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Papa Francisco: “Estamos llamados a comportarnos como hijos de la luz”

AFP PHOTO / SEBASTIEN BOZON

Papa Francisco, en el rezo del Ángelus, recordó el Evangelio del día: el encuentro entre Jesús y el ciego de nacimiento: “Representa a cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero que por causa del pecado somos como ciegos, tenemos necesidad de una luz nueva, aquella de la fe, que Jesús nos ha donado”.

En su intervención aprovechó para recordarnos el Bautismo y cómo todos hemos sido “iluminados”, “esta llamados a comportarnos como hijos de la luz”. ¿Cómo hacer eso? El Papa explicó que para ello es necesario un cambio radical de mentalidad, una capacidad para juzgar a los hombres y las cosas según una nueva escala de valores, que viene de Dios.

¿Qué signfica caminar en la luz?, preguntó el Pontífice: “Significa ante todo abandonar las luces falsas: la luz fría y fatua del prejuicio contra los otros, porque el prejuicio distorsiona la realidad y nos carga de animadversión contra aquellos que juzgamos sin misericordia y condenamos sin apelación”.

También existe otra luz falsa advirtió el Papa, una luz “seductora y ambigua”: “Si evaluamos a hombres y cosas en base al criterio de nuestra conveniencia, de nuestra satisfacción, de nuestro prestigio, no actuamos con la verdad en las relaciones y en las situaciones”.

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Devora libros gracias a la generosidad de desconocidos

Pequeños gestos cambian la vida de este niño sin recursos para disfrutar de la lectura

¿Recordáis la historia de la cajera que ayudó a una familia numerosa a pagar la mitad de su compra?

Pues hoy os comparto otra hisotira de altruismo que también sucedió en EEUU. Concretamente en Utah encontramos otro gesto de caridad que merece la pena ser contado. Esta vez los protagonistas son un cartero, Ron Lynch, y un niño de 12 años, Mathew Flores.

Mathew es un amante de la lectura con escasos recursos que un día pidió a Lynch si le podía regalar algunos periódicos en desuso. A él le encantaba leer pero no tenía dinero para comprar libros ni para el pasaje de autobús para la biblioteca. Así que recibiría gustoso todo lo que le diera a leer.

A Lynch le sorprendió mucho su pedido. “El niño no quería juegos electrónicos ni pasarse el día entero viendo la televisión; lo único que quería era leer”, dijo el cartero que decidió compartir lo sucedido en su perfil de Facebook junto a una foto de Mathew.

A partir de aquel momento le comenzaron a llegar libros de diferentes lugares del mundo. Mathew, muy sorprendido, creía que era un error y, agradecido, comenzó con gran emoción a leerlos, prometiendo una vez leídos compartirlos con otros niños necesitados.

Cada día surgen héroes que mejoran la vida de otras personas de forma altruista. También nosotros podríamos convertirnos en héroes de lo ordinario al hacer algún pequeño gesto “extraordinario” hacia quien necesita una mano. Estas personas están más cerca de lo que pensamos: en nuestros barrios, cerca del trabajo, en la escuela… ¿A qué esperas?

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¿Existe un estilo masculino de educar?

Esta exigencia proviene de la sociedad, y también “de las propias mujeres, que les recriminan no ser capaces de cuidar, atender o entender a los niños exactamente como ellas lo hacen”.

“El padre te hace capaz”

Sin embargo, datos del National Center for Fathering –citados en este informe– muestran que los niños que cuentan con un padre presente y activo en su vida académica, emocional y personal “tienen mayor coeficiente intelectual y mejor capacidad lingüística y cogni­ti­va, son más sociables, tienen mayor autocontrol, sufren menos dificultades de comportamiento en la adolescencia, sacan mejores notas, son más líderes, tienen una autoestima más elevada, no suelen tener problemas con drogas o alcohol, desarrollan más empatía y sentimientos de compasión y, cuando se casan, tienen matrimonios más estables”. Entonces, ¿qué hace al padre tan determinante en la vida de un hijo?

Osvaldo Poli, autor del libro Corazón de Padre: el modo masculino de educar (Palabra, 2013), da la clave en una frase sencilla: la madre protege al hijo, mientras que el padre lo hace capaz. Según el autor, esto ocurre porque la madre vive al hijo como parte de sí, hasta el punto de “sentir” con acierto sus deseos, y de saber protegerlo y tranquilizarlo con una misteriosa y espléndida naturalidad.

Sin embargo, Poli asegura que esta fortaleza femenina –ya que el padre no cuenta con estos “sensores tan profundos”– es, a la vez, la mayor limitación de la madre, quien suele sentir una inexplicable voluntad de sustituir al hijo en su fatiga y en su dolor. En cambio, el padre, por estar  “menos identificado” con el hijo desde el principio, puede impulsarlo a hacerse fuerte para afrontar sin miedo las adversidades de la vida. Y, a través de este empuje, lo capacita para vivir  “a pesar del dolor que inevitablemente experimentará”.

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Es posible ver al otro… ver a Dios

Soy ciego al pensar sólo en mis intereses

Hoy Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento: “En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Se encuentra con un ciego y decide curar su ceguera. Él no era culpable por no ver. Había nacido así sin culpa.

Nunca había visto el sol, la vida, los rostros, el mar de Galilea. Sólo en su corazón se imaginaba los colores, la luz del sol, las sombras. Soñaba con ver y veía en su corazón otros mundos nuevos, desconocidos. No podía mirar con sus ojos, pero miraba con el corazón.

Comenta el padre José Kentenich que los místicos hablan del ciego de nacimiento en relación con el mundo de la oración: “El ciego de nacimiento escucha todo tipo de relatos sobre la creación, la hermosura del mundo, el resplandor del firmamento, la magnificencia de las flores. Si un ciego de nacimiento recobrase por milagro la vista, se diría: – Lo que yo me imaginaba no es nada en comparación con la gloria que veo ahora. Pues bien, ese es el estado del alma cuando es colmada por el don de la sabiduría: de pronto verá las cosas en una luz resplandeciente que otros difícilmente se imaginen; y se encenderá su entusiasmo y fervor, de modo que el alma querrá abrazar esas verdades y realidades, y estará dispuesta a vivir y morir por ellas”[1].

El hombre ciego en el mundo de la oración no logra avanzar. No vislumbra la belleza de Dios. Cuando viene el Espíritu Santo a mí me puede permitir ver lo que antes no veía. Fascinarme con la belleza de mi vida. Creer y confiar.

Muchos hoy no son capaces de ver la verdad de sus vidas no siendo ciegos. Esa ceguera es peor. Es más dura. Es más dolorosa. Soy ciego cuando no veo a Dios en mi vida. No percibo su mano actuando con poder.

Soy ciego cuando paso delante del pobre y no me detengo. Benedicto XVI ha dicho que “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios”. No veo a aquel que me necesita a su lado. Me convierto en un pobre ciego. Voy por la vida sin percibir dónde quiere Dios que actúe.

No veo al que sufre. Ni a Dios en él. No percibo los sentimientos de las personas. Muchas veces no veo lo que pasa en otros corazones. Soy ciego. Me gustaría ver más. Ver con el corazón. Percibir la vida. Pero mi torpeza me impide ver.

Tal vez vivo pensando en mi necesidad. Veo sólo lo que a mí me hace falta. Tengo ojos de mosca que ven muy mal de lejos. El egoísmo es un tipo de ceguera. Me centra en mí mismo. Tengo una mirada que no es capaz de percibir la realidad en toda su belleza.

No veo la indigencia, el hambre, la sed. No percibo la necesidad, la soledad, los gritos de angustia. Esa ceguera mía me escandaliza. Soy ciego de nacimiento porque tal vez nunca aprendí a poner al otro en el centro de mi mirada.

He vivido pensando en lo que yo necesito. Mi yo en el centro del mundo. No veo más allá de mi dolor, de mi injusticia, de mi problema, de mi hambre. Soy ciego cuando no veo al que sufre. Soy ciego al pensar sólo en mis intereses. Voy por la vida pisando al que pide. Pasando de largo delante del hambriento.

Comenta el papa Francisco: “Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano”. La ceguera del alma me impide ver a Dios, escuchar su voz, entender su amor, abrirme al hermano. Me cierro al don de Dios. Me cierro al don del que sufre.

Me gustaría no estar ciego en el alma. Ciego para ver el amor de Dios en mi vida. Ciego para percibir el amor de Dios en los hombres que están ante mí. La ceguera me impide abrirme a los demás. No comprendo sus necesidades concretas.

Pasa tantas veces en la vida familiar… No veo lo que sucede en el corazón de aquel a quien amo. No veo su dolor. No veo su angustia. No percibo sus miedos. Esa ceguera me cierra en mi carne. No me abre al amor. Es la peor ceguera que puedo sufrir.

Mi egoísmo me vuelve ciego. No percibo la vida como es. No veo mis problemas, mis límites, mi pecado. Esa ceguera me vuelve indiferente. No amo. No me entrego. Creo que el mundo está en mi contra.

No soy capaz de comprender mi responsabilidad. Los demás son los culpables. No acepto que pueda estar yo equivocado. No veo mi culpa. Hago todo bien. No veo mi error. No veo dónde puedo cambiar. Creo que hago las cosas de forma correcta y son los demás los que están equivocados.

Esa ceguera es dolorosa porque me vuelve egoísta. No me abro a la vida. No me entrego. No amo. No veo con claridad dónde tengo que mejorar, en qué aspectos debo crecer.

Me toca conocer a muchas personas ciegas. Ven la paja en el ojo ajeno. No perciben la viga en el propio. Son ciegos. Yo mismo caigo en esa ceguera del que está centrado en su ego. No aprecio a los demás en su belleza.

Mi mirada distorsiona la realidad. Nada es como es de verdad. Lo veo todo de forma confusa. No tengo claridad. No descubro la verdad. No profundizo. Me dejo llevar por falsas imágenes y creo en ellas. Todo medido desde mi yo que no me deja apreciar la vida con paz, con alegría.

El ciego del evangelio no había visto a Jesús antes. No lo podía ver. Este hombre nunca había visto el color del mundo. Nunca le había puesto imagen a lo que veía sólo con su corazón. Era un ciego de nacimiento y no sabía cómo era el mundo. No podía ver.

No sabe lo que se pierde por no poder ver. La vida la ve desde su oscuridad y piensa quizás que ese es su color natural. Desprecia la luz y los colores. Me pasa a mí tantas veces… A veces creo que veo, pienso que la vida es así y no de otra forma. Pienso que no hay nada más allá de mi entorno, de la extensión que alcanza mi mirada.

No veo colores ni profundidad. No me arriesgo a salir de mis seguros. Me pierdo tantas cosas. A veces vivo a medias.

Jesús deja hoy su camino para curar un ciego. Estaba pasando, pero se detuvo. Iba a otro lado, pero miró al que no veía. Dejó de lado sus planes y vio al que no sabía mirar. Y se conmovió. Quiero aprender a detenerme ante aquel que no me pide nada, pero me necesita.

¡Qué difícil es hacerlo siempre! Me puede la pereza, la obsesión por llegar a mis cosas. Me cuesta detenerme a mirar como lo hace Jesús. Él lo vio. Vio sus ojos sin vida y su alma que gritaba muy dentro. Estaba herido al borde del camino de los demás.

Todos vivían su vida y él era invisible. No puede ver y no es visto. Su corazón está herido. No sólo sus ojos. Jesús lo reconoce. Él siempre hace lo mismo. Toca la herida y decide devolver la vista a ese hombre ciego de nacimiento: “Escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: -Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista”.

Infunde vida en lo que está muerto. Y el ciego recobra la vista y descubre rostros. Paisajes. Luces y colores. Vivía en una oscuridad profunda. Y Jesús quiere que aprecie la belleza del mundo.

Primero le permite ver el mundo que le rodea. Y luego lo lleva a crecer en su fe: ¡”Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: – ¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: – ¿Y quién es, ¿Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: -Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: -Creo, Señor. Y se postró ante Él”.

Buscaba a Jesús y lo encuentra. Ahora puede ver. El ciego que antes no veía a los hombres ahora logra creer en Dios. Ve el mundo y ve a Dios. Y su vida cambia de verdad.

Jesús tocó los ojos heridos de ese hombre. Toca mi herida con su saliva. Acaricia mi herida, que me duele, que me quita la vida. La toca con ternura y la sana. Desata mis nudos. Así llega Él hasta mí. Hasta lo que más me duele. Hasta donde más me hace falta su cariño. Hasta mi carencia de amor. Mi incapacidad. Mi grieta en el alma.

No quiero taparla ni esconderla. A veces la escondo porque creo que no me van a querer si me muestro como soy, herido. Para Dios es al contrario. Jesús pasa y se detiene ante el ciego, ante su herida.

Si no hubiera estado ciego tal vez hubiese pasado de largo. Y yo que me creo que Dios me querrá más si soy perfecto, entero, íntegro, sin limitaciones ni carencias. Sin heridas. Sin manchas. Y no es verdad.

Jesús mira mi herida y se conmueve ante mí. Se detiene y lo deja todo. Sólo por mí, por mi herida. Porque estoy herido y necesitado. Porque estoy solo y al borde del camino. Y yo que pensaba que Jesús iba a pasar y no me iba a ver. Y Él se sale del camino. Llega hasta mí.

Soy ciego, no veo, pero puedo ser mirado. Necesito ser mirado. Hondamente mirado por Él. En mi verdad. Jesús me da lo que no pido, lo que de verdad necesito. Me toca donde me duele. Y mi herida se convierte en la llave de su corazón. Lo reconozco. Me reconozco.

Uno de los frutos del encuentro con Jesús es que me reconozco a mí mismo. Veo mi rostro. Mi ceguera, mi herida, mi pecado, no me definen. Soy hijo de la luz. Soy el hijo amado. Tengo más luz que oscuridad. Más profundidad que superficie.

Mis ojos se abren y se limpia mi mirada. Veo de un modo nuevo. Veo lo que antes no veía. ¿Quién hace esto que no sea Dios? ¿Quién lo deja todo por mí que no sea Dios caminando junto a mí? ¿Quién se conmueve ante mi dolor que tapo, que no reconozco, y con su saliva me desata, me libera, me abre?

Sólo Jesús. Jesús se encuentra con un hombre. Lo mira. Lo conoce. Lo ama. Lo sana. Y ante él, se muestra como Salvador. Cree en Él. ¡Qué fe tan sencilla! No necesito más. Creo por lo que ha hecho en mí.

¿Qué ha hecho Jesús en mi vida? ¿Mi fe es un conjunto de teorías o de verdad puedo hablar como este ciego de lo que ha hecho en mí? ¿Qué ha desatado en mi corazón? ¿Qué luz me ha dado?

[1] J. Kentenich, Hacia la cima

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Cuaresma en la mesa: Este domingo regala un bretzel a tu amor

En Luxemburgo celebran la Media Cuaresma con esta tradición

El cuarto domingo de Cuaresma comienza la vislumbrarse la alegría que supondrá la Pascua para los cristianos. Es el conocido Domingo Laetare, “alégrate” en latín, en la que los sacerdotes podrán utilizar el rosa, el color del amanecer, en lugar de morado propio de este tiempo de penitencia.

Pues bien, en Luxemburgo este domingo es conocido también por el domingo de los bretzels, día en que los jóvenes y no tan jóvenes celebran la Media Cuaresma con esta especialidad de la pastelería local.


Lee más: ¿Sabes lo que es la Media Cuaresma?


Se trata de una tradición cuyo origen se remonta al siglo XVIII en la que el hombre regala un bretzel a su dulcinea y, si su amor es correspondido, durante el Domingo de Resurección recibirá a cambio un huevo de Pascua. En caso contrario, a su cesta volverá el bretzel regalado. Durante los años bisiestos el procedimiento se invierte y son las mujeres las que regalan los bretzels a sus amados.

A diferencia del bretzel alemán, realizado con una masa salada tipo brioche, el de Luxemburgo es dulce y se elabora con hojaldre, azúcar y almendras troceadas.

Ingredientes:

550 gramos de harina de repostería
18 gramos de levadura fresca a temperatura ambiente
12 gramos de sal
60 gramos de azúcar glace
1 huevo a temperatura ambiente
375 gramos de leche tibia
600 gramos de mantequilla a temperatura ambiente
4 cucharadas de mermelada de albaricoque (opcional)
4 cucharadas de agua
30 gramos de almendras laminadas

Preparación

  • Mezclar la levadura con 25 gramos de leche tibia y 50 gramos de harina. Dejar reposar durante 20 minutos.
  • Añadir la harina restante, la sal, el azúcar, el huevo y la leche con la levadura y amasar vigorosamente durante 5 minutos. Cubrir la masa con un paño a continuación y dejar levar durante 45 minutos a temperatura ambiente.
  • Enharinar la superficie de trabajo y la masa ligeramente para extendererla formando un cuadrado de 1 centímetro de espesor. Incorporar en el centro del cuadrado una cuarta parte de la mantequilla ablandada en trozos pequeños. Doblar la masa por la mitad y aplanarla con la mano o bien con un rulo. Es importante cerrar muy bien la masa por los bordes. Dejar el rectángulo sobre la superficie de trabajo y dejar reposar unos minutos.
  • Repetir la operación anterior de la siguiente manera. Colocar otra cuarta parte de la mantequilla sobre la masa, y doblarla por los dos lados como si cerrase unas persianas.  Aplanar la masa con la mano y no olvide de cerrar bien los bordes. Dejar esta vez el cuadrado de masa sobre la superficie de trabajo y dejar reposar unos minutos.
  • Repetir dos pasos anteriores una vez más.
  • Preparar un cuadrado más grande con la masa de sólo 3 mm de espesor y un largo aproximado 40-50 cm. Cortar en 10 o 12 tiras finas (anchura: 2-3 cm).
  • Para formar un bretzel, retorcer dos tiras y extenderlas una junto a la otra. Unir y retorcer de nuevo otras dos tiras para después juntar los extremos formando un bretzel.
  • Colocar los bretzels en una bandeja de horno ligeramente enharinada y pintarlos con yema de huevo mezclada con un poco de leche tibia. Dejar reposar durante media hora. Después, volver a pintarlos con yema de huevos.
  • Tras precalentar a 200ºC, hornear los bretzels durante 10-15 minutos.
  • Fuera del horno, depositar los bretzels en una rejilla para que se sequen bien. Mezclar la mermelada de albaricoque con un poco de agua y pintar los bretzels con esta mezcla para finalmente decorar con almendras fileteadas.
Una de las primeras representaciones del brezel fue recogida en “Hortus Deliciarum” (1190) en una ilustración del pasaje bíblico en el que el rey Asuero muestra su amor por la reina Ester.

Lee más: Un pretzel en la Última Cena


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Cómo la primera experiencia con la muerte que tuvo mi hijo de 7 años estuvo profundamente impregnada de paz… e incluso alegría

Godong / Robert Harding Premium

Nuestro encuentro accidental con un ataúd trajo a nuestro hogar la belleza de nuestra fe

Mi hijo y yo salimos corriendo a la misa matinal a principios de esta semana con la intención de pasar luego por el confesionario y tener nuestras almas limpias y ordenadas para el comienzo de la Cuaresma. Éramos segundo y tercera en una fila bastante larga y, después de salir del confesionario, nos sentamos en la oscuridad de la iglesia para hacer nuestra penitencia. Según parece el sacerdote me había mandado a mí más oraciones que a mi joven hijo, así que el muchachito ya estaba retorciéndose de inquietud mientras me esperaba. Le di permiso para ir a encender una vela en el fondo de la iglesia.

Cuando volvió (mi penitencia era larga), me informó de que parecía que iba a haber un funeral porque había un ataúd en la entrada. Me contó que había como una monja dentro porque tenía un rosario en las manos y algún tipo de velo sobre la cabeza.

Volví la mirada y vi que, efectivamente, había personal de una funeraria preparando el féretro. Le dije a mi hijo que nos pararíamos por el camino para decir una oración.

Terminé mi penitencia y avanzamos por el pasillo hacia la puerta principal. Cuando llegamos a la entrada, me di cuenta que mi hijo, desde su altura, había viso solo una parte del revestimiento del ataúd, que había confundido con el velo de una monja, y la punta de un crucifijo sobresaliendo de entre las manos del fallecido. De hecho, la persona dentro del ataúd era un hombre.

Cogí en brazos a mi hijo para que pudiera ver mejor y empecé a explicarle lo que estábamos viendo. Era la primera vez que veía un cuerpo sin vida (de hecho, para empezar no estoy segura de cómo ni por qué supo reconocer la caja negra como un ataúd), y observé su rostro cuidadosamente mientras le hablaba de que, una vez se marchan nuestras almas, nuestros cuerpos se quedan fríos y rígidos y toman un color poco natural.

Lo asumió todo con calma; ya entiende mucho del reino animal por sus dibujos animados de Los Hermanos Kratt y otros programas del estilo, así que reconoció que el cuerpo estaba empezando el proceso de descomposición… que empezaba a volver a ser polvo, ceniza, un fenómeno que sabe que destacamos el Miércoles de Ceniza con las cruces en nuestra frente.

Lo que llamó la atención de mi hijo fue que mis ojos empezaron a humedecerse mientras le recordaba que podíamos decir una oración por este señor… y pedirle también que rezara por nosotros y que saludara al abuelo Billy de nuestra parte. Mi hijo asintió, sin duda imaginándose a los dos señores que, tras superar la distancia de varios años y varios miles kilómetros, ahora se hacían amigos en el Paraíso.

“Bienvenido a casa, caballero”, recé ante el féretro con voz entrecortada, mientras pedía por él la misericordia de Dios y, confiando en esa misericordia, le pedía que intercediera por nosotros.

Te encomiendo, querido hermano mío, a Dios todopoderoso, y te confío a tu Creador. Que regreses a Él, que te formó del polvo de la tierra. Que Santa María, los ángeles y todos los santos acudan a recibirte…

Cuando nos marchábamos, me vino a la mente algo que escribió Benedicto XVI sobre otra gran época del año eclesiástico: la Navidad.

La venida de Jesús “no es una fábula para niños”, dijo el sabio pontífice. Es “la respuesta de Dios al sufrimiento de la humanidad en busca de la paz. ¡Él mismo será su paz!”.

La primera experiencia de mi hijo de 7 años con un cadáver y un féretro estuvo profundamente imbuida de paz… e incluso de dicha. Es lo que hace la fe por nosotros. Había algo del sentimiento humano natural de tristeza (una tristeza indirecta por la familia, ya que ni siquiera conocíamos a esta persona, y por la persistente tristeza desde que enterrara a mi padre hacía ya 16 años). Pero todo eso se veía ensombrecido por la tremenda certidumbre de que Dios mismo siempre estará con nosotros y que “Él [nos] enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir”, según nos dice Apocalipsis 21.

La fe no es un cuento de hadas. El Cielo y la Comunión de los Santos y la Resurrección del Cuerpo son algo real. Podemos aceptarlo con seguridad porque el Uno que es Verdad, el Uno digno de confianza infinita, así lo ha dicho.

La humanidad sufre y buscamos la paz. Morimos y lloramos a nuestros muertos. Pero Dios es nuestra paz. Y Él renueva todas las cosas.

Tomé la mano de mi hijo y salimos de la iglesia, agradecidos de ser creyentes.

“Me trasladó en espíritu a un monte grande y alto y me mostró la Ciudad Santa de Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios. Su resplandor era como el de una piedra muy preciosa, como jaspe cristalino”.

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