Perdí a los 27 años a mi marido y dos hijos… así lo superé

Archivo personal de Marta Oriol

“Fue durísimo, entendía a la gente que se quita la vida, se había roto mi vida…”

Con 18 años empiezo a salir con Quique, todo es una historia maravillosa. Y cuando más felices estamos, con unos gemelos de un año y otro bebé a punto de nacer, tenemos un accidente. Estuve 15 días en la UVI luchando por mi vida. Pero perdí a uno de los gemelos, al bebé que estaba esperando y a Quique.

¿Cuándo te enteraste?

En la UCI luchaba pensando en todos los planes que teníamos por delante. Salí emocionada. Yo no sabía nada. Pensé que me estaba esperando en el cuarto. Y bueno… fue muy bonito porque mi madre me había escrito una carta de parte de Quique diciéndome que ya estaba con la Virgen y que se había llevado al enano para cuidarle.

Y empieza el peso de la cruz…

Fue un dolor salvaje. Yo que era superapasionada, que he querido vivir cada minuto a fondo y de repente, no quería vivir. Un tío mío me decía que le recordaba a Job. Así que yo le preguntaba cómo terminaba. Y el final siempre me consolaba porque le da el ciento por uno en esta vida y luego la vida eterna.

Pero fue durísimo. Entendía a la gente que se quita la vida. Se había roto mi vida y tenía 27 años. Prefería tener 80 para palmarla ya e irme con ellos.

¿Cómo era tu relación con Dios tras algo así?

Recuerdo que le dije a mi madre: “No interesa ser su amiga. Me tiro toda la vida haciendo lo que Él quiere y va y me manda esto”. Y ella me contestó: “Haz lo que quieras, pero la única respuesta y consuelo la tienes en Él“.

¿Y podías experimentar que los tuyos estaban vivos?

Fue a partir de la experiencia de sentirlos verdaderamente presentes como pude tener una experiencia y certeza real del cielo. Sentía que Dios me llevaba en brazos literalmente. Sentía a Cristo como mi cireneo. Fueron momentos brutales.

¿Qué pasó para que el dolor dejara paso a un aliento?

Un día me dije –fue una actitud del corazón que me regaló Dios–: “No puedo más, se acabó, que sea lo que Tú quieras”. Y empecé a aceptarlo, a dar gracias por lo que pasó de bonito a raíz del dolor, por la gente que me escribió. Empecé a dar gracias por el marido que había tenido, por los hijos. Y me esforcé en vivir el hoy. Ya era una batalla vivir cada día.

Y la esperanza tuvo nombre y se llama José, ¿verdad?

A los pocos meses del accidente me fui a Asturias con mis suegros. Cuatro meses antes del accidente estaba embarazada y teníamos la boda de mis cuñados allí, estábamos emocionados, pero no pudimos ir porque tuve que guardar reposo. Así que, cuando volví, tuve un momento de rebeldía: “Pero Señor, si te lo ibas a llevar, ¿por qué no me dejaste disfrutar de esto con él, que habría sido su último viaje?”.

Comentándolo luego con mi cuñada me decía que quizá lo mejor es que hubiera un lugar donde no tuviera recuerdos que me hicieran daño, un sitio donde pudiera conocer a gente diferente, un sitio virgen.

No obstante seguía deshecha y así me fui a Tierra Santa con mi familia, que no me apetecía nada, porque pensaba: “¡Y ahora a recorrer el camino de la cruz, como si no tuviera yo bastante!». Pero la verdad es que de ese viaje volví cambiada. Empezó el corazón a funcionar. Ese verano, en Asturias, conocí a José.

¿Cómo se vive un amor tras un duelo tan profundo?

Yo decía que nunca iba olvidar a mi marido. Voy con los anillos que él me regalo aún en la mano. Lo tengo presente, su familia sigue siendo la mía, estoy marcada para siempre. Así que eso le dije a José. Y él me respondió: «Mira, a mí me gustas tú como eres; si no fuera por eso no serías tú, y eso es lo que quiero». Él es un hombre de Dios. Nos casamos donde nos conocimos, en ese lugar en el que tiempo atrás me ayudaron a ver que se trataba de un lugar nuevo para mi, donde poder reposar. Allí había pedido yo a la Virgen de Guía: «Si tú estás aquí para guiarme, guíame. Igual que guías a los marineros, guíame porque estoy en un momento de oscuridad total y absoluta». Y así fue.

Marta Oriol, al cierre de esta edición, tendrá ya en sus brazos a Rocío. Cuatro hermanos la cuidarán en casa. En el cielo, otros tres (la última su hermana Paz, una trilliza que murió al nacer). Ellos serán para la pequeña la presencia certera de que ha nacido para no morir jamás.

Por Rocío Solís
Artículo publicado originalmente por Gaudium Press

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