Daniel Day-Lewis se retira para vivir en primera persona

La especulación sobre los motivos de su retirada está servida

Ha pasado mucho tiempo desde que conocimos a Daniel Day-Lewis. De ser un completo desconocido para muchos, se plantó en Los Ángeles y ganó un Oscar por su interpretación en Mi pie izquierdo (1989), de Jim Sheridan, donde bordaba el papel de un paralítico.

Es verdad que anteriormente había aparecido en otros filmes importantes que vimos luego, porque nos pillaron demasiado jóvenes e ignorantes: junto a Helena Bonham Carter, protagonizó Una habitación con vistas (1985), de James Ivory, basada en la novela de E.M. Forster; y ese mismo año, interpretó a un punky homosexual enamorado de un pakistaní en Mi hermosa lavandería, de Stephen Frears, una de las primeras odas gay de los ochenta junto a Compañeros inseparables (1989), mucho antes de que se sucedieran Los amigos de Peter (1992), Philadelphia (1993) y Brokeback Mountain (2005).

Los mejores personajes de Day-Lewis han sido siempre trapecistas de frontera, hombres que sufrían por su condición o por sus elecciones y que por ello se transformaban en puro e intenso drama. Eso mismo sucedía en películas como En el nombre del padre (1993), donde, también de la mano de Jim Sheridan, se transmutaba en terrorista irlandés y preso, papel por el que también fue nominado. O, en Gangs of New York (2002), donde la metamorfosis lo llevaba a un mafioso bastante psicopatón que eclipsaba sin remedio a la presunta estrella del largometraje, el rubito di Caprio.

Después de esto volvió a ser condecorado por la academia por partida doble, convirtiéndose en el único hombre que ha ganado tres veces como mejor actor principal. Primero lo premiaron por Pozos de ambición (2007), de Paul-Thomas Anderson, director de la inolvidable Magnolia (1999) y de la celebrada Boogie Nights (1997). En ella le prestaba existencia a un magnate del petróleo hecho a sí mismo y sin ningún tipo de escrúpulos, que construía su imperio sobre el crimen.

Tras esto, y después de años de súplicas de Spielberg, accedió a darle vida a un Lincoln (2012) que, encorvado y depresivo, se convirtió en su última estatuilla.

Con 60 años Daniel, Day-Lewis es uno de los actores de más prestigio en la actualidad. Pese a sus logros y a su trabajo con muchos de los mejores directores del mundo anglosajón, su secreto parece residir, sin embargo, en su método interpretativo, delirantemente obsesivo, que le hace sumergirse de tal modo en sus papeles que muchas veces tiene dificultades para distinguir lo que es real de lo que es ficción.

Prepara sus papeles con una meticulosidad que roza la excentricidad. Paul Dano, por ejemplo, compañero de reparto en Pozos de ambición, cuenta que Day-Lewis nunca le habló durante el rodaje, porque no quería empatizar con alguien a quien tenía que odiar en la ficción.

Este modo tan intenso de volcarse en sus roles ha requerido de él que sea muy selectivo a la hora de escoger guiones. Su grado de implicación en los personajes que encarna no solo le exige una dedicación absoluta, sino que lo deja exhausto. Por eso ha interrumpido su contacto profesional con el cine durante largas temporadas.

Quizás es por esta misma razón por la que su representante acaba de anunciar que se retira para siempre, a la espera de estrenar su última película, con Paul-Thomas Anderson, titulada Phantom Thread (2017), que, quién sabe, podría llevarlo a la eternidad con una cuarta estatuilla de oro.

Como algunos recuerdan, ya en 1999, siendo cuarentón, dijo que se retiraba a Florencia a aprender el oficio de zapatero. Después volvió para triunfar todavía más. Esta vez dice que deja la profesión por razones personales que no quiere compartir. La especulación está servida. Algunos pensarán en alguna misteriosa y cruel enfermedad como la que llevó a Robin Williams al suicidio en 2014. Otros preferirán pensar que quiere el tiempo que le quede para ser él mismo, sin interrupciones. La felicidad, al fin y al cabo, es difícilmente compatible con el fingimiento, y menos cuando juegas continuamente a ser alguien atormentado y roto por la existencia.

Por nuestra parte, si finalmente hace un definitivo mutis por el foro, nuestro más sentido chapeau y, como dice Truman al salir de su reality show: “por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches”. Si no puede soportar vivir al margen de su vocación, aquí estamos, esperando que ponga de nuevo nuestro corazón al borde del infarto.

Por el momento, no nos perdemos en diciembre el estreno de su testamento fílmico, Phantom Thread. Si quería promocionarla, lo ha conseguido.

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