Trump y Maduro: Del dicho al hecho hay un trecho

JIM WATSON, FEDERICO PARRA / AFP

¿Iba en serio el presidente de Estados Unidos con lo de que está pensando en una “intervención armada”?

Una serie de altibajos han marcado la política del gobierno norteamericano hacia el régimen de Maduro. Mientras el presidente Trump parece muy resuelto a arreciar las presiones, el subsecretario de Estado Tom Shannon siempre se ha opuesto a la imposición de medidas fuertes. Estos últimos días han sido agrios: el mandatario venezolano pidió hablar con el presidente norteamericano a lo que éste se negó en redondo: “Hasta que no retorne la democracia en Venezuela no hablaré con Maduro”. Y fue más allá cuando soltó: “No descarto una acción armada”.

Esto, por supuesto, remitió a situaciones ya superadas en las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos. Las reacciones no se hicieron esperar y las redes sociales se llenaron de condenas y aplausos. Las primeras, unas patrioteras y otras más reflexivas, asegurando que los venezolanos podemos resolver nuestros problemas sin necesidad de intervención extranjera.

Las segundas, recordando que el castrismo cubano lleva 18 años instalado en Venezuela a sus anchas, disfrutando de una invasión autorizada y tolerada por el chavismo en el poder. “Mejor es Estados Unidos que Cuba”, ironía que se leía en algunas cuentas de tuiter, reclamando el silencio ante la penetración cubana en quienes reaccionaban con histerismo luego de la insinuación de Trump.

El Pentágono se apresuró a aclarar: “No tenemos ninguna orden al respecto”. Obviamente, no son decisiones que se toman de la noche a la mañana y mucho menos resuelve una sola persona, teniendo en cuenta que privan los intereses de la nación. Soltó Trump esa “perla” para medir reacciones? Fue un globo de ensayo para inspeccionar el terreno? O, más bien, se trató del remate a un conjunto de sanciones que se vienen aplicando contra funcionarios del alto gobierno venezolano, a fin de clavar una “puntilla” dirigida a la psiquis de un régimen cuyos voceros emitieron una reacción a todas luces inquieta y sin poder disimular la conmoción?

Sin responder a estas cuestiones que permanecen en el terreno de lo posible, pero meramente especulativo, lo cierto es que Trump, muy a su estilo, le sacudió el tablero a Maduro y puso a prueba la pericia de la oposición para pelear en una guerra -como le gustaría a Hugo Chávez decir- realmente asimétrica en eso de sacar de foco al adversario.

No fueron pocos los que mordieron el anzuelo tirándose de cabeza a satanizar la supuesta invasión dejando de lado las reales prioridades en esta agónica lucha por restablecer la democracia en Venezuela. Con ello, ciertamente, habría Trump hecho un gran favor a Maduro sino fuera porque las cosas para él están tan cuesta arriba que ni una invasión en toda regla parece suficiente para volverle la vida política. Lo grave del episodio es que fuera la oposición la que extraviara el foco.

Del lado de Trump también privan algunos asuntos: en primer lugar, el tema de narcotráfico. Estados Unidos posee suficientes evidencias de un cuadro inédito y terrible, no solamente para Venezuela. No estamos hablando de un “cartel” por aquí y otro por allá, sino de un gobierno con recursos del petróleo y sus altos mandos militares seriamente comprometidos hasta los tuétanos en la actividad. El cartel es el régimen completo y sus ganacias están repartidas en cuentas y propiedades por el mundo entero, incluido el territorio norteamericano.  Como decimos en Venezuela, les están latiendo en la cueva. Y eso ya son palabras mayores.

No hay manera de explicar ni a propios ni a extraños el hacerse de la vista gorda con un tema tan espinoso como el narcotráfico. En el terreno de los derechos humanos es posible, de hecho, ha sido probado que para los gobiernos -y para EEUU en particular- los hay de primera y de segunda en la lista. Los derechos humanos dan para todo y pueden ser condicionados, esquivados y hasta edulcorados con ese estribillo cada vez menos vigente de la “no intervención”. Aún resuenan las palabras de aquél presidente norteamericano que dijo sobre “Chapita” Trujilllo, el perverso dictador dominicano: “Él es nuestro hijo de perra”. Como un acordeón, todo puede justificarse, estirarse y encogerse de acuerdo a gustos y colores. Pero otra cosa es el narcotráfico.

La segunda razón que algunos analistas atisban en las motivaciones de Trump apunta a su propia situación. Para nadie es un secreto que en algún momento podría hacer frente a un impeechment, lo cual gravita sobre su permanencia en la presidencia. Y Trump necesita un éxito. Todos los presidentes lo buscan y lo encuentran. Unos lograron acercamientos con Rusia o China, otros modificaron el tablero en Asia, el otro atrapó a Sadamm Husein, Obama no se fue sin lograr la distensión con Cuba.

Trump se ha enfocado en Corea del Norte y parece sincero al calificar a Venezuela como un verdadero ‘desastre humanitario’ que estaría afectando la estabilidad sociopolítica del todo el continente. Bien podría ser Trump el que realmente se interesara por lo que ocurre en el “backyard” (América Latina).

Trump, como confiesan quienes lo apoyan, “es un payaso, pero nos gusta lo que dice”. Aún está por verse si terminará gustando lo que hace. No por ser cantinflérico tiene un político que ser ineficaz y decepcionante. Todo es cuestión de estilos en esta parte del mundo. Consecuentemente, todo está en veremos. Pero resulta obvio que no puede ignorar el narcotráfico pues eso sí sería causal de  un ácido e interminable reclamo de proporciones que podemos sospechar.

Los peruanos, quienes retiraron el embajador de Venezuela en Lima -los primeros que lo han hecho- tanto como los colombianos, con todo y sus conversaciones de paz andando, es posible que mantengan igualmente una prudencial distancia con el tema, teniendo en cuenta que la presión psicológica es un recurso que puede estar pesando en la estrategia de Estados Unidos hacia un régimen como el de Maduro que ya nadie escrúpulos en calificar de dictadura y que teme a una invasión como el gato al agua.

PPK, como llaman sus coterráneos al presidente peruano,  líder de la región en la lucha por restaurar la democracia en Venezuela, se percibe muy claro y decidido en el respaldo a cualquier recurso para lograr el objetivo, por supuesto, ajustado a los convenios internacionales y contemplando el respeto a los derechos humanos. Santos, muy a pesar de sus vacilaciones iniciales y de lo que Colombia se juega en lo interno, ha dado obvios y firmes pasos al frente en la denuncia del régimen chavo-madurista. Todo indica, con prístina claridad, que las implicaciones continentales de sostener a Maduro en el poder auguran serios peligros.  La perspectiva de mantener la política del avestruz tampoco funciona y esa comprensión es un definitivo avance.

Aparte de la polvareda que levantó la declaración de Trump, nada hay hasta ahora más allá de eso. Tal vez sea la explicación del aplomado silencio de la Iglesia venezolana que se toma en serio aquello de “wait and see”. En la misma tesitura cautelosa se mantienen los analistas tenidos como más sensatos. Lejanos a chillidos y revolcones se ubican los más ponderados.

Estos son momentos delicados donde del dicho al hecho hay más de un trecho. Innegable es, no obstante, que  el “tema Venezuela” ya forma parte de la agenda directa de la Casa Blanca como lo evidencia su inclusión en los asuntos tratados por Trump en la reunión con su “gabinete de seguridad” el pasado 10 de agosto en la cual, simultáneamente, habrían analizado acciones ante Corea del Norte.

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