¿Tienes claro para qué te casaste?

Entre otras cosas te casaste para compartir la dicha de tu vida con alguien más

¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase?: “De haber sabido que esto es el matrimonio ¡ni le entro!”. Y es que, claro, este puede ser el mismísimo infierno o bien, el paraíso, de acuerdo a cómo estemos eligiendo vivirlo. Y no es cuestión de suerte, sino de saber “ser obedientes”. Te lo explico ahora…

“¿Para qué?” significa tener un fin. Para llegar a ese fin, hay que tener una guía o direcciones a seguir. Por ejemplo, si compramos una lavadora, esta viene con un instructivo claro y bien explicado de cómo usarla. Nos dice que para echarla a andar utilicemos una buena conexión al enchufe de cierta potencia que aguante los voltios de energía que la máquina requiere y que para lavar la ropa pongamos dentro de ella agua y jabón.

Si seguimos cabalmente los pasos sabremos cuál es el resultado final. Pero, qué pasa si utilizamos una conexión no óptima y en vez de agua le ponemos aceite. Total, cualquier conexión a un enchufe genera corriente eléctrica y el agua y el aceite, ambos son líquidos y deben hacer el mismo efecto de limpieza. ¿Qué pasará? Que la máquina tronará casi de inmediato y de la ropa ni hablar.

Esto aplica también al matrimonio. Dios lo instituyó con un plan y nos dejó instrucciones bien claras de cómo vivirlo. Justo a esto me refiero cuando hablo de “ser obedientes” al plan de Dios. Muchos matrimonios no funcionan porque siguen todos los planes -el de las telenovelas, el que ven en las películas, el que el mundo les ofrece,…- menos el de aquel que instituyó el matrimonio.

El matrimonio fue creado por Dios, por lo tanto, la patente es de Él y el ser humano no puede cambiarlo. Es una alianza de tres personas en el amor (Sancho no está incluido, ¿eh?) donde intervienen un hombre, una mujer y Cristo.

Hoy hay tantos fracasos matrimoniales porque muchas parejas han elegido sacar a Cristo como centro de su relación y en su lugar han puesto a otros “dioses”. Viven su propio plan matrimonial desobedeciendo el de Dios.

Es muy necesario que tengan claro para qué se casaron, que conozcan cuál es el plan de Dios para su matrimonio y lo sigan con la certeza de que no están solos en esta gran aventura. Ambos cuentan con los recursos -gracias sobrenaturales-  para lograr este santo objetivo.

¿Cuál es el Plan de Dios para el matrimonio?

1. Unión. Hay que amarnos como Dios ama de manera libre, total, fiel y fructuosa. Siendo un regalo de amor mutuo, podremos recibir las gracias que Dios tiene dispuestas para nuestro matrimonio. Si no tengo claro este fin, entonces me centraré egoístamente en mis placeres, gustos y realización personal, olvidándome de que soy el medio y el camino para que mi cónyuge llegue a Dios.

Estos cuatro atributos que deben estar presentes a la hora de dar nuestro sí en el altar y así hacernos merecedores de toda la gracia sacramental.

Amando y aceptando a nuestro cónyuge con estas cualidades semejamos nuestro amor y entrega a la de Cristo por cada uno de nosotros. Además, cada vez que tenemos intimidad sexual renovamos nuestras promesas nupciales y volvemos a decirnos “sí, quiero amarte de manera libre, total, fiel y fructuosa”.

LIBRE: Jesús nos amó porque así lo quiso, sin condiciones. Él mismo dijo: “Nadie me quita mi vida, la entrego libremente”.  Así debe amarse la pareja, libre y no coaccionados.

TOTAL: Jesús nos amó, nos ama y nos amará las 24 horas del día los 7 días de la semana. Así también nos ama la Santísima Trinidad, siempre, eternamente. Jamás se ha sabido que el Hijo le diga al Padre: “dame un descanso porque estos hijos tuyos ya me tienen cansado…”. Las tres personas nos aman de manera incondicional. Así debe ser mi entrega hacia mi cónyuge: total, absoluta, y esta ofrenda incluye mi fertilidad.

FIEL: Jesús nos amó hasta la muerte de Cruz. Nos dijo que nunca nos iba dejar y que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Fue siempre fiel a sus promesas de salvación. Por lo tanto, yo me entrego a ti -mi cónyuge- y solo a ti.

FRUCTÍFERO: “Hemos venido para que ustedes tengan vida y la tengan en abundancia”. Por medio del acto sexual nos entregamos por completo y estamos abiertos a la vida.

2. Ayuda mutua. Cuando uno cae en la cuenta de que el cónyuge posee todo en sí para que yo sea una persona feliz y santa, cuando reconozco que tiene la capacidad de satisfacer todas mis necesidades y que puede ayudarme a llegar al cielo, ¡caramba!, mínimo le cuido. Mi cónyuge es ministro sacramental. Es decir, ese panzoncito, esa mujercita que hoy ya no tiene una figura escultural, es mi Cristo en mi matrimonio. Es mi vehículo para alcanzar mi santidad y viceversa.

3. Procreación. En cada relación íntima que esté abierta a la vida, Dios se hace presente. La máxima prueba de amor que le puedo dar a mi cónyuge es la entrega total de mi persona, sin poner en medio de nosotros nada que nos desuna. Si no tengo claro esto, entonces usaré a mi cónyuge, buscando como fin solo mi placer, en vez de verle como un regalo y un medio de unión para que Dios derrame todas sus gracias a través de ese perfecto acto unitivo. “Hacer el amor” con mi cónyuge de una manera santa es hacer oración a Dios porque por medio de nuestro acto nos elevamos para llegar a Él. Así de sagrado es el acto sexual.

Si de verdad queremos vivir un matrimonio redimido necesitamos regresar a vivir el Plan original de Dios donde Cristo sea el centro de él. Necesitamos decir no a cualquier “manzana” -o tentación- como la lujuria, vanidad, egoísmo, etc. que se nos presente en la vida y que pueda interferir en nuestra entrega y santidad.

Hay que estar decididos a querer vivir el Edén (que significa puro y natural; deleite y paraíso) en nuestra relación siendo un verdadero regalo de amor mutuo.

Al contrario de lo que muchos piensan, no nos casamos para que nos hagan felices, sino para compartir la dicha de nuestra vida con ese que Dios tenía pensado para cada uno de nosotros desde la eternidad.

Tampoco nos casamos para que nos cumplan caprichos, nos llenen nuestros vacíos y necesidades. Uno se casa para hacer feliz a alguien más, para santificarle y ayudarle a llegar al cielo.

Así es, desde que tú estabas en la mente de Dios pensó justo en ti para esa persona que hoy es tu cónyuge. El día que se casaron, lo puso en tus manos, te confió a esa maravillosa alma para que se la entregues en el cielo aún mejor de como Él te la está confiando. Aquí está la respuesta de para qué te casaste: para ayudar a tu cónyuge a llegar a Dios.

Hoy te invito a que le contemples y redescubras las maravillas de Dios en ese ser. Pregúntate: ¿qué hice para merecer que una persona como ella me amara? ¿No crees que es un privilegio que de entre millones de personas te eligiera precisamente a ti para compartir su vida?

Claro que es posible realizar plenamente el proyecto de Dios sobre nuestro matrimonio. Si vivimos de verdad el Evangelio, sabremos cómo hacernos partícipes de su gracia.


Por Luz Ivonne Ream, 
Coach Ontológico/Matrimonio/Divorcio Certificado. Especialista Certificado en Recuperación de Duelos. Orientadora Matrimonial y Familiar.

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