Alguien te espera al final de esta vida

Y estará contigo siempre

Saber que voy camino hacia el cielo me da paz. Lo vuelvo a recordar al escuchar a Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy Yo, estéis también vosotros. Y adonde Yo voy, ya sabéis el camino”. Sé que allí me espera Jesús.

Mi camino es Jesús y Él me espera en el cielo. Es un camino que llega al corazón de Jesús. Esa certeza salva mi vida. El cielo es la meta de mis pasos. Jesús prepara un lugar para mí. El lugar que ha pensado para siempre en su corazón. Allí encajo de acuerdo a mi originalidad, de acuerdo a como soy.

Muchas veces me ha tocado predicar de este evangelio en funerales. En el momento de la muerte la pregunta cobra más fuerza:”¿Quién me espera al final de mi camino?”. Ya sea corta o larga la vida, surge la misma pregunta: “¿Quién estará conmigo para siempre?”.

Jesús me espera al final de mi camino. Él lo prepara todo para mí, para que esté bien, para que tenga paz. Esa esperanza mueve hoy mis pasos. Un cuarto a mi medida. Una estancia. Un lugar en su corazón, en la herida de su costado.

Me gusta imaginarme a Jesús a la puerta de la vida. Esperando mi llegada. Sabiendo que llego. Me gusta mirar más lejos de mis pasos inmediatos: “Cuando un hombre ya no es capaz de mirar más allá de su propia muerte y relacionarse a sí mismo con lo que perdura más allá del tiempo y del espacio de su vida, pierde su deseo de crear y pierde la alegría vital del ser humano·[2].

Necesito proyectarme en una vida eterna. Necesito mirar los pasos que doy en Jesús, que es mi camino, mi verdad y mi vida. Pero a veces no sé bien cómo seguir. Y yo quiero saber siempre cuál es el camino, como Tomás: “Tomás le dice: – Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Jesús le responde: -Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”.

Me cuesta ver a Jesús como mi camino. Quiero asumir que es Él el sentido de mi vida. Hacia Él voy. En Él vivo. Eso me da paz. Si me olvido de todo lo demás y Él queda, con eso basta. Jesús me muestra que el camino concreto es Él.

A veces me empeño en descifrar las huellas de mi camino exacto. Los pasos que tengo que dar. Cómo apurar los años para llegar antes a metas que yo mismo me pongo… Me exijo logros. Estar en cierto lugar a cierta edad. Conseguir un cierto status cuando cumpla tantos años. Como otros lo han hecho. O como otros esperan que yo lo haga.

En ocasiones me gusta marcarles el camino a otros. Por dónde deben ir de acuerdo a mi experiencia. Lo que a mí me parece mejor. Y sufro cuando me equivoco. O cuando se equivocan. El camino no era el correcto.

Hoy Jesús no me dice que tiene un camino concreto para mí. Me dice que Él mismo es el camino. Eso tiene otra fuerza. Y me da tanta libertad… Jesús es el camino de mi vida. Basta con pertenecerle a Él para estar en el camino correcto. Y cuando he fracasado en un camino concreto, vuelvo a empezar. Me ato de nuevo a Cristo.

A veces espero que los demás acepten mi nuevo camino. Que estén de acuerdo con mis fracasos y con mis nuevos comienzos. Voy mendigando la aprobación de mis decisiones. Esas decisiones cuyo peso cargo yo solo. Pero no sé por qué busco la aprobación.

Parece a veces tan importante que los demás asientan a mi vida. Es como si Dios en los ojos del que me mira me estuviera diciendo que estoy bien, que es verdadero lo que hago, que no tenga miedo, que no tiemble. Mendigo la aprobación del mundo. Tal vez no es tan necesaria.

Jesús me dice que Él es el camino. Que no me agobie pensando si mi camino es el mejor o el más correcto. Que basta con vivir en Él porque Él es el que manda. El que decide. Su tierra es mi camino. Sus pasos mi camino. Y eso significa estar más unido a Él. No vivir haciendo cosas, sino vivir amándolo todo en Él. De eso se trata. El camino, la verdad, la vida. Mi verdad es Cristo. Mi vida me viene de Cristo.

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