Cómo afrontar la crianza de los hijos desde la diversidad cultural

Una fuente de riqueza o una fuente de dificultad y conflicto, según lo abordes

La negociación de las diferencias es parte de la vida de toda pareja, pero aquellas en las que sus miembros pertenecen a países distintos este proceso se vuelve tajante, especialmente cuando hay mucha distancia entre las culturas de origen. Es por esto que con la diversidad cultural se vuelve mas compleja la metamorfosis de pareja a padres. 

La llegada del primer hijo o hija revoluciona la vida: cambia la identidad de mujer y de hombre, la relación de pareja, el vínculo con las familias de origen, la rutina cotidiana, la conciliación entre el trabajo y la familia, la organización del hogar, las prioridades, la vida social e incluso el modo de vivir los espacios comunes, “¿Habrá un baño donde pueda cambiar al bebé?”.

¿Qué pasa si soy una mujer “trasplantada” por amor a otro país y en mi cultura se usa que  la madre, las tías y toda la comunidad femenina esté alrededor de la mamá, antes, durante y después del parto, pero en la nueva tierra el criar un hijo es considerada una tarea de la pareja?

¿Y si mi madre ni siquiera puede venir a estar conmigo y la única que puede acompañarme en el parto es mi suegra? ¿Y si en mi tierra amantar a un hijo es parte de la vida cotidiana y pública, pero en el país de acogida es un acto íntimo y exclusivo entre mamá y bebé?

¿Qué sucede si soy un hombre “trasplantado” por amor a otro país y en mi cultura el padre participa activamente en el parto, mientras en el país de acogida es una tarea fundamentalmente femenina?

¿Qué pasa si doy por sentado que el cuidado de mi hijo es un asunto de “nosotros dos”, pero encuentro que en la tierra adoptiva la crianza de los hijos es una cuestión que incluye a todo el clan familiar? ¿Y si para un hombre cambiar un pañal es una empresa titánica o peor aún, casi un atentado a la masculinidad?

Y este es sólo un posible inicio de la historia… Si tenemos idiomas diferentes, ¿cómo le hablamos a nuestros hijos? ¿Utilizamos los dos o sólo uno? Después de la lactancia también llega el destete y con éste, la diversidad culinaria y de hábitos alimenticios. Poco más tarde, enfrentamos la decisión de mandar al niño a la guardería, dejárselo a los abuelos, contratar una niñera, renunciar al trabajo o inventarse algo para lograr conciliarlo con la familia….

Posteriormente llegan los hermanos y antes o después el temido periodo de la adolescencia. ¿Y si en mi tierra se crece rápidamente y se pasa de la niñez a la adultez, mientras que en la tuya, que ahora también es mía, la adolescencia puede casi volverse eterna?

La presencia de la diversidad cultural en familia puede ser una fuente de riqueza cuando se reconocen, aceptan y tratan las diferencias. Pero también puede convertirse en una fuente de dificultad y conflicto cuando estas diferencias se niegan, se ocultan, se menosprecian o se sacan cada cada vez que hay una discusión.

La capacidad de convivir con la diversidad suele ponerse a prueba cuando se toman decisiones fundamentales respecto a la crianza de los hijos y en los momentos de crisis: de ciclo vital (nacimiento de los hermanos, adolescencia de un hijo, vejez de los propios padres, etc.) o por eventos inesperados (pérdida del empleo, problemas de salud, dificultades económicas, desastres naturales, etc.).

Algunas ideas que pueden ayudar a afrontar la diversidad cultural durante la crianza de los hijos son:

En el caso especial de las mujeres inmigrantes, tener presente que con la maternidad suelen estar expuestas a una mayor vulnerabilidad y fragilidad emocional con la distancia y separación de su propia familia y cultura de origen.

Son pocas las mujeres inmigrantes que pueden contar con la presencia de su madre durante el nacimiento de los hijos. Es por esto que resulta fundamental brindarles mucha comprensión y todo el apoyo necesario, entendiendo que probablemente vivirán un fuerte sentimiento de nostalgia y que podrían sentirse muy solas, incluso estando rodeadas de la familia del esposo.

Recordar que una de las dos culturas suele estar más presente en la vida familiar y la otra menos, también por motivos geográficos, por lo que es importante buscar ocasiones en las que se pueda dar un mayor espacio a la raíz cultural del padre o de la madre que está lejos de su tierra.

Para conseguirlo, es muy importante revisar cómo está la relación con la cultura de origen de la persona “extranjera” (aunque tenga la ciudadanía del nuevo país): ¿Me siento parte de este país o continúo sintiéndome un total “extranjero”?

¿He logrado echar raíces y construir un proyecto también personal? ¿Acepto y reconozco mi raíz cultural o la niego, la menosprecio, me avergüenzo de ella? ¿Mi pareja y su familia respetan mi diversidad? ¿Cómo vivo mis raíces culturales en la relación con mis hijos?

Por otra parte, se necesita estar muy atentos para reconocer y resolver las dificultades y/o conflictos a nivel de pareja, en particular cuando se trata de problemas relacionados con la diversidad cultural, porque se corre el riesgo de dejarlos “colar” en la relación con nuestros hijos.

Es decir, si la pareja sigue peleando porque uno habla mal el idioma del país de acogida aun después de tantos años, puede suceder que un hijo adolescente se niegue rotundamente a hablar en la lengua materna del padre o de la madre y encima le eche en cara su dificultad con el idioma.

Si estamos en una competencia para ver cuál de las dos culturas es mejor, nuestros hijos se encontrarán en medio del campo de batalla, sintiéndose obligados a escoger con quién están.

Por todo esto, suele ser muy útil convivir e intercambiar experiencias con familias que viven una situación similar a la nuestra. Los niños y niñas que crecen en este tipo de familias tienen una inigualable oportunidad para aprender a convivir con la diversidad cultural y convertirse en “ciudadanos del mundo”.

Para concluir, es importante buscar ayuda profesional cuando sentimos que no logramos resolver nuestros problemas de pareja y/o familiares o cuando la convivencia con las diferencias culturales se vive como un elemento de conflicto y no como un elemento de riqueza.

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