Digo que amo pero… ¿realmente es así?

Dejamos de amar cuando olvidamos, cuando despreciamos, cuando dejamos de valorar a quien decimos amar

A veces digo que amo pero no es así. Siento que amo en mi corazón pero luego me alejo buscando mis apegos. Prometo dar todo lo que tengo y luego me duele tanto que me alejo. No quiero arriesgarme.

Me gustaría aprender a amar de verdad. A amar con un corazón noble, sin doblez, sin mentira. Una forma de amar que me parece imposible. Pero es así como Dios me enseña a querer. Así me ama Jesús clavado en la cruz.

Por eso, cuando amo de esta forma, es fácil seguir sus mandatos. Es la consecuencia del amor que sólo quiere el bien del amado. Cuando amo a alguien de forma sana quiero su bien. Quiero sus deseos. Quiero que sea feliz. Amo sus caminos. Sus anhelos. Sus sueños. Me importa su vida casi más que la mía.

Amar así me parece casi imposible. Pero sé que para Dios nada es imposible. Mi amor propio es muy fuerte y tiende a ponerme a mí en el centro con todas mis pretensiones.

El otro día leía: “Se siente amado quien cree que le aman más de lo que merece. Para amar hay que tomar en serio sólo las cosas serias. Enterrar la susceptibilidad. No sabe amar quien no perdona de verdad y para siempre. Todos los seres humanos tenemos un tesoro que se nos concede al nacer: nuestra capacidad para ceder nuestro centro de atención y dedicarnos a otro. Por eso, el mayor desamor no es el conflicto, sino la indiferencia. Echar a alguien lo más lejos de nuestro centro”.

Dejamos de amar cuando olvidamos, cuando despreciamos, cuando dejamos de valorar a quien decimos amar.

Hoy hay muchos matrimonios rotos. Muchas veces se separaron por las tensiones que hacían tan difícil la convivencia. Pero muchas otras fue la indiferencia la que fue minando la relación. Uno de los dos dejó de poner al otro en el centro. Dejó de pensar más en el otro que en sí mismo. Comenzó a seguir su propio camino.

Vivían juntos, pero no compartían sus vidas. Desde ese momento uno de los dos tal vez esperaba que el otro cambiara. Y al no ser así, comenzaron a ser más importantes en su vida otras cosas. El centro cambió de lugar.

Dejo de amar al otro cuando ya no pienso en lo que le hace feliz y busco obsesionado lo que a mí me importa y me hace feliz. Pienso más en mí que en la felicidad de aquel a quien amo.

Dice el papa Francisco: “Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra, cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros Dios llama, nos conoce por el nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. Los lazos más auténticos no se rompen con la muerte”. Ese ideal es el que todos deseamos alcanzar.

Le pido a Jesús que me enseñe a hacer realidad en mi vida esa historia de amor con Él. Quiero amar más allá de la muerte. Que mi vida sea una historia de amor con Él y con las personas a las que quiero. Deseo amar de esa forma tan sana. Dejando de lado mis prejuicios. Sin condenar. Sin encasillar.

Quiero que mi amor libere a aquel a quien amo. Quiero enaltecer con mis gestos de amor. No dejar nunca de admirar y cuidar el fuego del amor que Dios pone en mi alma. Le pido a Dios ese don de amar dando la vida.

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