Mi hijo roba, ¿qué puedo hacer?

No es lo mismo a los 4-5 años que a los 12-13 años

Que un hijo abra tu cartera y tome dinero sin permiso es una de las experiencias más desagradables que pueden sufrir unos padres. Ese pequeño inocente, que sonríe y juega, ¿cómo es capaz de hacer una cosa así? La tentación de recurrir al castigo fulminante es de lo más comprensible, sobre todo temiendo que, si no se corrige a tiempo, el hijo pueda sentir de adulto el peso – menos cariñoso – de la justicia.

Otros padres se frustran pensando en qué han fracasado, o incluso se culpan pensando que su hijo les engaña porque no se siente querido o no tiene la confianza necesaria como para exponer sus necesidades. Y no es infrecuente que esto suponga un motivo de lucha entre ambos progenitores, intentando identificar cuál de los dos es el “culpable” que “da mal ejemplo”.

El primer paso, ante esta situación, es mantener la calma

Que un niño o un adolescente robe a sus padres, es algo que puede suceder durante el desarrollo evolutivo por diversos motivos. Un niño está evolucionando, también en el plano moral, y pasa por etapas diferentes, en la que aumenta su capacidad de razonar y de responder de su conducta. No se puede criminalizar a un niño de 4 años que toma algo que no le pertenece, ni se le puede comparar con un adolescente que roba a sus padres por rebeldía.

La psicología evolutiva demuestra que hasta los seis años, más o menos – depende también de cada niño, de su carácter y de su madurez – no hay aún una conciencia muy clara sobre la moral personal. En esta etapa se imitan comportamientos, buscando la adaptación con el ambiente y copiando los modos de hacer de los demás.

A partir de los siete años, por lo general, hay un desarrollo cognitivo suficiente que permite una mayor conciencia de los propios actos y del valor e implicaciones morales de lo que uno hace.

No condenar al niño

Precisamente comprendiendo esta gradualidad de la educación moral, es muy importante nunca calificar moralmente al niño, sobre todo cuando es de corta edad: nunca hay que llamar al niño “ladrón”, sino más bien, hay que estimularle para que mejore su comportamiento y sea cada vez mejor persona.

Lo mas importante siempre es la educación preventiva. Es decir, se trata de educar en los valores del respeto y de la sinceridad para tener las motivaciones internas necesarias para evitar ese tipo de comportamientos, y sobre todo, para sentirse más motivados por distinguirse por un buen comportamiento que por estilos de vida negativos.

Educar en la autonomía moral

¿Cómo aprende valores morales un niño? Al principio se aprende por imitación, y gradualmente, según la inteligencia se va desarrollando, y gracias a la interacción de la inteligencia con los diversos contextos sociales (escuela, familia y amigos), el niño va llegando poco a poco a la verdadera autonomía moral y a la capacidad de juicio personal.

Por tanto, la clave principal para educar en valores reside en primer lugar en la familia: los valores deben vivirse en casa, antes de ser verbalizados en una explicación al niño. Los niños no tienen doblez: si ven que sus padres tienen una relación ambigua con la honradez respecto al dinero, por mucho que se le riña, el niño imitará la conducta que ve en vez de interiorizar la charla que recibe.

En segundo lugar, la escuela debe reforzar estos valores. La crisis se produce cuando en la adolescencia entra un “tercer invitado” no esperado en el menú de la educación, que es el grupo de amigos: El impacto del grupo sobre los propios comportamientos es también determinante para el futuro de cada adolescente.

Por tanto, el castigo debe ser proporcional a su capacidad de autonomía moral, pero sin quitarle importancia por el hecho de que “es pequeño”. A un adolescente hay que tratarle ya como a un pre-adulto: conviene explicarle de manera contundente las implicaciones y consecuencias del robar, también a nivel legal. A un niño, esta explicación hay que adaptarla a su nivel de comprensión, explicándole que eso está muy mal y no se hace.

En estos casos es muy importante que los castigos sean educativos. El primer paso será siempre el de devolver lo robado, pero no será suficiente: Hay que pensar en pequeñas sanciones que pueden aplicarse en casa para que los adolescentes y los niños entiendan que todo acto tiene consecuencias. Por ejemplo, si roba una cantidad de dinero deberá, ademas de devolverlo, hacer méritos para conseguir el valor del dinero robado y así darse cuenta del daño que hace a otras personas.

El objetivo de la educación es ayudar a los hijos a ser maduros, felices, seguros de sí, y a crecer en el respeto de los demás, que es la base del buen respeto de si mismos. Una educación en positivo buscará siempre estimular comportamientos que puedan ser imitables y admirados por todos los educadores y personas de buen sentido y valor.

Sobre todo en la adolescencia, donde la inteligencia ya tiene un nivel completo de desarrollo, lo que los adolescentes necesitan no son grandes sermones, sino más bien la certeza de la cercanía de los padres y la constante confirmación del afecto hacia los hijos.

Cuando el robo esconde otros problemas

Cuando esto no es suficiente y el niño sigue robando, conviene contactar a algún psicologo experto en educación y psicología evolutiva para analizar con mayor profundidad las causas y poder intervenir de manera eficaz.

Normalmente, detrás de comportamientos compulsivos de robo o hábitos de rutina de robo hay también: la necesidad de llenar vacíos afectivos; problemas de falta de autoestima, necesidad de lograr la estima de otros compañeros por poseer lo que todos poseen; problemas de inseguridad buscando la autoafirmación de la propia personalidad, comportamientos asociales por dificultades de adaptación social.

Las mentiras, las tendencias a robar y las actitudes de rebeldía en los adolescentes suelen ser sobre todo manifestaciones de la necesidad que tienen de encontrar su propio espacio, de su realización, de la aprobación y estima de sus iguales. Por ello, lo que más necesitan es atención y comprensión por parte de los educadores y padres, sabiendo combinar la exigencia y el dialogo en el difícil arte de educar.

Ante situaciones de robo o mentiras es importante que los padres y educadores tengan la capacidad de dialogar para preguntar a los hijos por qué han cometido este tipo de acciones. Un dialogo constructivo es indispensable para estimular a los hijos hacia la personalización de los valores y de las conductas correctas, sin limitarse solo al miedo a las sanciones o condicionamientos externos.

Artículo realizado en colaboración con Javier Fiz Pérez, Psicologo, Profesor de Psicología en la Universidad Europea de Roma, delegado para el Desarrollo Cientifico Internacional y responsable del Área de Desarrollo Científico del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP).

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