¿Cómo dejar de sentirse culpable?

La culpabilidad se desliza fácilmente en nuestro espíritu. Nos chupa la energía y nos arrebata la alegría. ¿Cómo dejar de culparse uno mismo y superar este bloqueo? Testimonio.

Todavía recuerdo esa sensación de calambre en el estómago durante mi infancia, ese sentimiento de culpabilidad. El frasco de perfume caro de mi madre estallando contra el suelo, la nariz rota de mi hermana pequeña durante uno de nuestros juegos estúpidos, mi primer cero en mates… No me faltaron ocasiones para que me consumieran los remordimientos.

Muchos de estos pequeños dramas triviales de la infancia siguen demasiado arraigados en nosotros a pesar de su pequeña importancia. Todavía hoy, ese cero, ese frasco, esa pelea, me parecen insignificantes. Sin embargo, en cuanto los recuerdo, mi estómago se retuerce como señal de esa culpabilidad que me petrificaba entonces y me bloqueaba cualquier acción y reflexión.

Es cierto que asumir esta culpabilidad puede servirnos de protección, pero el miedo termina por paralizar. En vez de ser una motivación para evolucionar y madurar, se transforma en un desaliento que llega a minar nuestra autoestima.

El incumplimiento de un plazo en el trabajo, un altercado innecesario con un colega, un amigo descuidado durante dos semanas… Le añades dos kilos de más y ahí me ves desesperada delante de un espejo que refleja a una miserable inútil.

Todos conocemos este sentimiento que experimentamos con demasiado dolor desde lo más profundo de una versión de nosotros mismos carcomida por el remordimiento. Freud diría que nuestro sentimiento de culpabilidad deriva de la dificultad de nuestro Ego para aceptar nuestras imperfecciones frente a las exigencias impuestas por el Superyó. En palabras más sencillas, nuestras expectativas –sociales, morales o intelectuales– son incompatibles con la realidad: esta situación de fracaso constante termina por convencernos de que no valemos nada.

¿Cuáles son los orígenes de nuestra culpabilidad?

Es difícil determinar la fuente de esta creencia con certeza. Y en la infancia, la rivalidad fraternal y nuestro sistema socioeducativo –en el que se juzga al alumno constantemente por comparación a los demás– forman los inicios de una futura lucha, de una competición que nos acompañará a muchos de nosotros en la vida activa.

Comparamos, observamos… y cuando el otro es mejor, se debe necesariamente a que nosotros somos malos. Siempre habrá alguien mejor que nosotros. Nos reprochamos nuestras imperfecciones olvidando –o sin ser conscientes nunca– que lo mejor es precisamente ser uno mismo (¡y eso no es tan sencillo!).

La alegría de una existencia sin comparación

Isabelle Taubes, psicóloga y periodista de la revista Psychologies, afirma que el primer paso para liberarse de la culpa es tomar cierta distancia para permitirse descubrir –o redescubrir– el placer de ser nosotros mismos. Así deberíamos comenzar nuestra lucha contra una culpabilidad tóxica. Tenemos que dejar de mirarnos a través del prisma de las cualidades y los logros de los demás. Comencemos por valorar nuestra propia existencia, independiente y única. Simplemente.

Culpabilidad vs responsabilidad

Los remordimientos (los nocivos, los tóxicos) aparecen cuando, inundados por nuestras funciones, perdemos de vista el límite entre responsabilidad y culpabilidad. Como consecuencia, no solo nos sentimos aún peor, sino que también nos volvemos totalmente ineficaces.

Isabelle Taubes explica cómo funciona este proceso usando el ejemplo de una abuela que espera una llamada telefónica durante semanas. Normalmente, habría tres reacciones posibles:

A. Las excusas (baratas): “¡Tenía muchas cosas que hacer!”. O la variante: “El curro, la casa, los niños… ¡No tengo tiempo para todo!”.

B. La autoflagelación: “¡Soy un mal hijo/a!”.

C. La banalización: “No pasa nada, la llamaré en unos días”.

Todas estas opciones resultan de un sentimiento de culpabilidad, más o menos consciente, que tratamos de ahogar, eliminar o excusar. Pero, francamente, ¿qué culpa tiene de todo eso la abuela?

En la práctica, lo que cuenta es el resultado. Es una cuestión de eficacia. Cuando, en lugar de concentrarnos en nuestra responsabilidad, nos centramos en la carga de la culpabilidad, todas nuestras acciones y nuestra progresión quedan bloqueadas.

En lugar de recuperarnos y ponernos manos a la obra, quizás prefiramos compadecernos de nuestro estado emocional.

Por eso las justificaciones o las fustigaciones son inútiles; solo debería preocuparnos una cuestión: ¿qué siente la abuela que no hace sino esperar noticias de sus nietos?

A continuación, podemos pasar a cosas más serias: ¿qué hacemos al respecto? Responder a estas preguntas nos empujará a encontrar no solo un plan de acción, sino la motivación para atenernos a él.

Este modelo muestra una situación un tanto trivial, pero puede trasladarse a casi todos los dominios de la vida. Independientemente del desencadenante de nuestra culpabilidad, que los disgustos lleguen desde el trabajo, durante una disputa con el marido o incluso con la abuela, hay que concentrarse en el plan de acción y no en la culpa. Así evitaremos remordimientos, desencadenante irrefutable de la baja autoestima, al mismo tiempo que resolvemos determinada situación indeseada.

La conciencia no tiene como objetivo hundirnos bajo una culpabilidad abrumadora. La conciencia respeta nuestras decisiones y nos recuerda los valores a los que decidimos permanecer leales. Así que aprendamos a escuchar a nuestro Pepito Grillo, prestemos atención a sus avisos y hagamos buen uso de ellos.

Vivamos juntos –y sin comparaciones– la satisfacción del esfuerzo y el placer de ser uno mismo. Ninguno de nosotros es el ser humano ideal, todos somos perfectos precisamente porque ninguno  lo es. Así pues, en vez de señalarnos todo lo malo, de culparnos y reprocharnos nuestros fracasos, ¡concentrémonos en nuestras necesidades y actuemos!

Este artículo es una traducción de la versión polaca de Aleteia For Her.

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