“Prodigio celestial” y otros piropos de grandes santos a la Virgen María

Recogidas por san Juan Eudes, reflejan el amor apasionado que la Madre de Jesús ha suscitado a lo largo de la historia

En el siglo XVII vivió en Francia un sacerdote calificado por san Pío X como “el apóstol de la devoción a los Sagrados Corazones”. Se llamaba san Juan Eudes, y en su libro El Corazón Admirable de María recoge palabras que diversos santos dedicaron a la Virgen María encendidos por un amor apasionado:

San Ignacio mártir la llama: Prodigio celestial, espectáculo sacratísimo, digno de los ojos de Dios y de la admiración de hombres y de ángeles.

San Germán, patriarca de Constantinopla, le habla en los siguientes términos: En ti todo es grande, oh Madre de Dios, todo admirable. Tus maravillas sobrepasan todo lo que es posible decir y pensar.

Escucha a san Juan Crisóstomo que proclama, con fuerte voz, que esta divina María, ha sido siempre y eternamente será Milagro grande.

Y san Epifanio nos anuncia que ella es Misterio milagroso del cielo y de la tierra y prodigioso milagro. Y añade; Oh Virgen sacratísima, pusiste en éxtasis todos los ejércitos de los ángeles porque contemplar en el cielo una mujer revestida del sol es prodigio que sumerge en arrobamiento a todos los habitantes del cielo; contemplar en la tierra a una mujer que lleva un sol en sus brazos, es maravilla que debe asombrar todo el universo.

Oye también a Basilio, obispo de Seleucia, que así se expresa: Se ha visto en la tierra un prodigio sin igual: un hijo que es el padre de su madre y un hijo que es infinitamente más antiguo que la madre que lo engendró.

Oigo a san Juan Damasceno que nos dice que la madre del Salvador es el milagro de los milagros, tesoro y fuente de los milagros, abismo de portentos, que el divino poder hizo obras grandiosas antes de la bienaventurada Virgen, pero que era apenas minúsculos ensayos, si es dable decirlo, solo preparaciones para llegar al milagro de los milagros que hizo en esta divina María; era preciso pasar por todos estos prodigios para llegar a la maravilla de las maravillas.

Finalmente, Andrés, obispo de Candia, nos asegura que después de Dios, ella es la fuente de todas las maravillas que se han obrado en el universo; que Dios ha hecho en ella tan grandes prodigios, y en tantísimo número, que solo él es capaz de conocerlos perfectamente y de alabarlos dignamente.

Entre todas esas maravillas hay una que las sobrepasa a todas: es el Corazón incomparable de esta gran reina; es lo más admirable que hay en ella: mundo de maravillas, océano de prodigios, abismo de milagros, principio y fuente de todo lo excepcional y extraordinario que hay en esta gloriosa princesa. Toda la gloria de la hija del rey está en su interior (Sal 44, 14).

Pues por la humildad, la pureza y el amor de su santísimo Corazón llegó a la sublime dignidad de Madre de Dios y se hizo digna por consiguiente de todas las gracias, favores y privilegios de que Dios la colmó en la tierra; y de todas las glorias, felicidades y grandezas de que la colmó en el cielo; y de todo lo grande y maravilloso que obró y obrará eternamente en ella y por ella.
Tomado del libro El Corazón Admirable de María, de san Juan Eudes, Libro I, Cap. 1. y publicado por Catholic.net

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