Mi pareja murió. ¿Podré volver a enamorarme otra vez?

Sin importar la edad, la inclinación natural al matrimonio sigue el itinerario del amor.

En el consultorio, quien solicitaba orientación sobre los ajustes a su vida familiar a propósito de haber vuelto a enamorarse y su decisión de contraer matrimonio, nos cuenta:

Enviude después de quince años de casada y honestamente descarte la idea de volver a casarme. Pensaba que el verdadero amor llegaba una sola vez en la vida y estaba decidida a ser fiel al recuerdo de mi fallecido esposo. Sumaba a ese razonamiento que tenía, además, mis hijos, una vida profesional hecha, mas que mis años de lozanía se alejaban y con ellos esa maravillosa y natural atracción.

Un día me sorprendí arreglándome más que de costumbre para ir al desayuno semanal con mis amigas en el típico restaurant. Un ambiente en el que se puede distinguir quiénes van de sociales, quiénes de negocios y quién simplemente va por el desayuno en solitario con una revista o un libro; como aquel personaje de amable sonrisa que habitualmente desayunaba en el lugar y que de vez en vez, muy discretamente me observaba, cosa que difícilmente pasa desapercibida a una mujer.

Un poco mayor que yo, quizá; bien parecido, de edad madura bien plantada. Por su forma de mirarme seguramente soltero, quizá divorciado… quizá viudo. Y lo que no imaginaba, teníamos un mutuo amigo y sabía de mí.

Alguna vez esperando turno en la caja, cruzamos amables palabras y me encontré  con esa mirada serena y trasparente, tan parecida a la del ser que me perteneció. Luego nuestro mutuo amigo nos presentó y a su vez me contó de él: se encontraba trabajando temporalmente en la ciudad, y como yo, era viudo con hijos adolescentes.

De pronto me esforcé en adelgazar y recuperar una cierta figura, cuidar mi ropa, mi peinado, mi perfume, hasta empecé a hacer ejercicio. Mis amigas me decían que me veían rejuvenecida… y eso que no escuchaban ciertos latidos en mi corazón.

Después de varias coincidencias y breves charlas nos hicimos amigos y me invito a salir, lo que acepte con la idea de lograr solo una buena amistad… pero no fue así.

En cierto tiempo me propuso noviazgo, y acepte dándome cuenta de que la inclinación a buscar la unión a mi edad, y aun en condición de viudez seguía estando en mi naturaleza personal, y que contenía unos dinamismos a los que ya no quise sustraerme. Me sentía atraída.

Al momento de formalizar nuestro noviazgo hablamos de nuestros anteriores matrimonios, de nuestros amores cortados de tajo por el destino, de la certeza de que la pureza de un nuevo amor no podría ofender su recuerdo, ni su realidad plasmada indeleble en nuestra historia personal.

Y comenzamos a vivir los dinamismos propios del enamorarse, como siguiendo un itinerario.

El impulso a estar juntos, muy cerca uno del otro. La persona no se enamora porque simplemente lo quiera, sino que la enamora ese algo dado por otro que conmueve su naturaleza entera. Son nuestros sentidos los que son impactados sin que uno haga nada, para dejar luego latir fuertemente el corazón sin pensar demasiado, compartiendo así un mundo de íntimos y entrañables afectos y sentimientos como revelación del mutuo ser varón y mujer. Y nos descubrimos anhelando juntos la intimidad del suave beso, el tierno abrazo, la delicada caricia.

Intimidad solo y exclusivamente nuestra. Una intimidad por la que ambos deseamos intensamente afirmar desde lo más íntimo de nuestro corazón: “te amo solo a ti por sobre todo”. Un mundo íntimo donde nadie más puede participar.

Que no se pase nunca. Recordaba muy bien ese debut inédito de mis sentimientos como una historia pasada de amaneceres nublados o atardeceres dorados; de flores humedecidas con cristales de lluvia, de estrellas luminosas… de todo lo que los humanos vemos en las cosas por las que las amamos, aunque que en si no tengan la capacidad de correspondernos, pero en cuyo bien y belleza damos forma y lenguaje a nuestros sentimientos. Pensaba que tales vivencias por profundamente novedosas ya no las podría volver a experimentar… pero no fue así. Los dos volvimos a vivirlas y a desear que los momentos no pasaran nunca, y saber encontrarlos entre los vaivenes de la vida preservando el “para siempre” de nuestro amor.

Darse y acogerse. El amor colma de ilusión, ilumina la razón y da fuerza al corazón en ese darse y acogerse, descubriendo matices al concebir nuevos modos de ser el mejor que uno lleva adentro para el amado. Buscando en mil detalles cómo manifestar ese gran deseo de ser el mejor regalo, integrando nuestro amor trasformando la concupiscencia en benevolencia como forma de ser entre nosotros.

El impulso a la vida. Pasados los cuarenta años nos sentimos plenamente capaces de renovar y vivificar cuanto nos rodea, con la energía brotada de una fuente intima de vida distinta a cualquier otro motivo para amar la existencia, descubriendo lo nuevo en lo viejo con una luz más viva.

Hemos hablado de matrimonio.

Todas las dinámicas de la inclinación natural a la unión, no son aun la obra humana a la que invitan, y más allá de ellas, solo la persona es la que puede comprometer su naturaleza en ser unión amorosa. No es la naturaleza la que, de suyo, puede comprometer a nuestra persona en su ser, sino un expreso consentimiento de ello, de la persona “en persona”.

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