidad de cada padre, es normal que haya ciertas afinidades con los hijos. La cuestión es no excluir a uno o a los demás debido a sus intereses para evitar los celos y, sobre todo, explicarles que se les va a querer igual independientemente de sus intereses.

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