Entusiasta, traviesa, bromista …. y santa

Fingir embriaguez era una de las tretas favoritas de la beata Catalina Jarrige

¿Cómo se convierte en santa una muchacha vivaracha, traviesa y burlona? Pues creciendo hasta ser una adulta vivaracha, traviesa y burlona, en especial si las burlas van dirigidas a los perseguidores de la Iglesia.

La beata Catalina Jarrige (1754-1836) fue la más pequeña de los siete hijos de un pobre granjero. Era una niña encantadora a quien conocían como “la monjita”, pero era aficionada a gastar bromas y a hacer travesuras inocentes y comunes.

Sin embargo, no le quedó mucho tiempo para eso cuando cumplió los nueve años y empezó a trabajar como criada, tampoco mientras se formaba como costurera a los trece. No obstante, a pesar de todo el trabajo duro que llenaba sus días, Catalina siempre encontraba tiempo para bailar, sobre todo el tradicional bourrée francés.

Catinon, según la llamaban, era una mujer rebosante de energía y alegría, pero era mucho más que una simple muchacha apasionada del baile. Cuando salía de trabajar, solía recorrer las calles pidiendo limosna para los pobres. Poco a poco, su amor por el Señor y por los pobres la condujo a imitar a santa Catalina de Siena, su santa patrona, y pronunciar los votos como dominica laica.

Así que ‘Catinon Menette’ (Cati, la monjita) dejó de bailar —no sin pesar—, pero conservó su espíritu travieso, que le resultaría útil durante los futuros años difíciles.

En 1789 comenzó la Revolución francesa. Para finales de 1791, los sacerdotes que se negaban a jurar lealtad al gobierno anticatólico (clero “refractario”) eran encarcelados; en dos años, la sentencia se convirtió en muerte inmediata para todos los sacerdotes refractarios y cualquiera que fuera descubierto ayudándoles.

Había llegado la hora de Catalina. No era un tiempo para damas santurronas (aunque las oraciones de las religiosas devotas de seguro ayudaron). Era un tiempo para mujeres descaradas, poderosas, atrevidas. Catalina había nacido para este momento, de modo que se puso a trabajar para salvar las vidas de tantos sacerdotes como pudo.

Creó un sistema clandestino para esconder a sacerdotes y llevarlos a escondidas a donde fueran necesarios. Les suministró ropa y pan y vino para celebrar la misa, les trajo bebés para que fueran bautizados, los guió hacia familias necesitadas de los sacramentos y los escondió en el bosque.

Por supuesto, no siempre era fácil. En ocasiones los sacerdotes pasaban inadvertidos bajo el manto de la oscuridad. Otras veces, se encontraban de frente con soldados de la Revolución. Se cuenta que, en cierta ocasión, al cruzarse con un soldado, Catalina empapó de vino a un sacerdote y luego le gritó con tono ebrio.

“Ciudadano, si tuviera una esposa como esa la ahogaría en el río más cercano”, exclamó el soldado con solidaridad. “Ciudadano, ¡yo también!”, respondió.

Según parece, fingir embriaguez era una de las tretas favoritas de Catalina, ya que era famosa por sus interpretaciones cuando dedicaba improperios de beoda contra los risueños soldados mientras los sacerdotes se escabullían a sus espaldas. Parece que su infancia de travesuras surtió a Catalina de un ingenio sorprendentemente eficaz.

Durante nueve años, Catalina se esforzó en proteger a los sacerdotes de su región y se le atribuye el haber salvado la vida de miles de ellos.

La dominica solo perdió a uno, a quien acompañó valientemente hacia su ejecución. Después de su muerte, Catalina tomó la sangre del sacerdote, el venerable François Filiol, y la aplicó sobre los ojos de un niño ciego, que entonces recuperó la vista de inmediato.

Catalina fue arrestada y encarcelada más de una vez, pero era tan popular entre el pueblo que cada vez era liberada por temor a cómo podrían responder si le dieran muerte. Dada la pronunciada inclinación de los revolucionarios a mandar gente a la guillotina, la influencia de Catalina no debía de ser poca.

Con todas las vidas que salvó y toda la autoridad que ejerció, Catalina se enorgullecía del hecho de que, durante un periodo de dos años, no hubo una sola persona en su ciudad que no estuviera bautizada ni que muriera sin los sacramentos. En una época en la que ser sacerdote era un crimen capital, este hecho era poco menos que milagroso.

Diez años después de que empezara la persecución contra la Iglesia, por fin terminó. Catalina, una vez terminado su trabajo, volvió a servir allí donde más era necesario: pidiendo para los pobres. Por entonces, su reputación era tan grande que no tenía problemas para obtener lo que necesitara.

Era respetada tanto por laicos como por clérigos; un obispo de visita en su ciudad incluso insistió en recibir su bendición —la bendición de una mujer laica— antes de consentir darle a ella la suya.

Catalina siguió siendo una persona humilde hasta el día de su muerte, con 81 años, a pesar de los honores que el mundo trató de dedicarle. Todo lo que ella quiso fue servir al Señor y a su pueblo, y eso fue precisamente lo que hizo.

El 4 de julio, fiesta de la beata Catalina Jarrige, pidamos su intercesión para las mujeres fuertes y valientes, porque sigan al Señor tal y como son, regocijándose en cómo las hizo Dios y no tratando de encajar en ningún otro molde. Beata Catalina Jarrige, ¡ruega por nosotros!

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