Cómo volver a vibrar y evitar que la rutina te carcoma

Quiero abrirme a la sorpresa de cada mañana

A veces me da miedo repetirme. Hacer y decir siempre lo mismo. Vivir siempre igual por miedo a los cambios. Me asusta acostumbrarme a un mismo camino y temer cambiarlo. Por si es peor. Por si pierdo algo. Sé que lo que de verdad tiene que cambiar en mí es la mirada, la actitud con la que enfrento cada nuevo día. La mirada y la actitud lo cambian todo.

El sol sale igual cada mañana. No cambia su rutina diaria. Pero sale de forma distinta para el ojo que se asombra, con cada amanecer, con cada puesta de sol. Todo lo cambia el corazón. Porque para mí cada día es distinto, aunque tenga el mismo sol. Y cada camino es nuevo, aunque ya esté hollado. Porque yo no soy el mismo que el día anterior.

Corro el riesgo de hacer de la rutina mi cárcel, mi casa cerrada por miedo a la vida. Temo convertirme en un funcionario de la vida, que despacha asuntos, y pone sellos a la vida que pasa entre sus dedos. No quiero vivir así cada día.

Quiero volver a encenderme con los ideales de siempre. Volver a vibrar. Volver a amar. Quiero que un fuego abrasador queme mi alma fría en la fuerza del Espíritu. Quiero volver a arder por ideales nuevos que saquen de la sequedad a los que ya están viejos.

Quiero tener un corazón de niño que absorba lo nuevo con sorpresa y asombro. Cada noche, cada mañana. Un corazón de niño como el que tuve ayer. Un corazón puro, lleno de sol y estrellas. Un corazón grande que no se canse de amar, y siempre haga todo nuevo. Quiero una mirada inocente y pura, una mirada de niño. Esa mirada que asombra al mundo:

Se quedan fascinados por la manera de ser tan simple y la mirada mansa de un niño pequeño. Algo misterioso. Volvamos a recordar entonces que el niño es una señal original de Dios”. Una sonrisa abierta y franca. Esa timidez del niño que no sabe bien cómo seguir el camino.

Con esa mirada es posible hacer nuevo lo viejo, y renovarse uno en la entrega cada mañana. Con esa mirada puedo acoger a Dios como una novedad cada etapa del camino.

Leía el otro día: “Para acoger a Dios, lo importante no es evitar contactos externos que nos puedan contaminar, sino vivir con un corazón limpio y bueno”.

Quiero mirar como un niño, acoger como un niño. Sin prejuicios, sin rechazar al diferente. Sin miedo a lo que viene de fuera. Sin temer contaminarme. Con esa confianza ciega que tienen los niños en los brazos que le aseguran el descanso. Quiero ser un niño audaz que no tema arriesgarse a vivir cosas que nunca antes ha vivido.

A veces tengo miedo, como los discípulos, y me encierro en una casa con las puertas cerradas. Me da miedo el mundo y veo fantasmas por todas partes. A mí a veces la noche que encierra mil peligros me hace encerrarme. Me muestro miedoso y me asusta lo que no conozco. Imagino peligros que no existen.

No quiero perder lo que me da la vida. Necesito esa valentía que venga de lo alto. Para no temer por mí, ni por otros. Para confiar más como los niños. Quiero darle a Dios mi sí confiado, mi sí filial.

Decía el padre José Kentenich: “Quien pronuncie el sí filial será siempre rico en Dios, aunque sea pobre como un mendigo”. Mi sí abre el corazón de Dios. Y me vuelve rico. Porque me lleno de su presencia. Calmo mi sed. Calmo mis ansias de Dios.

Es por eso que quiero recibir un agua de lo alto que acabe con la sequedad de mi alma: “Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas e infunde calor de vida en el hielo. Doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero”.

Mi alma seca tiene sed, está enferma y fría. Necesito un agua nueva que me calme por dentro. Un agua que acabe con la sequedad y la dureza. Y logre que se enderece en mí lo torcido. Y se vuelva flexible lo rígido. Porque no quiero acabar viviendo mi sacerdocio con rigidez.

Quiero un aliento que me lleve por donde no quiero ir. Que renueve mis pasos dubitativos y llenos de miedo. Que me anime a ser valiente en la oscuridad de la noche. Que me ayude a dejar de lado mis manías de siempre. Quiero abrirme a la sorpresa de cada mañana. Soñar imposibles. Recorrer caminos impensables.

Quiero ascender más arriba, allí donde yo no veo. Esas cumbres que mis ojos no vislumbran. Para que el camino de siempre, siempre sea nuevo. Para que no me aburra de surcar siempre los mismos mares. Para que no encuentre hastío en la repetición de gestos. Y haga todo con un corazón nuevo.

Como los niños que no se cansan nunca de ver la misma película, aunque sepan de memoria los diálogos. Y repiten los juegos que les causan alegría, siempre los mismos. En esta época en la que sólo se admira el cambio, lo nuevo, el estreno, la novedad.

Me impresiona que el Espíritu Santo todo lo haga nuevo. Logre renovar mi corazón enfermo y consiga que mi alma mire con pureza, con la inocencia de los niños, todo lo que Dios pone ante mis ojos.

Quiero ser más niño y para eso le pido a Dios que ablande mi corazón en la fuerza de su Espíritu. Que me haga desear esa presencia que todo lo hace nuevo. Lo viejo se hace joven. Lo pasado cobra vida. Es Jesús en su Espíritu que me renueva.

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