La pobre pastora que sostuvo entre sus brazos a la moribunda Teresa de Ávila

La gran Doctora de la Iglesia iba acompañada de una campesina muy humilde… y muy santa.

En el siglo XVI, la Iglesia tenía problemas. Acosada desde fuera por la Reforma protestante y desde dentro por sacerdotes y religiosos mediocres, la Iglesia necesitaba héroes, santos brillantes y elocuentes de la Reforma católica, como Ignacio de Loyola y Francisco de Sales. Necesitaba de la noble, brillante y honesta Teresa de Ávila.

También necesitaba de Ana de San Bartolomé, común, corriente y sin educación.

Séptima hija de una familia campesina muy devota, Ana (1549-1626) pasó su infancia como pastora y quedó huérfana a los 10 años. Desde ese momento, sus hermanos empezaron a mirar por el futuro de la afligida niña, discutiendo cómo prepararían un matrimonio para ella. Pero Ana quería ser una esposa de Cristo. Considerando sus opciones, pensó que quizás podría convencerse de casarse con un hombre que fuera justo, muy prudente y muy guapo. Con los primeros albores de esta decisión, Jesús mismo se le apareció diciendo: “Yo soy a quien amas y con quien debes casarte”.

Desde aquel momento nada pudo persuadir a Ana para que aceptara a otro esposo, y eso que los obstáculos que le surgieron a veces parecían insuperables. Los hermanos de Ana no estaban muy entusiasmados con su deseo de ser monja. Estaban convencidos de que no perseveraría en la vida religiosa y que al marcharse traería vergüenza a la familia, así que hicieron lo posible por presentarle a un hombre bien casadero. Ana, por su parte, se vestía con harapos y se negaba a hablar con los hombres interesados en ella.

Cuando el Señor por fin se apareció a Ana en sueños y la condujo a las carmelitas, a las monjas de santa Teresa de Ávila (que seguía viva), Ana no cabía en sí de júbilo, pero la rechazaron por ser demasiado joven. Después de aquello, la resistencia de sus hermanos aumentó; la hicieron trabajar en el campo con los hombres contratados y le daban el doble del trabajo de los hombres para quebrar su voluntad. A pesar de las tentaciones de pecar que la acosaban, Ana sintió la fortaleza del Señor para soportar las pruebas que se le presentaban.

Pero el diablo no estaba contento con esas tentaciones y, una noche, Ana se encontró cara a cara con un demonio. Aunque invocó la ayuda de la Santa Trinidad y fue protegida, el terror fue tal que cayó gravemente enferma. A medida que avanzaba su enfermedad, su familia creció en preocupación y finalmente la llevaron al santuario de San Bartolomé, donde fue sanada.

La oposición familiar entonces cambió de rumbo; se mostraron felices de dejarle convertirse en monja, decían, pero ¿por qué tan lejos? Seguramente podría entrar en un convento cercano donde podría salir para ver a su familia de vez en cuando. Cuando Ana permaneció firme a su compromiso para seguir la voluntad de Dios para el Carmelo, uno de sus hermanos se enfureció tanto que desenvainó su espada para matarla. Después de que una de sus hermanas lo detuviera, la familia se dio cuenta de que su hostilidad hacia la vocación de Ana era antinatural (diabólica, diría Ana) y finalmente le permitieron unirse a Teresa de Jesús y las otras carmelitas descalzas; tenía 21 años.

Ana entró como laica (el camino de los pobres y no educados que eran llamados a trabajar, en oposición a las monjas de coro más aristocráticas que cantaban el oficio divino), pero santa Teresa misma le tenía mucho cariño. Teresa ordenó a Ana que aprendiera a leer y escribir, la nombró su secretaria  y la llevó consigo en todos los viajes que hizo a diferentes conventos durante los últimos cinco años de la vida de Teresa. La gran Doctora de la Iglesia, en honor de quien recibieron sus nombres santa Teresa de Lisieux y Madre Teresa de Calcuta, falleció en los brazos de una pobre pastora que había sido analfabeta hasta pasados los veinte años.

No es sorpresa que estos tejemanejes despertaran la envidia y los recelos de otras hermanas, en especial cuando (después de la muerte de Teresa) se pidió a Ana que se convirtiera en monja de coro para poder ser una priora. A pesar de la reticencia de otras hermanas y de la suya propia, Ana fue obediente, confió en la voluntad de sus superioras y la profecía que dio a conocer años antes Teresa de que pasaría precisamente eso. No obstante, comentó al Señor que su ascenso a este puesto era injusto, ya que ella era débil como una paja. En un sueño, Jesús le respondió: “Con paja enciendo yo mi fuego”.

Ana pasó el resto de su vida trabajando para encender los corazones por Jesús como priora de varios conventos y como escritora espiritual y poeta, pero nunca olvidó sus humildes orígenes ni se creyó demasiado digna como para trabajar duro. A través de la fidelidad de Ana, la obra de santa Teresa de Ávila se extendió por toda Europa y, por fin, a todo el mundo.

El 7 de junio, fiesta de la beata Ana de San Bartolomé, pidamos su intercesión por las personas cuyas familias se oponen a sus vocaciones y por aquellos cuyo trabajo parece más de lo que pueden abordar. Beata Ana de San Bartolomé, ¡reza por nosotros!

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