Perú: Un pueblo enfrentado al dengue y que vive el caos con esperanza

CESVI – Yofre Morales Tapia-cc

Luego del desborde de ríos y huaicos, el país enfrenta el desafío de la reconstrucción

Parcialmente en el lodo, así permanece el cementerio “José de los Ángeles”, que sirvió de refugio a los pobladores de Catacaos, ciudad ubicada a 12 kilómetros de la región Piura, Perú.

Lo perdieron todo sus familiares, sus casas, sus cultivos, sus artesanías. Sin embargo, a un mes después del 27 de marzo, cuando el río Piura irrumpió violentamente en sus vidas, el pueblo de Catacaos sigue en pie.

Más de la mitad de los pobladores -que pareciera llevará incluido en su nombre el caos- son damnificados. De los 80 mil habitantes, 45 mil perdieron parte de su familia, sus casas, sus animales, sus cultivos, sus artesanías. Todo.

Situación de emergencia

Lo primero que colapsó en Catacaos, uno de los diez distritos de la ciudad de Piura, fue la salud. “El Centro de Salud Materno Infantil” ubicado al ingreso del pueblo fue cubierto por el lodo, así como los equipos que había en su interior. Desde entonces sus pasillos se han convertido en almacenes de la ciudad.

El servicio es solo de día. Los pacientes con dengue son trasladados al Hospital Santa Rosa, a poco más de media hora en Piura. En este centro de asistencia se tratan 300 casos de dengue de los cuales 104 se encuentran en una situación de riesgo.

Por si fuera poco, 52 trabajadores de este hospital han sido picados por el Aedes Aegypti, mosquito que genera fiebres altas, dolores lumbares e incluso la muerte. Segundo Maza Nima, de 78 años, se convirtió el último viernes en la novena víctima mortal en toda la región.   

Médicos solidarios

Tomar abundante cantidad de líquido es lo más apropiado, cuando no se puede ni siquiera ponerse en pie. Hasta el jueves 20 se registraban 5 mil 933 probables casos de dengue, de los cuales solo se confirmaron 932 la gran mayoría en los distritos de Sullana, Castilla y Piura.

De inmediato se hizo presente en la región del norte del Perú una oleada de médicos cubanos voluntarios, así como los hospitales de solidaridad. Y es que Catacaos no presentaba dengue desde hace muchos años.  “Debemos controlar el brote porque se está duplicando semana tras semana”, expresó a un diario peruano el jefe de Epidemiología de la Dirección Regional de Salud, César Monzón.

Médicos de diversas especialidades instalaron sus consultorios ambulantes en la Plaza de Armas. Sin embargo, hasta el momento solo se cuenta con 700 galenos de los mil 700 que se necesitan a lo largo y ancho de la región Piura.

En busca de voluntarios

“Demoraremos más de dos semanas para fumigar todo Catacaos. Siempre y cuando el ejército nos ayude”, reflexiona Juan Cieza, Alcalde de Catacaos. “Queremos alcanzar los mil voluntarios” si los soldados se suman podremos hacerle frente”, agregó para el diario local.

En días pasados la Dirección Regional de Salud (Diresa) contribuyó con la capacitación de un gran número de voluntarios.  Sin embargo el Cieza indicó que sin la maquinaria necesaria para la fumigación es poco lo que se podría realizar. En Catacaos se cuenta con 80 termonebulizadores y se requiere mil por lo menos.

Cortar la epidemia de raíz “abatización” o “control focal” es otra de las soluciones. Esta práctica consiste en la eliminación de las larvas, la segunda fase del futuro mosquito.

Mientras tanto, el pueblo vive con esperanza en medio del caos. Es su esperanza su único sustento en estas circunstancias.

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5 consejos para mantener el espíritu de la Pascua vivo durante todo el año

El tiempo de la alegría, esperanza y vida nueva no debe acabar el Domingo de Pascua

Uno de los mensajes de la Pascua es que nunca acaba, porque vivimos el Anno Domini, o “el año del Señor resucitado”. Incluso después de que acabe el Domingo de Pascua y el último pedazo de chocolate ya haya sido quitado de la alfombra, nosotros aún podemos comenzar la experiencia de nuevo inicio, de esperanza, de paz, de alegría y de vida nueva.

Aquí están algunas formas prácticas que puedes adoptar para mantener vivo el espíritu de la Pascua, empezando por el exterior para terminar en un nivel más interior.

Haz una limpieza

Una de las formas externas de comenzar de nuevo es pasar por la casa y donar todos los juguetes antiguos y ropa que nadie usa. Pasa por tu armario también y pregúntate: ¿usé esto el año pasado? Si la respuesta es no, dónalo. No guardes cosas que nunca usarás. ¿Sentimiento ambicioso? Prueba el método de Marie Kondo descrito en The Life-Changing Magic of Tidying Up: The Japanese Art of Decluttering and Organizing.

Sal y haz una actividad física

Siempre después de un largo invierno, necesitamos aire fresco y una oportunidad de ejercitarnos. Incluso si sólo puedes hacer 20 minutos de caminata al día, ¡hazla! Y si puedes hacerla en la mañana, mientras cantan los pájaros, mejor aún. Incluso un ejercicio moderado hace maravillas en nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Como el antiguo médico griego Hipócrates decía: “Si estás de mal humor, da un paseo. Si sigues de mal humor, haz otra caminata”.

Añade silencio a tu día

Vivimos inmersos en ruido, en constantes estímulos sonoros y pegados a nuestros teléfonos. Pero nuestras almas necesitan espacios de silencio para respirar y encontrar claridad y paz. Investigaciones recientes también han atribuido al silencio niveles reducidos de estrés y crecimiento del hipocampo, la parte del cerebro vinculada al aprendizaje y a la memoria. Entonces, saca un tiempo para desconectarte. Mira la puesta de sol o las estrellas. Ir de camping o ir de pesca también son excelentes maneras de obtener ese silencio. Incluso caminar con el perro puede ser una buena disculpa para lograr un tiempito de silencio.

Añade una lectura espiritual a tu lista de libros

Leer un buen libro espiritual puede ayudarte a iniciar una nueva conversación con Dios. Sólo cinco minutos de lectura espiritual antes de apagar las luces en la noche pueden ser suficientes para estimular tu mente y alimentar tu alma.

Dedica un día o un fin de semana a Dios

A veces, 15 minutos aquí o allí no son suficientes para sumergirte más profundamente en tu vida espiritual. Entonces, si estás sintiendo esa llamada, considera la posibilidad de hacer un retiro de un día o un fin de semana, hacer una peregrinación a una iglesia o un santuario o sacar un día para ayudar en una institución de caridad. Si nada de eso es práctico, intenta hacer del domingo lo que debería ser: un recuerdo de la Pascua, un día para descansar, reflexionar, estar con Dios y hacer una pausa de todo.

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Cómo evitar que tus sentimientos negativos te bloqueen

Teenager praying in church.

GODONG / BSIP

Pon nombre a tus tristezas y entrégaselas a Dios

Uno puede ir por la vida acumulando desilusiones y desengaños. Me puedo quedar pensando en lo que he hecho mal, en lo que no ha salido como yo quería. Lo he intentado. No lo he logrado. Puedo seguir llorando eternamente sobre la leche derramada. Pero ese círculo de tristeza no me ayuda a crecer.

Me cuesta tolerar la frustración. Entender que detrás de una derrota hay siempre una nueva oportunidad. Necesito sacar mi tristeza, mi desánimo, mi desaliento.

El otro día leía: “-Esta es tu oportunidad. Saca todo lo que te hace sufrir. Enséñamelo todo. No ocultes nada. Entonces todos mis pensamientos y recuerdos tristes fueron levantando la mano, uno tras otro, y se pusieron en pie para identificarse. Al contemplar cada pensamiento, cada sufrimiento, asimilaba su existencia y soportaba la correspondiente congoja. Después decía a cada una de mis penas: – No pasa nada. Te quiero. Te acepto. Te acojo con el corazón. Se acabó. Y la pena me entraba en el corazón[1].

Quiero tomar mis tristezas en las manos. Acoger todo lo que me quita la paz. No importa el tamaño de mi dolor. No valoro si es o no justificado mi sufrimiento. Poco importa.

Los discípulos de Emaús llevaban mucha pena en el alma: “Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”.

Hablaban de su dolor. Lo habían perdido todo. Tanto tiempo soñando con otro final, con otro desenlace. Y ahora todo había cambiado. Jesús había muerto. Ya no podían seguir creyendo. ¿Qué habrían imaginado ellos para sus vidas? Otro desenlace seguro. Por eso volvían a Emaús.

Ya no tenía sentido seguir con los otros discípulos. Tenían vida en Emaús. En su aldea. Con sus familias. Sus sueños de eternidad habían visto su final. Es doloroso renunciar a los propios sueños. Cuando uno ha puesto el corazón en algo que parecía posible.

Tal vez imaginaron a un Mesías poderoso. O pensaron que en el reino de Jesús todo iba a ser diferente. No lo sabemos. Sólo nos queda el recuerdo de Jesús:

“Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a Él no lo vieron”.

Era poderoso en obras. Pero ha muerto. No creen en lo que dicen las mujeres. Todavía no lo han visto. No es seguro. Y vuelven a Emaús. Está muerto. No tiene sentido hablar de una vida después de la muerte. No ha sido su liberador. Y ellos siguen siendo esclavos.

Me siento tan identificado con estos discípulos. Muchas veces me desanimo. Dejo de creer. Veo que no es posible esa liberación que Jesús me promete. ¡Cuántas causas encuentro para sentirme frustrado!

Muchas veces toco mi limitación y me cuesta creer en el poder del Espíritu Santo. En la fuerza de su amor. Me digo que sí, que puedo crecer y cambiar. Pero luego tropiezo en mi pobreza y me entristezco. Demasiado alto, demasiado lejos. Y me embarga la tristeza.

Quiero reconocer esos sentimientos negativos que me paralizan. Quiero tomarlos en mis manos, con calma, con paz. Ellos no pueden decidir mi forma de vivir. No pueden bloquearme e impedirme crecer. No puede ser.

Los tomo en mis manos, les pongo nombre a mis tristezas, se los entrego a Dios. Los desarmo de su poder. Yo puedo más que todas mis tristezas. Soy más fuerte, más grande, más listo. No me quiero quedar atascado en mis preocupaciones. Les pongo nombre y se las entrego a Dios.

Aquí las tiene. Todas las frustraciones y tristezas de mi vida. Las que realmente son importantes. Y las que no lo son. Lo tengo claro: Aceptar que estamos tristes y recorrer el camino de la curación es iniciar el recorrido de un camino de sanación y reconstrucción[2].

Puede que no siempre tenga paz. Que no siempre esté contento. No estoy obligado a estar siempre en paz. Reconocer mi tristeza es el comienzo del camino de mi liberación. Se lo cuento a Jesús como hacen hoy Cleofás y el otro discípulo. Se lo digo. Me abro y desahogo lo que hay en el alma.

Hay tanta tristeza a mi alrededor… La tristeza abunda precisamente porque tomamos decisiones equivocadas[3]. Y es cierto que abunda porque tomo decisiones incorrectas. Porque busco la felicidad en el lugar equivocado. Y amo aquello que me quita la paz. O no sé amar de verdad. De forma madura.

Y sufro. Y la tristeza se apodera de mi alma porque elijo lo incorrecto y no descanso en Dios. No tengo mi centro en Él. No reposo en sus brazos.

Me gusta pensar que Jesús fue a buscar a estos discípulos que regresaban tristes a sus casas. Fue a su camino. No esperó a que volvieran a Jerusalén. Salió en su búsqueda. No quería perderlos.

Y no se apareció ante ellos con la evidencia que lo hizo con María Magdalena. Se acercó y pasó por un peregrino cualquiera. No lo reconocieron. Escuchó lo que había en sus corazones. No les hizo ver con palabras quién era Él. Aguardó paciente a que ellos se dieran cuenta.

Ardían sus corazones. Pero todavía no lo veían: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. Ardían sus corazones pero aún no entendían. Jesús aguarda. La paciencia de Jesús conmigo tantas veces cuando no soy capaz de ver su amor en mi vida…

Al llegar a Emaús reconocen a Jesús en la fracción del pan: “Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: – Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída. Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció”.

Quizás es más fácil reconocerlo en la fracción del pan que en el propio camino. Lo reconocen en un signo cotidiano. Parte el pan. Bendice el pan. Como lo hizo en la última cena. Como lo habría hecho en tantas ocasiones con sus discípulos.

Jesús había hecho sagrado lo cotidiano de su vida con los discípulos. Guardaban en su corazón gestos sagrados. Palabras llenas de vida y de amor. Miradas. Abrazos.

Me gusta pensar que lo que delató su identidad fuera un signo tan sencillo y tan de Jesús. No hizo falta un milagro que demostrara que era Él. Ni siquiera una palabra especial. Fue un gesto habitual. Algo cotidiano como era el hecho de bendecir y partir el pan para los suyos.

Jesús lo hace de nuevo. Y los suyos lo descubren y comprenden. Su corazón se llena de alegría. El fuego del camino tenía que ver con Jesús. Era Él.

Pienso en el grito de Juan desde la barca cuando comprende que el que está en la orilla es Jesús resucitado después de la pesca milagrosa. Grita tirándose al agua: «Es el Señor». Lo reconoce de repente y no puede quedarse en la barca.

Los discípulos en Emaús también lo reconocen y sus palabras resuenan en el alma: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!”. Todo un día de camino junto a Jesús y no habían reconocido su voz, ni su acento, ni su forma de decir las cosas.

No se habían dado cuenta de su mirada y de su forma de caminar. No habían visto su cariño expresado en el camino. No habían pensado en su paciencia. No habían sido capaces. El corazón estaba tan turbado.

En el encuentro con Jesús cambia el destino de mi vida. Los discípulos abandonan su aldea de Emaús justo cuando acaban de llegar. Regresan al lugar de sus hermanos, esos hombres débiles escondidos en Jerusalén.

Vivían escondidos con miedo a perder la vida. Ellos no querían vivir así y tal vez por eso habían regresado a su tierra, al oficio de antes, a la vida que llevaban antes de empezar a soñar. Pero ahora, en esa mesa, ante el pan partido, ven que ya no tienen nada que temer.

Ellos lo han visto con sus ojos. Jesús está vivo. Lo han comprobado, han visto su mirada, han contemplado su rostro, han escuchado su voz. No pudieron resistir su amor.

Decía el Hermano Rafael: Si vieras que Jesús te llamaba y te mirase con esos ojos que desprendían amor, ternura, perdón y te dijese: – ¿Por qué no me sigues?”.Ellos lo siguen.

Es Jesús en persona, con sus gestos, con su mirada. Ha llegado a encontrarlos en medio del camino. Y ellos no pueden seguir como si nada hubiera ocurrido. Habían huido a su vida de antes, desalentados, tristes, preocupados. Pero ahora ya no tenían excusas.

Por eso ellos vuelven llenos de vida, de alegría, de emoción, de fuego. Han visto a Jesús. Han caminado a su lado. Él ha partido el pan delante de sus ojos. Es Él el que los ama: “Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: -Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan”.

No pierden el tiempo. Ya no hay tiempo que perder en Emaús. No quieren seguir escondidos. Ha comenzado una nueva misión, una nueva vida. Una nueva luz que lo inunda todo de claridad.

Sus vidas tienen un nuevo sentido. Llenos con el pan partido corren al encuentro de los suyos. Quieren compartir esa alegría que no se pueden guardar para sí mismos. Es imposible. El corazón feliz necesita compartir lo que posee.

Tal vez la tristeza puede aislarnos, y no queremos pedir ayuda. Pero normalmente la felicidad es contagiosa. El bien es difusivo. Se comunica.

[1] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama

[2] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

[3] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón

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Compartir un café, interesarse por el otro,… ¡la Iglesia es comunidad!

Los discipulos de Emaus y las primeras comunidades cristianas nos representan

Pedro y Juan caminaban al templo para orar en la primera lectura para la misa de hoy, y en la lectura del evangelio, dos de los discípulos de Jesús estaban en camino a Emaús. No había cristianos solitarios en ninguna lectura para la misa de este tercer domingo de Pascua, y por buenas razones.

Nuestra fe está destinada a ser compartida entre nosotros, en nuestra vida diaria, con nuestra familia y amigos, y en el trabajo, pero también en la vida de la Iglesia. Somos llamados a participar en la vida de la Iglesia.

Hay muchas personas que ofrecen su tiempo en diferentes ministerios de servicio dentro de la Iglesia o en las parroquias en las que viven, que ven principalmente el trabajo voluntario como un período de tiempo que reservan para servir al Señor, sirviendo a otras personas.

Por ejemplo, muchas personas sirven en la misa cada semana, enseñan a los niños acerca de su fe en programas de educación religiosa, o ayudan por unas horas en una sopa local o banco de alimentos del Grupo de San Vicente de Paul. Estas actividades son muy necesarias, pero hay mucho más en el ministerio que el tiempo que dedicamos al voluntariado.

Si observa de cerca ambas lecturas de la misa hoy, notará que Pedro y Juan y los otros dos discípulos de Cristo participaron personalmente en la vida del otro. Rezaron juntos, sirvieron a otros juntos, viajaron juntos y comieron algunas de sus comidas entre sí. De hecho, cuando se piensa en los discípulos de Cristo, es casi siempre en el sentido plural.

La gente necesita unos de otros. Esto es especialmente cierto en nuestra Iglesia. Nuestros feligreses parecen ser de servicio a los demás y son muy generosos con su tiempo, recursos y esfuerzo. Sin embargo, muchas personas parecen no estar conscientes de que hay una dimensión secundaria al ministerio, que es formar un sentido de comunidad dentro de la iglesia misma.

De hecho, la gente a menudo ofrece su tiempo con la esperanza de hacer algunos nuevos amigos en la iglesia. Las personas solteras, los ancianos, las viudas, los feligreses divorciados y los nidos vacíos, cuyos hijos abandonaron recientemente su hogar, suelen ser voluntarios en la Iglesia, con la esperanza de establecer una relación personal con otros y tal vez hacer un nuevo amigo.

Nuestras circunstancias en la vida cambian con el tiempo, y nuestra comunidad parroquial puede ser un apoyo durante toda nuestra vida.

La próxima vez que encuentres a alguien nuevo en la Iglesia que puede ser bueno invitarlos a ser voluntarios en un ministerio con el que estás involucrado o en otra actividad como orar el rosario con tu pequeño grupo. Si ya participas en la vida de la iglesia, es bueno no sólo asociarte con aquellos que has conocido mucho tiempo, sino también llegar a nuevas personas.

Los ministerios no son cohesivos y prósperos sin el vínculo de las amistades. Significa el mundo a alguien que está un poco solo, si se les pide tomar una taza de café o almorzar o si son invitados a ir a un retiro o una conferencia a la que estaban planeando asistir.

Si estamos demasiado ocupados para tomar tiempo para otros en el ministerio mismo, entonces estamos demasiado ocupados. Hacer menos voluntariado, y hacerlo bien, a largo plazo hace más bien a todos los involucrados y es un testimonio poderoso y genuino de nuestra fe católica.

Jesús estaba caminando con sus discípulos en el viaje a Emaús e indicó que iba más allá de lo que eran, cuando terminó su conversación. Los discípulos le pidieron que se quedara con ellos y cambió de opinión. Jesús sabía que necesitaban que él se quedara con ellos un poco más, después de discutir las escrituras.

Jesús hizo tiempo para ellos. Él es un poderoso modelo para todos nosotros. Pero también los discípulos, porque tenían la iniciativa de pedirle que se quedara. Si no lo hubieran hecho, no lo habrían conocido en la fracción del pan (Eucaristia).

Perdemos tantas oportunidades maravillosas para la amistad, un sentido de comunidad y un sentido de pertenencia, porque creemos que estamos demasiado ocupados para tomar tiempo para estas cosas. Jesús tomó tiempo para estar con sus discípulos, sólo porque le pidieron que lo hiciera.

La próxima vez que sirva en su iglesia o en su parroquia, sería bueno notar las necesidades de aquellos con quienes usted sirve, tanto como los que usted sirve. Nuestros pequeños grupos son en realidad una pequeña Iglesia, dentro de una comunidad parroquial que debe ser una comunidad de comunidades.

Para muchas personas, es imposible conocer a todos en una gran parroquia. Es por eso que los grupos pequeños son tan importantes, porque forman comunidades eclesiales, dentro de la Iglesia misma.

Somos sólo un ladrillo en la estructura de la iglesia y tal vez no podamos ver toda la estructura del Cuerpo de Cristo de una vez, a la que estamos conectados, pero podemos ver a Jesucristo reflejado en los rostros de los que están alrededor de nosotros.

Padre Roberto Mena ST
www.trinitymissions.org

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Las 4 pruebas de la resurrección de Jesús

George Martell-TheGoodCatholicLife.com-CC

El investigador Laureano Benítez ofrece las conclusiones de su trabajo en “Resurrectio”

Laureano Benítez es un investigador español que se ha dedicado en los últimos años a estudiar todo lo relacionado con la muerte y con la resurrección de Cristo. Fruto de ello son sus libros Crucifixio y Resurrectio, ambos en la editorial Sekotia, en los que aporta datos que prueban lo sucedido durante la pasión y la resurrección del Señor.

La resurrección fue un hecho real avalado por datos históricos y científicos”, afirma. Este jueves ofreció sus conclusiones en una conferencia en el Foro Juan Pablo II, de la parroquia de la Concepción de Nuestra Señora, en Madrid.

Además de aportar pruebas que desmienten las “teorías descabelladas acerca del final de la vida terrena de Jesús –que no murió en la Cruz, que su tumba está en Cachemira,…–”, Laureano Benítez ofrece cuatro evidencias que demuestran la resurrección como un hecho cierto.

“La primera de ellas es el sepulcro vacío. Los mismos evangelios afirman que los judíos difundieron el bulo de que sus discípulos habían robado el cuerpo, lo cual evidencia de manera clara que el sepulcro estaba vacío y que este hecho estaba aceptado por todos, no lo negaba nadie”, señala.

Además, “está la Sábana Santa. Algo le pasó al cadáver para que recibiera la impresión que muestra. Ahí hay una radiación extraña que se puede asociar con la resurrección. Y además, que la resurrección fue la de Jesús, no la de otra persona, al cotejar los datos que dan los evangelios sobre la pasión con las heridas que aparecen en el lienzo”.

Junto a ello, “tenemos el cambio experimentado por los Apóstoles, un grupo de timoratos que de repente se lanza a comunicar al mundo la buena noticia de Jesús, hasta el punto de dar su vida. Algo muy fuerte les tuvo que pasar para que actuaran así”.

Por último, hay que añadir “el triunfo de la Iglesia, que después de 2.000 años sigue aquí, señal que hay un energía viviente dentro de ella, un ser viviente que le da impulso”.

Todas las evidencias muestran que Jesús resucitó, “y además sigue vivo, entre nosotros. Tantos mártires de ayer y de hoy lo prueban también. Jesús está vivo, y sigue con nosotros hasta el fin del mundo, una fuerza que vive dentro de cada uno por la gracia, una persona que lucha en nosotros contra las dificultades, contra el pecado. No es algo del pasado, es Alguien que vive con nosotros hoy»”.

Por Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Artículo publicado originalmente por Alfa y Omega

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