¿Cómo superar la vergüenza de tener una fobia?

Cuando golpea el intenso miedo de una fobia, es fácil sentir el fracaso no solo a nivel psicológico, sino también en la vida espiritual

Para millones de personas, las fobias no son solo una fuente de miedo, sino también de vergüenza. Si alguna vez has sentido un miedo intenso a estar en lugares cerrados o a cruzarte con un perro en tu barrio o a volar en avión, entenderás que no es fácil admitir hasta qué punto un terror intenso puede condicionar tu vida.

A menudo los niños son menos propensos a ocultar las fobias, pero la mayoría de nosotros —tanto jóvenes como adultos— creemos que las fobias son una señal de debilidad o de intelecto comprometido. Los cristianos nos criamos frecuentemente con la idea de que no deberíamos tener miedo y de que Dios cuidará de nosotros. El caso es que cuando golpea el intenso miedo de una fobia, es fácil sentir el fracaso no solo a nivel psicológico, sino también en la vida espiritual.

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Pero la realidad es que las fobias son comunes y afectan a personas de todo tipo de tendencias, circunstancias y medios. Algunos de los que tienen que lidiar con fobias han tenido experiencias traumáticas que provocaron un temor duradero. Sin embargo, desde mi labor como psicólogo, encuentro que muchas personas simplemente han tenido una experiencia desagradable (pero no excesivamente perjudicial) que provocó una revocación inicial que luego creció hasta convertirse en un temor intenso. Si has sentido miedo ante un perro amenazante, por ejemplo, es sencillo percibir que evitar por completo a los perros podría ser la respuesta más segura y más fácil.

Por definición, una fobia es un miedo extremo o irracional que afecta de forma significativa al funcionamiento de un individuo o le causa una angustia notable. Para diferenciarla de otros tipos de ansiedad o miedos razonables, una fobia se caracteriza por unos cuantos elementos específicos. Primero, se asocia con una reacción emocional intensa casi todas las veces que se produce un encuentro con un objeto o una circunstancia concretos. Segundo, una persona con una fobia hará todo lo posible para evitar el estímulo de su miedo, incluso si ello conlleva un inconveniente o una adversidad significativos. Y tercero, el grado de miedo en sí es desproporcionado en relación al peligro real existente.

Características similares en todas las fobias

Aunque las características de las fobias son similares, los tipos varían ampliamente. Mientras algunos pueden tener un intenso miedo a ciertas experiencias (como estar en un ascensor), otros pueden tener reacciones fuertes a animales o sucesos ambientales (como una tormenta). Algunas personas pueden tener una reacción fóbica a la percepción de ser juzgados negativamente, mientras que a otras puede preocuparles que tenga lugar un ataque de pánico en medio de una gran multitud y no sean capaces de escapar. Pero para todos, el miedo es intenso y angustiante.

Por dónde empezar

Para tratar las fobias, normalmente se usan una serie de enfoques. El más común incluye técnicas de exposición gradual que fomentan una desensibilización sistemática. En pocas palabras, las personas aprenden a crear una “jerarquía de miedos” mientras se exponen gradualmente a situaciones cada vez más desafiantes hasta que finalmente progresan hasta la circunstancia más temida de todas (por ejemplo, acariciar un perro).

Las técnicas cognitivo conductuales también se usan habitualmente con la terapia de exposición, cuando aprenden habilidades tranquilizantes concretas (por ejemplo, respiración profunda, relajación muscular progresiva, replanteamiento de los pensamientos) que usarán a medida que progresan por la jerarquía.

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Las medicaciones pueden resultar útiles en ocasiones para reducir los niveles de ansiedad lo suficiente como para utilizar los tratamientos mencionados, pero no son la primera línea de defensa. Se utiliza incluso la exposición in-vitro o virtual, por la que una persona imagina estar expuesta al objeto o circunstancia de temor, y usa técnicas para inducir una mayor calma. Sin embargo, los tratamientos más efectivos siguen requiriendo cierto nivel de exposición real para que sean efectivos a largo plazo.

Independientemente del tipo de intervención que intentes y al margen de tus deseos e intención, la vergüenza y el bochorno que pudieras sentir en relación a una fobia pueden dejarte inmovilizado. Piensa por un segundo en las ocasiones que te sentiste solo con tus dificultades y temiste que el admitirlo a los demás te expondría como débil, carente de fe o incompetente. En esos momentos, la virtud de la valentía se convierte en algo primordial; es entonces cuando necesitamos recordarnos que incluso los santos más grandes tuvieron sus atribulaciones, sus momentos de cobardía y desaliento. Al final, no fueron definidos por sus dificultades, sino por su persistencia en seguir adelante en el camino cuya vocación les indicaba.

Hay una cosa más que hay que saber. Un creciente conjunto de investigaciones sugieren que quizás seamos en gran medida responsables de la vergüenza que sentimos. Hay estudios que han descubierto que pocas personas indican que condenarían a otras por una reacción fóbica (tampoco, de hecho, por cualquier problema psicológico), pero las mismas personas sí creen que muchas otras las condenarían a ellas por esos mismos problemas. En otras palabras, parece que percibimos a los demás como más severos y críticos de lo que seríamos nosotros mismos.

Ahora bien, hay algunos factores potencialmente confusos en los métodos de investigación que podrían haber moderado o mediado estos efectos. Sin embargo, hay una evidencia convincente que indica que la vergüenza o el bochorno que siente una persona en relación a las fobias —o cualquier otra dificultad psicológica— es más un producto de la propia autovaloración que de lo que los otros piensen o expresen de verdad sobre uno.

Ser transparente y humilde, reconocer nuestro punto débil

Aunque en cierto modo este podría ser un mensaje frustrante, yo lo veo como algo esperanzador. Y es porque, como psicólogo, he encontrado repetidamente que cuando las personas se expresan de forma auténtica, transparente y humilde sobre sus dificultades, normalmente se sorprenden ante el gran nivel de aceptación (y poco nivel de crítica) que manifiestan los demás a la hora de comprender y aceptarles con su vulnerabilidad.

Solo hay que tener miedo al miedo

No todo el mundo tiene problemas de fobias, aunque hay muchas más personas de las que ustedes o yo sabremos nunca. Pero todos nosotros luchamos con nuestros propios miedos y todos nos haríamos un gran favor, a nosotros mismos y al prójimo, si nos esforzáramos por reconocer dónde descansa ese temor e ir en búsqueda de la respuesta más efectiva. En muchos aspectos, Franklin Delano Roosevelt tenía razón cuando dijo lo siguiente:

“Así, en primer lugar, quiero afirmar mi firme convicción de que lo único que debemos temer es el miedo en sí, el terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avanzada“.

No lo olvidemos. El expresidente de EE.UU. pronunció esta frase en mitad de la Gran Depresión, una época en la que las personas tenían mucho que temer. Sin embargo, Roosevelt reconoció lo que la investigación psicológica ha llegado a mostrar, esto es, que solo cuando la retirada se convierte en avanzada nuestros miedos empiezan a disminuir. Y reconocemos lo que nuestra fe tiene que decir: “No temas ni te acobardes, porque el Señor, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1,9).

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