La extremadamente simple manera de llegar a Dios

Detrás de cada amor a una persona está Él

Me gusta el amor concreto. Hecho de carne y de cielo. De alma que se llena de cuerpo. De cuerpo que se viste de alma. Así es el amor entre los esposos que me habla de una plenitud que aún no poseen. Y viven queriendo detener el tiempo. Y sueñan en brisas de cielo el polvo del presente. Y esperan conteniendo en sus manos las horas ya gastadas. Alimentando el sueño de un anhelo infinito que albergan sus miradas. Y despertando el alma para que se ate a la vida concreta que se lleva el viento.

Quiero aprender a amar en la carne de mi vida. Sin teorías bonitas que expliquen hoy mis límites. Sueño con un amor que no se agote en mi piel. Que rebase mis sueños. Y se eleve en un vuelo constante hacia el cielo. Así es el amor que vivo. El que Jesús vivió en mi misma carne. El que abrazo yo cada mañana. Ese amor palpable que me conduce al cielo.

Decía el padre José Kentenich: “Detrás de cada amor a una persona está Dios; si no somos capaces de amar sanamente tampoco amaremos a Dios; si el amor fuera más natural sería más fácil llegar a Dios; mucha gente no llega a Dios, porque no saben amar ni han experimentado lo que es un auténtico amor.

El amor concreto que Dios me regala. El amor visible a mis ojos. Ese amor de hijo gastado con el tiempo. O el de padre que no sabe bien cómo cuidar la vida que se le confía, en sus manos frágiles. Ese amor de amigo que se derrama en tiempo, sin exigencias torpes. Ese amor de hombre que pasea por el alma, y asciende hasta el cielo. El amor de madre que se da por entero.

Sé que si no amo a quien veo es difícil que ame a Dios cada mañana. Necesito aprender a amar sin cortapisas. Sin frenos. Sin miedos. Sin reparos. Amar en la vida que se me confía. Y cuidar en mis manos lo más sagrado oculto en el alma que se me abre. Con respeto infinito.

Quiero amar con mis manos y mis gestos tan torpes. Pero amar de forma sana. Sin retener. Sin imponer. Sin vivir exigiendo. Sin celos ni envidias. Sin quejas ni reproches. Quiero que mi amor humano, como un lazo invisible, me lleve a lo más hondo del corazón de Dios. Allí donde descansen mis brazos ya gastados. Y mis pies destrozados de tanto caminar. Y mi alma tan rota que yo apenas valoro, herida por la vida, cansada de luchar.

Me gusta lo que escribe José Luis Martín Descalzo: “He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque este es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte.

Quiero vivir en la tierra lo que será pleno en el cielo. No vivir la amargura soñando con ternuras que me promete Dios. Quiero amar en la tierra, sin despreciar lo humano. Sabiendo que aquí es sólo barro que pasa, polvo que se lleva el viento. Lo caduco me enseña que la vida es presente. No se juega en futuros que apenas yo conozco. No se basa en pasados que quedan olvidados. Lo pasado es pisado. El presente es lo que vale. Aquí y ahora.

Mark Twain escribe: “La vida es corta. Rompe las reglas, perdona rápido, besa lento, ama de verdad, ríete sin control y nunca dejes de sonreír, por más extraño que sea el motivo. Puede que la vida no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos aquí: bailemos”.

Vivir el hoy poniendo toda el alma. Quiero vivir ese amor con el que Dios me ha amado. Claro que soy feliz. Pero amo sólo porque a mí me han amado. Y soy capaz de dar lo que yo he recibido. Por eso a veces hiero, cuando a mí me han herido. Y guardo reteniendo, por miedo a no tener lo que he vivido.

Me gustaría tocar el amor de hoy. El que a mí me regalan. Y darlo todo ahora sin guardar para luego. Sin temer no tener cuando llegue el silencio. La soledad que ahoga. O las noches más frías. Quiero amar en concreto. Perdonar al que me ofende. Aceptar al que no quiero. Mirar al olvidado. Acompañar al que ha perdido. Besar al que me rechaza. Mirar al que no me mira.

Quiero dar cuando no me han dado. Y no escatimar cuando alguien me pide.

Busco antes mi bien que el de los que me quieren. Y ese no es el camino. No quiero ser yo el obstáculo que no deje llegar el amor de Dios a otros. A través de mis manos pobres, rotas, heridas. Soy creador de esperanzas que Dios siembra en mi alma. Mi amor concreto ayuda a hacer presente a Jesús. De mí depende. De mi sí confiado. De mi sí abierto. Para eso tengo que dejar que Jesús reine en mí. Sea Él el centro.

El otro día leía: “Dios busca reinar en el centro más íntimo de las personas, en ese núcleo interior donde se decide su manera de sentir, de pensar y de comportarse. Jesús lo ve así: nunca nacerá un mundo más humano si no cambia el corazón de las personas; en ninguna parte se construirá la vida tal como Dios la quiere si las personas no cambian desde dentro”.

Para amar como Dios quiere que ame necesito cambiar por dentro. Para amar en lo concreto. Que Cristo ame en mi alma. En el mismo centro. En lo humano que se me regala. Ese amor concreto es el que me falta a veces. Me encuentro huérfano y vacío. Hiero al ser herido. Me quejo al perder. Quiero amar más de lo que amo. Dar más de lo que entrego. 

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