El método definitivo para enfrentar un futuro incierto

Pide mejor indiferencia para que sea lo que sea lo que vivas, lo puedas vivir con paz, aconsejaba Ignacio de Loyola

Tengo algunas verdades muy claras en mi vida. Algunas que son principios inamovibles, firmes, sobre los que me levanto cada día. Son verdades que constituyen un baluarte sobre el que construyo. Me sostienen. Son experiencias centrales en mi camino que tengo que renovar cada día para no olvidarlas. Para no sentir que han cambiado y que son diferentes ahora.

Son experiencias claves de las que vivo. Momentos que me hicieron mejor persona. Me llenan de esperanza. Hacen más amplio mi horizonte.

El otro día en la película Íñigo de Loyola escuchaba lo que Jesús le dice a Íñigo en su camino de conversión, cuando estaba perdido y atormentado por sus escrúpulos: “¿Crees que tu pecado puede hacerme daño? Yo lo permito, pero no me hace daño”.

Esa propia experiencia en mi vida me da luz. Jesús me quiere en mi fragilidad. No lo dudo. Me ama en mi caída. A veces necesito recordarlo para no sentirme indigno y rechazado. El pecado me ensucia y me aleja de Dios. Me siento indigno. Saber que no es así me salva. Quiero volver a tocar con el corazón dolorido esta verdad tan honda de su amor.

No es juicio aprendido de los libros. Es una experiencia que he sufrido en el camino, cuando me he sentido lejos de Dios y he vuelto.

Como esa otra vivencia que me dice que no tengo que pedir lo que no me conviene y que lo único que vale la pena es pedir la santa indiferencia.

En la misma película de Íñigo de Loyola un hombre le decía a Íñigo: “Yo le pido a Dios prosperidad y una larga vida”. E Íñigo le respondía: “¿Eso te hace feliz? Pide mejor indiferencia para que sea lo que sea lo que vivas, lo puedas vivir con paz”.

Es otra experiencia que sostiene mis pasos. Quiero pedir siempre esa santa indiferencia que me permita vivir con paz los años que Dios me regala, la cruz que Dios permita en mi vida. Muchos años o pocos. Muchos éxitos o muchos fracasos.

Sé que es verdad lo que escuchaba hace tiempo: “Siempre hay alguien que sufre más que tú. Y sólo hay dos opciones, o pudrirte por dentro o bailar al ritmo de la vida”.Quiero aprender a bailar con paz al ritmo de mi vida.

Sé que a veces me olvido y le pido a Dios lo que no me conviene, o le pido una prosperidad que no logro, o le suplico una salud que no retengo, o un éxito que se me escapa esquivo. Le pido ser amado por todos y siempre, por algunos algunas veces. Y si no sucede sufro.

Por eso pido hoy la santa indiferencia para enfrentar la vida. Otros sufren más que yo, eso seguro. Y el sentido de mi vida es permanecer atado a Dios pase lo que pase. Es este un pilar que me sostiene, otra verdad grabada en el alma con el paso de los años. Es un método para enfrentar el futuro que no conozco. Una forma de conformarme con lo que tengo y vivir alegre en medio de las tribulaciones. Un acto por el que quiero vivir inscrito en el corazón de Jesús para siempre.

Allí donde descanso y Él descansa. En su herida me sé amado. Es una gracia que pido para que me llegue cada mañana. Porque mi alma se resiste a ser indiferente ante las cosas que pasan. Amo más la bondad que la maldad, la paz que la guerra, el amor que el odio. Detesto la cruz y no la quiero. Me apego a todo lo que poseo. No vivo la santa indiferencia. No me da igual vivir en la abundancia que en la escasez. No me dan igual las cruces.

Por eso quiero vivir lo que leía: “El sentido de la vida es de carácter incondicional, pues incluye también hasta el sentido potencial de un sufrimiento ineludible”. El sentido de mi vida es vivir con un sentido también el sufrimiento. Aceptar todo lo que venga, todo lo que tengo por delante.

Un sentido que a veces desconozco. Un sentido que tal vez está inscrito para siempre en el corazón de Dios. Un sentido que se me hace misterioso. Pero lo abrazo.

No quiero una gloria efímera que pasa. No busco yo mismo marcar mi propio destino. Deseo estar abierto a lo nuevo. Dejándome tocar por la mano de Dios que me sostiene. Quiero saber lo que Dios desea de mí.

Decía Alberto Hurtado: “¿Qué sentido tiene la vida? ¿Para qué está el hombre en este mundo? El hombre está en el mundo, ¡Porque alguien lo amó!: Dios. El hombre está en el mundo para amar y para ser amado”.

Me gusta pensar que mi vida pasa por amar y ser amado. Dios me amó primero. Y me capacita para amar con su mismo amor. Muchas veces no es tan sencillo. A veces amo mal. A veces no soy amado. Y sufro. No me ama quien espero que me ame. No amo a quien espera que lo ame. Tan sencillo. Tan complejo.

Pero es verdad que es el sentido de mi vida. Amar de verdad. ¿Por qué fracasamos tanto en lo que tanto nos importa? Por egoísmo. Por orgullo. Porque somos cambiantes y nos olvidamos de nuestras promesas.

Soy capaz de amar si me dejo amar por Dios. Eso es lo que quiero. Sobre esta verdad también asiento mi camino. Es parte del tesoro que guardo en el alma. Porque he sido amado. Porque he amado y amo. Sé que es el único sentido de mi vida. Porque así vivió Jesús dejándose el corazón por los caminos. Así entregó sus días. Amando y siendo amado.

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