¿Por qué vivo con tanta preocupación? ¿Cómo evitarlo?

Me gustaría tener el don en el alma para darle el valor verdadero a las cosas…

No quiero temer a los hombres. Porque no pueden hacer que valga menos. Porque no pueden tapar mi verdad. Ni detrás de sus mentiras. Ni detrás de medias verdades. Y yo a veces vivo tan preocupado…

Jesús me dice que mi vida está segura en sus manos. Eso me consuela, me da paz. Mi vida vale mucho a sus ojos. Mis cabellos están contados. Valgo más que los gorriones. Para Dios valgo mucho más.

Decía el padre José Kentenich: “¿Qué hay que despreciar? Lo que el mundo honra, lo que, a los ojos del mundo, constituye un bien valiosísimo. Esta tarea de descubrir con una nueva luz el valor real de las cosas es similar a lo que le pasa a un hombre que va por el bosque en una noche sin luna. De pronto tropieza con una bolsa que, por el ruido que ha producido, le parece que está llena de piedras preciosas. Pero al encender una vela, halla que sólo contiene cuentas de cristal. Nuestros afectos se orientan hacia los verdaderos valores pero, para que se mantengan en su propósito y alcancen su meta, necesitan del auxilio del Espíritu”.

Necesito el Espíritu Santo que me muestre el verdadero valor de las cosas en mi vida. A veces me angustio por lo no importante. Quiero sólo lo que los otros quieren. Deseo lo que muchos desean. Sueño con ese logro importante. Con esa meta tan atractiva. Me convencen los otros del valor de lo que persigo. Así seré más feliz, eso me dicen.

Pero luego veo que eso que me quita el sueño al final no es tan importante. No es eterno, es sólo pasajero. No calma mi hambre de Dios. No sacia mi sed infinita.

Y yo he perdido tantas fuerzas persiguiendo quimeras, sueños imposibles… He puesto mi corazón en el lugar equivocado.

Mis cabellos están contados. ¿Por qué vivo tan preocupado entonces? Porque no me fío de Dios. No confío en sus formas, en sus planes, en sus caminos. Creo sólo en los míos. Estoy apegado a la tierra y a sus bienes atractivos. Mi corazón desea lo mismo que los hombres desean. La moda se impone en mi alma.

Yo también quiero lo que otros persiguen. Yo también busco lo que para otros parece importante. Me dejo llevar. Me masifico. Me influyen mucho los juicios humanos. Me gustaría tener el don en el alma para darle el valor verdadero a las cosas. El valor que tienen. No otro valor.

Leía el otro día sobre un sacerdote que había estado encarcelado injustamente mucho tiempo: “El mundo y la vida humana en la tierra pierden su carácter absoluto. Se vuelven insignificantes para mí en relación a la presencia de Dios. El mundo pasa a segundo lugar. A la luz de lo divino el mundo es el ámbito en el que nos encontramos pasajeramente. Aprendí a conocer el valor de la muerte, la renuncia y la pérdida material. Pude experimentar que las privaciones y la impotencia no son las peores cosas que hay en el mundo. Se me hizo presente el significado de la cruz. Sólo aquellos que están realmente vacíos pueden reconocer la presencia de Dios”.

Mi caminar por estar tierra no tiene un valor absoluto. Es relativo. Porque estoy hecho para la eternidad. Y aquí en mis pasos humanos las cosas tienen sólo un valor relativo. Son importantes, pero no definitivas. Puedo tener éxitos y fracasos. Ganancias y pérdidas. No son absolutos.

Lo que me sucede, aunque sea una cruz pesada, no será lo peor que me pueda ocurrir. Siempre hay un nuevo camino que se me abre cuando uno se cierra. Siempre puedo encontrar otro oasis cuando parece que no hay agua. No tengo que conformarme con lo que poseo. Ni tengo que vivir buscando de forma obsesiva lo que aún no me llega.

Quiero caminar más lejos confiando. Cojo los tesoros que encuentro a mi paso. Los tomo en lo que valen. Los aprecio y sé vivir también sin ellos. Sin agobios y sin miedos. Porque he aprendido a descansar en el corazón de Dios. Anclado en su amor infinito. Seguro en la paz que recibo cuando aprendo a guardar silencio a su lado.

Porque va conmigo. Cada día. No quiero temer a los que pueden juzgarme sólo por fuera. No tengo que temer a los que pueden menospreciar mi vida. Para Dios tengo un valor inmenso. Para Él siempre cuento, siempre importo. Eso me da paz.

Hoy miro a Jesús que me mira en mi verdad y me abraza. Hoy coloco en sus manos mis miserias, mis pecados, mis debilidades ocultas. Nada hay oculto que no llegue a saberse. Nada hay oculto para Dios que me conoce en mi fragilidad y me abraza en mis heridas abiertas.

Él conoce mejor que yo lo que puedo llegar a ser si confío. Si me abro. Nada temo porque descanso en sus manos. Y mi vida en Él tiene más luz.

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