Venezuela: ¿Qué sigue?

Venezuelans protest against President Nicolas Maduro, in Caracas, on July 31, 2017.
Venezuela’s attorney general Luisa Ortega, a vocal dissenter in President Nicolas Maduro’s government, said Monday she will not recognize a new assembly voted in on the weekend, calling it an expression of “dictatorial ambition.”

Un camino cada vez más despejado hacia una intensificación del conflicto

Después de anunciado el resultado de la jornada electoral del 30 de julio, dos lecturas han revelado, de entrada, lo que el país concluye. Para unos se trata de un paso decisivo hacia la consolidación del régimen por la vía de la fuerza y, para otros, selló su definitiva derrota con el descomunal fraude que otorgó a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) más votos que los que jamás obtuvo Hugo Chávez, ni siquiera en sus mejores momentos.

Sea como sea, lo que realmente importa es la manera como se perfilen los acontecimientos a partir de esta semana. Existe la percepción de que lo que se nos viene encima es una versión venezolana de stalinismo y la imposición despótica de una idea única. Pero también de que se despejan caminos hacia una intensificación del conflicto que necesariamente desembocará en algo definitivo.

No es poca cosa que Maduro sea el primer presidente latinoamericano en ser sancionado personalmente por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, ni tampoco el que varios países del mundo, puntualmente, se hayan adelantado a declarar su desconocimiento a la ANC espúrea y condenado abiertamente el fraude en Venezuela calificando directamente a Maduro como dictador. No obstante, algunos temas permanecen pendientes.

Maduro no ha cesado de proferir amenazas y pintar el peor de los panoramas con intenciones de amedrentar: el desalojo e inhabilitación de los legisladores electos por 14 millones de votos en diciembre del 2015; la defenestración de la Fiscalía y su titular; el encarcelamiento de líderes opositores; la confiscación de los canales de televisión que permanecen independientes y un largo etcétera.

Si cumple tan solo una mínima parte de lo vociferado se declararía una guerra abierta a los resortes de respuesta de la sociedad venezolana que, aún ayer, mantenía la protesta masiva y retadora en la mayoría de las ciudades del país. El comando del liderazgo opositor parece no hacer ya falta para anunciar y poner en marcha las agendas de calle.

El músculo de la resistencia contra el aparato represivo ha desarrollado su propia dinámica lo cual es, por un lado promisor y por el otro preocupante, toda vez que en Venezuela existe una guerra civil delictual que enfrenta a una población desarmada -aunque indignada- con grupos bien apertrechados que han amalgamado lo que queda de fuerzas militares con grupos irregulares vandálicos parapoliciales que se enfrentan a la población, pero que también tienen la sentencia jurada de sus enemigos naturales: ciertos colectivos que cultivan el deslinde entre chavismo y madurismo, los cuales pululan desafiando a las fuerzas represivas quienes también los tienen en la mira.

Sumado el ingrediente explosivo que agrega la insurgencia social por el hambre y las distintas necesidades cuyas carencias se acentúan por horas, prefigura un cuadro de violencia y rebelión que, en un país con este escenario político, resulta inmanejable.

Ya el saldo insólito de muertos alcanza a menores de edad y personas ajenas a las protestas, pero también incluye a dirigentes oficialistas y efectivos de las Fuerzas Armadas nacionales. El episcopado nacional ha instado a “quienes dieron las órdenes” a responder por esas muertes.

La ingobernabilidad y las deserciones internas dentro del oficialismo, creciendo a pesar de los resultados que el CNE anunció el domingo, constituyen la peor carta que se juega el régimen. El desacato no sólo ocurre de parte de la oposición. Según la contabilidad de los sindicatos, el 90% de los empleados públicos no acudió a sufragar a pesar de las conminaciones, lisonjeos y amenazas. Han planteado una situación difícil al gobierno: si los despide confirmará la tesis de que sus cifras electorales no se corresponden con la realidad de votantes y fueron abultadas artificialmente.

Del lado de la oposición las cosas también se presentan complejas. Aún no se produce una respuesta contundente y unitaria capaz de orientar los tiempos por venir, sino que en contraste con la determinación mayoritaria de permanecer –ante el fraude y el incontenible despeñadero por el que lanza a un gobierno sin amarras- en la tesitura del desconocimiento del régimen que tiene como objetivo la salida de Maduro y el cambio de gobierno, han asomado la posibilidad de acudir a elecciones regionales lo que automáticamente implica la corrida de la arruga hasta el 2018, con Maduro en el poder. Un asunto espinoso que anuncia tempestad. Eso ha encendido aún más las alarmas de un país que exige transparencia en los manejos con el gobierno, objetivos claros en la lucha y la puesta en práctica de lo que 7.500.000 ciudadanos votaron como mandato a la dirigencia opositora el 16 de julio, cuyo cumplimiento está pendiente.

No en balde monseñor Mario Moronta, obispo de San Cristóbal y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, exigió ayer el cese de la represión y la realización de elecciones generales. Abiertamente Moronta, el obispo que otrora figuraba como más allegado al afecto de Chávez, señaló que si desde el Gobierno de Nicolás Maduro pudieron “tergiversar leyes y manipular la Constitución”, no hay excusa para seguir impidiendo la realización este año de comicios legítimos que permitan la recuperación de la democracia en Venezuela. Una vez más, la Iglesia se expresa con claridad en consonancia con el anhelo de las grandes mayorías.

El panorama no es nada sencillo. Tal vez cada vez más complicado. Si bien la gente parece comprender que todos estos procesos terminan irremediablemente en una mesa de negociación, ni el gobierno se muestra dispuesto a facilitar las cosas, ni ciertos elementos de oposición más sensatos y sólidos que cuando satanizaron el diálogo que El Vaticano se esforzó en facilitar a pedido de las partes hace meses atrás.

El juego está trancado. Nadie negocia con una pistola en la cabeza. El gobierno va directo a que la granada le estalle en las manos; la dirigencia opositora debe reganar la confianza de la gente para vencer lo que ellos mismos instalaron en la opinión pública: la estigmatización del concepto de negociación que asociaron fatídicamente con la claudicación. El Cardenal Parolín dijo ayer: “Hay que sentarse a conversar, pero con seriedad”.

Así como en Venezuela es muy cuesta arriba formular predicciones, hay algunos hechos que resultan claros: Maduro está encerrado en el laberinto que  él mismo se construyó. La ANC es un acto suicida. Un analista lo planteó así: “Es como jugar a la ruleta rusa en cabeza ajena. Es tremendamente grave lo que ha ocurrido, porque si estábamos desprovistos en medio de una situación de conflicto, ahora quedamos absolutamente desnudos frente a una enfermedad gravísima de odio y de violencia que satura a la sociedad”.

A riesgo de no acertar, pues el horizonte está repleto de nubarrones, nos atrevemos a pronosticar tiempos muy convulsos en lo inmediato sin descartar el estrepitoso fracaso de una ANC contra natura, el surgimiento de nuevos factores de entendimiento y la integración de una alternativa de transición que restablezca la plena vigencia de la Constitución de 1999.

Las Fuerzas Armadas, aunque también en riesgo por las desorbitadas atribuciones de una ANC en manos de civiles y ex militares que no las aglutinan, cumplen el papel de ejército de ocupación en su propio país, el más aberrante de los roles que puedan desempeñar. Ya no tienen respeto ni la autoritas que necesitan para mantener el orden. El descontento confeso entre las filas medias y el impresionante descrédito de sus cúpulas es demoledor. Ellas son un hueco negro del cual puede, en cualquier momento, brincar la liebre. Así ha ocurrido a lo largo de la historia en Venezuela.

En este momento, los caminos están bloqueados y la situación se presenta  irreconciliable. La violencia, no cabe duda, es el plato fuerte del futuro inmediato. La represión se acentuará porque el gobierno, a pesar de la ANC, no tiene otro piso de sustentación. Pero la esperanza está en una sociedad civil que ha crecido, madurado y que marcha un paso más allá del liderazgo ocupado en sus propias y soterradas pugnas, al mejor estilo de la “vieja política” que pretenden desterrar. Así las cosas, esta sociedad -que ha venido marcando los tiempos- sabrá valorar un país que es de todos, donde debemos vivir todos. Sabremos encontrar una forma de hacerlo porque esa misma madurez indica que exterminarnos unos a otros es inhumano, primitivo y salvaje. De brutales baches hemos salido en el pasado. Los países no se acaban.

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