En mi país, licenciada; aquí, sirvienta…

Shutterstock/Dmitry Kalinovsky

Cómo ser inmigrante y afrontar la frustración de un trabajo precario y humilde

Trabajar en algo que nos apasiona es un privilegio del que no muchas personas gozan, por lo que poder vivir de una actividad que nutre también el alma constituye una gran riqueza. Cuando emigramos, solemos encontrar muchas diferencias en el mercado laboral respecto a nuestro país de origen y sucede frecuentemente que personas con una formación profesional o con un nivel de instrucción superior, se dedican a trabajos precarios.

El modo de afrontar esta experiencia puede llevarnos a desarrollar nuevas habilidades y a enriquecernos, pero también puede causar una gran frustración que, si no se enfrenta y dura mucho tiempo, termina afectando la vida de la persona.

“Cuando viajo a mi país soy la licenciada. Cuando regreso, soy de nuevo la sirvienta”. Esta frase puede ayudarnos a imaginar la dificultad de conciliar “quién era yo, antes, allá”, con “quién soy yo, ahora, aquí” cuando hay diferencias tan grandes en el tipo de trabajo que se lleva a cabo cuando se emigra.

Podemos también imaginar la frustración que puede sentir una mujer que en su país de origen tenía una profesión que le satisfacía mucho y que sentía como parte de su identidad, pero que económicamente no le alcanzaba para sobrevivir; llevando a cabo ahora un trabajo que la remunera mucho más permitiéndole mantener a su familia, pero que en realidad no le gusta hacer, porque está muy por debajo de su preparación y de sus aspiraciones.

El modo en que se afronta la frustración de dedicarse a un trabajo considerado precario o inferior a la preparación que se posee, depende de diversos factores como la historia personal y familiar, el proyecto migratorio, las diferencias entre el país de origen y de acogida en los sistemas de educación (¿la instrucción es un derecho de todos o un privilegio de pocos?), el mercado laboral, la calidad de vida, el cómo son considerados los diferentes oficios y profesiones (limpiar una casa ajena, por ejemplo, ¿es visto como cualquier otro trabajo o es considerada una labor humilde y penosa?), etc.

La tristeza, la desilusión, el enojo y la frustración que se pueden sentir cuando se posee una profesión o una instrucción superior y se lleva a cabo un trabajo precario en el nuevo país, pueden llegar a convertirse en un motor para cambiar y para buscar nuevas alternativas que tal vez ni siquiera se habían imaginado. Pero también puede suceder que la persona no logre enfrentar la frustración y termine sintiéndose desalentada y sin posibilidades de cambiar.

Algunas ideas que pueden ser útiles para afrontar la frustración de dedicarse a un trabajo precario o inferior a la propia preparación pueden ser:

  1. Informarse sobre las diferencias en la regularización de la profesión y en el mercado laboral entre el país de origen y de acogida, así como también sobre todos los procedimientos necesarios para el reconocimiento u homologación de los títulos de estudio en el nuevo país.
  2. Ser flexibles. Es importante explicitar nuestras expectativas y proyecto migratorio, tratando de establecer un objetivo realista y alcanzable, un lapso de tiempo y los pasos a seguir, además de evaluar periódicamente cómo nos está yendo. Seguramente encontraremos muchas diferencias entre nuestras expectativas y la realidad y tendremos que modificar nuestro proyecto. Podemos tomarlo como una oportunidad para buscar nuevas alternativas y desarrollar nuestra flexibilidad y creatividad.
  3. Explorar y explotar las oportunidades que ofrece el nuevo país. Quizá podemos encontrar la oportunidad de aprender un nuevo oficio, de llevar a cabo un proceso de formación en un ámbito nuevo, de cultivar una idea para desarrollar un nuevo proyecto en nuestro país de origen, de explotar un recurso que no habíamos considerado (como la lengua madre si se habla un idioma distinto), etc.
  4. Aprender de la experiencia. La frustración y las emociones desagradables que se pueden sentir cuando hacemos un trabajo precario, pueden ser un estímulo para ampliar la mirada y nos brindan una “lección para la vida”: cuántas veces ni siquiera miramos o tomamos en cuenta a las personas que se dedican a trabajos humildes o “invisibles” (aquellos que suelen notarse sólo cuando no se hacen, como puede ser la limpieza de una casa). Vivir en carne propia la experiencia de realizar un trabajo así, nos ayuda a volvernos más humildes y solidarios con los demás.
  5. Reconocer nuestros límites. Habrá situaciones que estén más allá de nuestras manos y que no dependan de nosotros, por lo que es importante aprender a discernir lo que realmente está dentro de nuestras posibilidades y lo que está más allá de nuestros límites.
  6. Expresar lo que nos pasa y apoyarnos en los demás. Suele ayudar mucho el compartir nuestra experiencia y emociones con nuestros amigos o con quien tengamos una relación de reciprocidad y confianza, así como también el hablar con personas que hayan vivido o que estén viviendo una situación parecida a la nuestra.

Si no logramos afrontar la frustración de dedicarnos a un trabajo precario y sentimos que esta experiencia está afectando a diversas áreas de nuestra vida, es muy importante buscar ayuda profesional.

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